Enredados

Ayer tuve ocasión de asistir a la presentación de un libro recopilatorio de cuentos y artículos, escritos por el hermano de una amiga mía, fallecido hace menos de un año.

Uno de los presentadores del evento, con mucho acierto y modestia, se dedicó a entresacar párrafos del autor y nos dio ocasión de reír con buena gana. Antonio, que así se llamaba el autor, era, yo no lo conocí, un hombre de gran cultura, sensibilidad y fino y cáustico sentido del humor, con una pluma ágil y brillante según era fácil de ver por los fragmentos que nos leyeron. No me quedó más remedio que comprar el libro. No tanto porque fuera hermano de mi amiga, sino porque necesito reírme y no pasar vergüenza ajena.

En los últimos tiempos, me doy cuenta de que cada vez que escribo algo y lo cuelgo en esta web, me sale un tono agrio, técnicamente ‘cabreado’ y con un toque de desesperanza que no es bueno para mí, ni para nadie. Mi padre siempre hablaba de la seriedad del burro.

No es fácil reírse, ni siquiera sonreír (hoy, día de la sonrisa, malo si tienen que dedicar uno a eso), cuando no se es capaz de dejar de leer el periódico, ni de ver los telediarios. ¡Qué papelón el de Berlusconi! ¡Qué irresponsables los del Tea Party y sus colegas! ¡Merkel tomándose su tiempo para aliarse con los socialdemócratas! ¡Los eritreos y somalíes ahogándose en el precioso Mediterráneo, acosados por la miseria y los abusadores! ¡No digamos lo de Siria y la primera dama vestidita de negro y sin abalorios! ¿Cómo va uno a reírse?

Me resulta incomprensible. Eso es lo que no me deja reírme. Que los que gobiernan aquí o allá anden enredados en sus tejemanejes electorales o de despiste al ciudadano, sacándose de la manga ‘terceras vías’ o ‘brotes verdes’ o ‘luces al final del túnel’, cuando aumenta la pobreza, el paro no mengua, las guerras y la violencia están por todas partes, la tierra tiembla porque le enchufan gases a las fallas submarinas o hay gente que asesina a su pareja o a sus hijos.

Este enredo, que se parece a la locura, no deja lugar para la risa. La locura individual o colectiva produce terror y desconcierto. Los locos están en otra dimensión y el diálogo con sus alucinaciones  o con su mundo paralelo no es posible. Ahí no cabe el humor, sino la terapia. Y, mira qué mala pata; parece que han enloquecido precisamente los que gobiernan.

¿En algún momento tienen presente el bien común? Me recuerdan al loco de la aldea de mi padre. Iba por la calle gritando: Quiero que os muráis todos. Cuando le preguntaban: Pero, tío Elías, ¿por qué? Replicaba: Para ser yo el alcalde.

Cuando alguien se enreda y no es capaz de ver la realidad, sino sus fantasías que son ni más ni menos que permanecer en el poder, ganar las elecciones a toda costa, aliarse en pactos que les garanticen que van a seguir marcando el paso de los demás, algo en la tornillería se les ha aflojado y la cosa no es de risa.

Menos mal que de vez en cuando uno va y sale, asiste a una presentación y se ríe con lo que alguien escribió. Bendita sea su memoria.

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