Dolor de pies

Me fui a hacer recados. Al cabo de un par de horas de un lado para otro, mis pies empezaron a reclamar descanso. Hice algo que raramente hago: Me senté en una cafetería a ver pasar el personal y a descansar los pies. Claro, tomándome un café. No tenía por qué contarle al camarero que estaba allí solo porque me dolían los pies.

A esas horas de la mañana había pocos clientes en la terraza; un señor que no paraba de consultar su movil, unas señoras que charlaban y bebían una cerveza y, en la mesa más cercana a mí, un par de señores de ‘la edad corriente’ (que dice una amiga mía) que hablaban y se reían en inglés.

Al cabo de un rato, cuando mis pies estaban más o menos repuestos y ya me atrevía a pensar en la vuelta a casa, hete aquí que aparecieron dos señoras, pareja de los señores británicos. Se sentaron, pidieron sus cervezas y se pusieron a hablar entre ellas, mientras los caballeros seguían con sus conversaciones y lanzaban grandes risotadas. Yo no oía de qué hablaban los caballeros, porque ambos me daban la espalda y las voces iban en otra dirección, llevadas por el viento. Pero ellas estaban una de frente y la otra de perfil, de manera que oía al menos palabras sueltas. Entre esas palabras destacaba ‘shoes’, así que deduje que habían ido a mirar zapaterías.

Me hice mi composición de lugar: Estas dos Marys han ido de compras. Sus husbands han dicho lo que dicen los hombres: Ve, que yo te espero aquí. Ellas vuelven, sin comprar (eso sí es peculiar) y se sientan a seguir analizando lo que han visto, los precios y lo que les gusta y no les gusta y ellos siguen a la suya, con lo que quiera que hablasen.

Tras esta observación de los hechos, me asaltó un asunto ‘baladí’: ¿Por qué el personal se empeña en marcar las diferencias, cuando las semejanzas son tan evidentes?

 

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