De poetas nostálgicos

Paso una velada agradable oyendo a un amigo y sus amigos recitar poemas. Presenta un libro y nos regala con la lectura de varios de los ejemplares allí recogidos. Los poetas son siempre generosos y, posiblemente, están ansiosos por mostrarnos el fondo de sus almas, por eso no vacilan en proclamar inéditos. Esto no lo haría nunca ni un crítico ni un científico. No hablaría de sus pensamientos o descubrimientos, mientras no figuraran impresos sobre las páginas de una docta revista. Sin embargo, los poetas no son así; se desnudan sin pudor por el placer de oír perderse en el aire sus propias palabras.

La poesía debe hablar al corazón y, desde luego, a la razón. El propósito de mi amigo poeta se ha cumplido. No sólo me habló al corazón, sino que me movió a sesudas reflexiones y cavilaciones. Él hablaba de un amor recién descubierto que ha sido el motor que le ha impulsado a la poesía. Tras el descubrimiento, se ha lanzado febril al mar de las letras y, sin reposo, vuelca sobre los papeles todos sus sentimientos. Sin embargo y de modo que me deja perpleja, para él descubrir un sentimiento tan vital y revitalizador como el amor, no ha sido un hallazgo gozoso, aunque a primera vista lo parezca; lo ha enfrentado, por el contrario, con el tiempo pasado, con la vida que se escapa, con el reloj ciego que acorta nuestras vidas.

¡Qué cosa tan triste! En contraste, para mí una vida nueva, un amor sobrevenido, el descubrimiento de ese retazo de perpetuidad, que suponen los hijos de nuestros hijos, me sirve de reconfortante esperanza en el futuro. Pienso que quizá ellos sabrán esquivar los escollos en los que tropezamos, apartarse de caminos tortuosos o sin sentido por los que anduvimos, ellos aportan la inocencia de lo primero y nuevo a los que ya la hemos perdido a fuerza de desengaños. Ahí en ese punto compartimos el sentimiento, pero en la reflexión acerca del tiempo pasado o perdido, me temo que discrepamos.

Para mi los errores, dolorosos, son una fuente de sabiduría. En el regocijo de esa ciencia de la vida adquirida, me huelgo. Me alegro de haberlos cometido, pues salí de ellos renovada y fortalecida. Jamás miro atrás queriendo retener el tiempo o recuperarlo, devolviéndolo al presente. Ya sé que camino hacia la muerte, como todos, pero moriré habiendo vivido y siendo consciente de ello. Por otra parte, esfuerzo inútil, pues lo ido, ido está. No lamentaré, ni lamento, el haber dejado escapar ocasiones, porque posiblemente, no lo fueran para mí, ya que a lo mejor ni siquiera las percibí en aquel otro tiempo. Sólo las veo ahora, cuando ya no es el momento.

Pienso que, tal vez, quien ha dedicado su vida exclusivamente al trabajo, sin dedicar espacios a los sentimientos, a las risas, a contemplar atardeceres o amaneceres, a mirar las estrellas, a sentir el viento en el rostro, a ocuparse de las tristezas y alegrías de los cercanos y de otros más lejanos, puede que sienta más que nostalgia, una terrible ira contra sí mismo por haber desconocido lo que es perder el tiempo en naderías. Esas pequeñas cosas que en verdad le dan sentido a nuestra existencia. Ahora se quejan del tiempo pasado, pero no es el culpable, sino nosotros mismos que lo dejamos escapar en afanes que reportan beneficios sólo materiales.

Una buena carga de espíritu, una buena carga de tardes de miradas, un acopio de silencio y calma son necesarios, tras la jornada de trabajo. De ese modo, el amor no nos pillará nunca despistados. Ese es un quehacer de cada día, como si no hubiera mañana. Esa es una forma de ser eterno a cada instante que es lo que, en verdad, somos.

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