Plumas al viento

Cuando éramos niños y nos llevaban y traían a las celebraciones religiosas, por estas fechas de los inicios de la Cuaresma, solían dedicarnos unas sesiones de lo que llamaban ‘ejercicios espirituales’.

Estos ejercicios eran un reto a nuestros temores infantiles. En ellos solían contarnos terribles historias infernales -de las de irse al Infierno- a causa de los terribles pecados mortales; mentiras, desobediencias varias, malas palabras y otras graves ofensas, primero a los adultos y por ende a Dios, nos podían acarrear las penas del infierno que eran descritas con todo lujo de detalles. De todos aquellos terrores y amenazas sólo una historia se me quedó grabada.

Una señora iba a confesarse y contaba que había difamado a una persona, aireando una debilidad que la tal persona no padecía. El astuto clérigo que la confesaba le dijo que cogiera un almohadón de pluma, que lo descosiera y que la próxima vez que fuera a la iglesia, fuera arrojando las plumas al viento. Así los hizo la feligresa por aquello de cumplir la penitencia. Cuando regresó al confesionario, el clérigo le preguntó y ella respondió afirmativamente. Entonces él le dijo: Pues ahora vuelva usted por el mismo camino y recoja las plumas. Pero, padre -replicó ella- eso es imposible, se las habrá llevado el viento quién sabe dónde. El clérigo añadió: ¿Se da cuenta de que una calumnia es muy difícil de reparar?

¿A qué viene esta remembranza ahora? Pues viene a cuento de que gracias a Dios ya no nos interesa ese Dios amenazador con que nos educaron. Hemos descubierto que Dios es amor y misericordia, que nos perdona siempre; setenta veces siete. Que no lleva cuenta de nuestras faltas y además, es muy probable que no exista el infierno.

Quizá por ello la calumnia es casi un deporte. En los chats, en las páginas de las redes sociales, en todas partes te vas encontrando esos mensajes que no han de superar un número determinado de caracteres y que ponen a caer de un burro a cualquiera. En algunos casos, la persona calumniada no lo es porque es un ‘investigado’ cualquiera y sospechamos, a pesar de lo de la presunción de inocencia, que no es tan inocente o simplemente consideramos que la tal presunción es tan presunta como el individuo mismo. Pero en muchas ocasiones son simples afirmaciones que sin argumento de autoridad se hacen pasar por verdades verdaderas e irrefutables. Yo esto lo sé de buena tinta. Mi familia conocía a la suya. Un cuñado mío tenía la oficina enfrente de la suya, etc., etc., suelen ser frases que acompañan a esas afirmaciones de las tropelías de este o aquella. La gente las corta y pega y las reproduce en sus muros, simplemente por hacer la gracieta, por aparecer como muy informados. Así que las redes sociales y nuestros dispositivos electrónicos están llenos de plumas sueltas que se mecen al viento de las ondas que las transportan.

Menos mal que esto es simplemente libertad de opinión y manifestación y ya no creemos en las calumnias.

Estoy más que harta de esta práctica y no porque sea un poco beatona y meapilas, sino porque estamos a merced de las malas lenguas gratuitas que se expanden como reguero de pólvora por esta modernidad de difundir lo primero que se nos viene a la tecla.

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