Un revuelto de fin de verano

No había nadie en la playa cuando he bajado esta mañana. Es una experiencia única estar solo frente al mar, sin más ruido que el de las persistentes olas que, por otra parte, no eran demasiado fieras, sólo un rumor sosegado de acompañamiento.

Una vez más me he fascinado con el efímero espejo que compone el mar al retirarse y que por un instante fugaz refleja el ocre-rojo de las piedras, que se mezcla con el plata de un cielo débilmente azul. Esas espumas deshilachadas que retroceden y regresan, derramándose sobre la húmeda arena, prenden la mirada como lo hacen las llamas de una hoguera.

En esos instantes de paz, he reflexionado sobre dos jóvenes muchachas que hacían ejercicios gimnásticos en otro extremo de la playa. Sus cuerpos juveniles, bien conformados, no necesitaban de todo aquel ajetreo de sentadillas y carreras. Pero así somos. Los que tienen un buen cuerpo se empeñan en forzarlo y someterlo a toda clase de ejercicios violentos, mientras que los que tienen la movilidad reducida, cuanto menos hacen, menos quieren hacer.

También me ha venido a la mente una cuestión que desde hace días me pesa en la conciencia. Una vecina ocasional -sólo es vecina de veraneo- ha entrado en un delirio paranoico de manía persecutoria. Como su ventana queda casi junto a la mía, he oído durante algo más de un día su desvarío. Se trata de una mujer mayor que vive sola y, aunque tiene hijos que se ocupan de ella, se niega a estar acompañada por alguien o a vivir con alguno de ellos. Estos hijos han tirado la toalla y no saben cómo manejar el asunto.

La tarde-noche del máximo de delirio estuve a punto de llamar a los servicios sociales para que intervinieran. Sin embargo, una prudencia, que no sé si llamar así, me aconsejó no hacerlo. No me atreví porque sé que su familia se ocupa de ella y si llegaba a intervenir alguna autoridad, a lo mejor (o lo peor) los abocaba a una situación de esas que son difíciles de aclarar. Podían los hijos verse envueltos en un caso de aparente abandono o quién sabe qué.

Mientras las olas iban y venían y las chicas daban saltos y cabriolas o hacían carreras, yo seguía dándole vueltas en mi cabeza a esta triste situación. Una persona, que por la edad o por lo que sea, ha perdido la cabeza y cuya familia no puede hacer carrera de ella. No pueden estar con ella ni dejarla sola. Ella, con un fuerte carácter, perdida en su delirio, con astucia, los conduce por donde quiere, abismándose así en su propia locura. Quizá alguien ajeno, como yo, debería haber intervenido y destapar la caja de los truenos, aunque sólo fuera con la intención de que esa mujer reciba la atención que precisa. Pero ves tantas situaciones en que, cuando intervienen los ‘responsables’, se vuelve aún peor que el problema que querías resolver, que opté por no hacer nada, sino ponerlo en manos de los hijos, una vez más, quienes se declararon conocedores del problema e impotentes para encaminarlo.

En cualquier caso, los primeros atisbos del fin del verano traen estas cosas: Pensamientos de culpabilidad, nostalgias anticipadas, intentos de retener imágenes fugaces que, posiblemente, si a este extremo sureste llegan alguna vez las lluvias, se borrarán y dejarán paso a los afanes del tiempo más frío y otoñal.

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