Ser protagonista

Con la publicación del libro de relatos ‘De la ceiba y el quetzal’ me he convertido en protagonista de múltiples eventos destinados a dar a conocer – y vender- esta pequeña obra.

Es cierto que me siento orgullosa de los resultados. De los que dependían de mí, es decir la escritura, y también del formato de presentación, es decir de la edición, que no dependía de mí. Sin embargo, este obligado ejercicio de publicidad, necesario para la difusión de la obra y para llegar al posible lector, me ha puesto en la circunstancia de escuchar numerosas versiones de quién soy yo, qué es el libro, cómo hay que leerlo o qué encierra.

Por supuesto tanto en lo que a mi persona se refiere los comentarios han sido elogiosos; se trataba de hacerme aparecer como una persona de cierto mérito, y desde luego se han centrado en las bondades literarias del contenido y su forma, de modo que las palabras de los presentadores sirvieran de acicate para los lectores.

Estoy convencida de que nadie ha falseado su papel. Todo el mundo ha hecho sus observaciones acerca de mi persona y de los relatos desde el corazón y desde su mejor hacer. Así que ningún reproche en este sentido. Los cuentos, por otra parte, están dignamente escritos, poseen ciertos logros literarios de los que soy plenamente consciente y que no voy a negar por una mal entendida modestia. No en vano, durante muchos años me he dedicado al análisis literario y algo entiendo del asunto que me permite distinguir un texto bien escrito y con cierto interés de una patochada o de algo infumable.

No obstante, sin tener la más mínima objeción ni al sistema, ni a los participantes, ni a sus palabras, siento cierta incomodidad. Me he pasado varios ratos, mientras hacía otras tareas más rutinarias, pensando en el asunto y tratando de hallar la raíz de esa incomodidad. Finalmente, creo haber llegado a ponerle nombre a la causa: Protagonismo.

Nunca me ha gustado ser el centro de atención. Nunca he querido destacar por delante de otros o brillar. Me gustaría que alguien encontrara la manera de hacer una presentación sin que yo estuviera presente. Quisiera que la obra hablara por sí sola y que nadie me preguntara si me gusta más esto o lo otro o si considero que tengo influencias de Fulano o Mengano. No quisiera que lo que he escrito se evaluara porque tengo una cierta competencia avalada por uno o más títulos universitarios. Ese libro, como otros que he escrito, tienen su propia vida. Que la vivan al margen de mí, que no se expliquen por mí, sino por ellos mismos. Como los hijos. Se lanzan al mundo para que otros ojos los evalúen, los acepten o rechacen.

Por otra parte, también me crea cierta incomodidad quedar ligada a un objeto que es lo que es y es producto de un tiempo; mientras que yo, como todo ser humano, fluyo con el propio tiempo. No estoy acabada, terminada, completa, cerrada. No soy eso que está metido en esas páginas, ni siquiera soy mi historia pasada. Aún tengo un futuro, hasta que me muera. Posiblemente me vaya convirtiendo en otra persona distinta de la que ha escrito esto; no en lo esencial, pero sí con las suficientes variaciones como para decir que soy distinta.

Como las imágenes que os pongo de dos de esas presentaciones, la autora de esto, se queda allí, pero mañana tendrá otro rostro. Ya no será igual. Cuando leáis ese libro tened presente esto: No reniego de su escritura, encontraréis muchas cosas mías en él. Pero cuando cerréis el libro, no me habréis cerrado a mí.

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En la sacristía de la iglesia de la Compañía en Caravaca de la Cruz
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En la librería Expo libro de Murcia

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