Un paseo

Paseaba yo el otro día por Madrid y me sorprendió encontrarme con rostros que me resultaban conocidos. Cuando estaba a punto de saludar al portador de uno de aquellos rostros percibí dos cosas: La primera que aquella persona dejaba resbalar su mirada por mi cara y no mostraba ningún signo de reconocerme; la segunda, que la persona a la que yo miraba como conocida estaba desde hacía años difunta.

El fenómeno se repitió varias veces, de manera que lo comenté con mi acompañante y, además, me quedé cavilando acerca de cuál podría ser su significado. Primero pensé: A lo mejor me he muerto y por eso sólo me cruzo con difuntos. Luego caí en la cuenta de que ellos no me reconocían y eso me confortó: Ellos están muertos y yo no, por eso no me reconocen.

Finalmente, ante la falta de reacción de mi acompañante que dejó caer mi comentario sin emitir ninguna valoración, concluí que los muertos que conozco son más que los vivos y por eso me los encuentro. Ellos, cuando me muera, me reconocerán finalmente.

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