Un poco de silencio, por favor

Recuerdo que tras el tristemente célebre atentado de los trenes en Madrid, conocido como el 11M, lo que, además del dolor, el miedo, el horror, la admiración y otras múltiples sensaciones encontradas, más me impresionó fue el silencio que se hizo en la ciudad y que duró bastantes días.

Los españoles, que solemos ser gritadores o que, simplemente, siempre hablamos en un tono de voz alto, aquellos días enmudecimos o empezamos a hablar lo imprescindible en voz baja.

Tras un estruendo como el de esta violencia gratuita, lo que se echa de menos es un gran silencio. Estamos de duelo y los duelos hay que pasarlos en silencio. Conviene callarse, porque si no lo hacemos así, posiblemente digamos cosas que no corresponden, que no son prudentes. En el silencio es como mejor se serena uno del dolor. Callados y sin hacer ruido dejamos hablar a nuestro corazón, derramamos nuestras lágrimas y dejamos que nuestra mente vaya recuperando la calma y la sensatez.

Si no hacemos silencio, si seguimos dando gritos y armando bulla, porque estamos aterrados, condolidos y enfurecidos, lo único que hacemos es aumentar esos sentimientos, dejando de lado la calma que permite una reflexión serena, tras un llanto consolador. Si no hacemos silencio, difícilmente recuperaremos la paz de espíritu. Nuestros propios gritos y aspavientos reavivarán todos los sentimientos como el rencor, el odio o el deseo de venganza. Si al tableteo de las ametralladoras oponemos el estruendo de las bombas, estaremos en el punto de partida eternamente. La barbarie y la irracionalidad no se combaten sino con mesura, prudencia y reflexión. Pero en medio del ruido es muy difícil pensar, recogerse, interiorizar y llegar a alguna respuesta coherente.

Estos días corren como la pólvora numerosos escritos que son producto de esa falta de reflexión; escritos aparentemente apologéticos de la razón, la concordia, el amor y la comprensión universales, pero que en realidad denigran a una religión para enaltecer a otra. Dicen pestes del islam, para poder defender que el cristianismo es amor. Son sin duda escritos bien intencionados -quiero pensar- pero que llevan en sí mismos el germen del desprecio a la fe de otros, la consideración de superioridad radical de lo propio frente a lo ajeno, seña identitaria del fanatismo, aunque sea incruento.

No cabe duda de que esos textos, provengan de donde provengan, son producto del ruido y no hacen sino aumentar el ruido. Obligan a quienes los leen a dejar de pensar y a adherirse o a rechazarlos de plano, en respuestas inmediatas y viscerales que no son sino las reacciones más primarias e irreflexivas, las que más nos acercan a quienes pretendemos contradecir.

Lo mismo ocurre con los políticos. En su afán por contentar a la ciudadanía, promueven leyes que cercenan libertades larga y duramente logradas. En sus debates y ruedas de prensa, llegan a decir cosas que son imprudentes; no deberían anunciar a bombo y platillo sus planes estratégicos, pues están dando pistas a quienes pretenden combatir. Cuántas más bombas, que no son sino aumentar el ruido, se van a lanzar para acabar con el terror, sin prestar atención a los daños colaterales y aterrorizando a ciudadanos tan susceptibles de pasar miedo como lo son los que han padecido los atentados. Todo ello es signo de la insensatez a la que nos conducen el ruido y la falta de silencio.

Así que, por favor, guarden silencio al menos una semana. LLoren, hagan duelo, dejen descansar a su corazón y sus vísceras removidas y den paso a sus cerebros para que piensen con claridad. Sólo entonces tomen medidas. Nosotros, los ciudadanos de a pie, también estaremos callados, lamiéndonos nuestras heridas y poniendo en funcionamiento nuestras neuronas a favor de la concordia y la paz. Nos comprometemos a no volvernos mesiánicos ni a esperar que nadie nos salve, sino nuestra propia cordura y mesura.

 

 

 

 

 

 

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