Balances

No se por qué este año me resistía yo a hacer balances de lo ocurrido a lo largo de 2015. Creo que, tras darle muchas vueltas a la cabeza, he dado con la razón. Este año me estaba pareciendo lo suficientemente horrible como para querer olvidarlo.

De lo pequeño a lo grande, en marzo me rompí el menisco de la rodilla izquierda. Como  esas cosas traen cola, tuve que oír en boca del traumatólogo esa ordinariez de : Señora, a su edad es mejor no operar. Por si fuera poco, dos meses después se desdijo y me quería operar inmediatamente, eso sí, sin asegurarme un resultado mejor que el que ya tenía con el tal cartílago hecho polvo.

Pasando a cosas verdaderamente importantes, mi hijo volvió a quedarse en paro y pasaron los meses sin que se encendiera ninguna luz. Cuando ya parecía que la cosa se ponía ‘color de hormiga’, que dicen en Centroamérica, resultó que al muchacho lo contrataron -le acaban de renovar el contrato y está a gusto en lo que hace- y su mujer sacó las oposiciones y tiene plaza de año completo como interina. Por supuesto te das con un canto en los dientes en una situación como esa, cuando hay más de trescientas plazas sin cubrir de su especialidad y solo convocan tres. Bien. La cosa se empezó a apañar hacia el verano. Nos fuimos de vacaciones y todo parecía rodar.

Claro, en lo que a los de casa respecta, porque por ahí las cosas siguen de mal en peor; la guerra de Siria y Yemen, los saudíes queriendo ser los más altos y rubios de la zona, cuando los iraníes ya empiezan a ocupar su lugar; los terroristas que unos y otros financian masacrando gente o echándola de sus casas; los que vagan por las fronteras sin poder atravesar vallas y encontrar un lugar en el mundo; los ‘patriotas’ que defienden ‘lo suyo’ y no quieren mezclarse con nadie; los mafiosos que se aprovechan de la desesperación negociando con la muerte de los ahogados mayores y pequeños. En fin un panorama tan terrible que hasta te da vergüenza pensar en lo bien que te va a ti.

Pero si uno mira a casa, este lugar de la democracia recuperada con tanto esfuerzo, resulta que unos se quieren marchar sin contar con lo que opina la mayoría e imponen sus mediocres aspiraciones. Digo mediocres por no decir algo más gordo; pues se trata de visiones pueblerinas, encubridoras de cosas mayores y despectivas hacia la verdadera democracia y la noble política. Si sigue una mirando va y llega a las elecciones generales donde resulta que unos, según los otros, tienen discursos populistas, cuando lo que tienen son discursos antiguos cargados de utopías que no se llevan a cabo jamás por la fuerza del ‘aparato’ y por las ambiciones de muchos. Mientras que los de siempre se enzarzan para ver quien es califa en lugar del califa o simplemente se vuelven de pìedra y ni pestañean repitiendo mantras; la ley, la constitución, la estabilidad, la gobernabilidad, la confianza de los mercados… Una pesadez. Mas de ello se infiere que la democracia les importa un bledo, que cada cual está allá para hacer su juego, medrar, sacar provecho, situarse y cortar el bacalao y a los votantes que nos vayan dando santa paciencia para soportarlo. Pero uno se consuela pensando que las cosas en casa no van tan mal.

Llega el año nuevo y pensamos que todo cambiará, pero nos asaltan con las trucadas cifras del paro, con las de la violencia de género (la gota de sangre que no cesa), con los delirios de grandeza de los que experimentan con armas nucleares, con las insolencias y provocaciones de los poseedores de la verdad (da igual que sea religiosa como laica y progresista, según dicen) y uno se da cuenta de que el demonio sigue meneando el rabo, de que la demencia anda suelta y comprende entonces por qué no quería hacer balance. Un sexto sentido le decía al oído: Déjalo, esto no tiene arreglo. Para qué hacer cuentas de lo bueno y lo malo, cuando esto último siempre gana, con métodos tan viejos como aferrarse al poder, como querer borrar físicamente al otro.

Siempre he sido optimista y esperanzada, de manera que aún entre tanta tiniebla soy capaz de ver una luz. Ya en otro lugar de esta web he hablado de la generosidad y confianza de personas hasta ayer desconocidas y que hoy nos apoyan y se solidarizan. Señores, aún hay esperanza. La pena es que los buenos, los generosos, los solidarios no sean noticia.

 

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