Acodados en la barra del bar

Menudo revuelo se ha montado con la victoria del señor Trump. Los asustados por un lado, que son legión. Por otro los que esperan que este señor los saque de pobres. Los análisis y los recuentos apuntan a que los que le han dado la victoria son aquellos cuyos bolsillos hace rato que crían telarañas. A lo mejor creen que la riqueza es contagiosa ya que este señor es millonario.

A mí, personalmente, no me asusta. En realidad me irrita. Me recuerda a ese personaje (con el debido respeto a los que frecuentan las barras de los bares) que se acodaba en escorzo en la barra del bar, mientras dejaba asomar en la comisura de sus labios la punta de un mondadientes. Con la cabeza cubierta por la boina y las cejas juntas, dejaba escapar de su boca sentencias solemnes que definían cual era su profundo universo; el cuerpo de las mujeres, las comilonas, lo sucios que eran los demás o lo sospechosos, y como su medida era la medida de la norma de perfección. Posiblemente el fulano no se había mirado jamás en un espejo. Posiblemente de tan bravucón y pendenciero, jamás había encontrado réplica entre los más prudentes.

Ese denostado lenguaje políticamente correcto, que banalizado como tantas cosas, ha llegado a volverse ridículo con lo de ‘miembros y miembras’, ha sido un logro que estamos convirtiendo en nada. Ha costado mucho pasar del tía al mujer, del maricón al homosexual, del negro al persona de color (lo que no deja de ser absurdo) y todo ello supone, con sus derivas insoportables, al menos un intento de pararle los pies al del mondadientes. Este, si no convencido, al menos marginado en la opinión de los demás, se ha vuelto más silencioso y menos pendenciero. Se ha dado cuenta de que sus bravatas no caen igual de bien que antes. Ya no le ríen las gracias.

Pero, hete aquí que aparece en escena el señor Trump y todo se va al garete. Ha dado carta de naturaleza a las formas y maneras del señor del mondadientes. Cuántos más se están acodando ahora en escorzo en la barra de cualquier bar.

Habrá que recordarle a este señor que ocupa un lugar muy visible y muy prominente, que, por ello, está obligado a dar ejemplo. Si no se aviene, habrá que recordarle que lo que él dice de las señoras se podría aplicar a su señora madre, a sus hermanas, si las tuviera, a su esposa y a sus hijas y nietas. Si no lo entiende, habrá que decirle que todos procedemos de África, que todos migramos desde su corazón poblando la tierra entera y que aquí estamos, mezclados y convertidos en mestizos de mil razas, siendo lo mejor que podíamos ser: seres humanos.

Su política puede favorecer a unos y perjudicar a otros, como todas. Pero, al menos, debe guardar las formas que es lo máximo que llegamos a enseñarle al del mondadientes.

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