Una mala racha

No cabe duda de que estoy teniendo una mala racha. Desaparecen de mi cercanía personas a las que apreciaba. En menos de un mes he perdido a tres personas que de una forma u otra han estado presentes en mi vida y forman parte de mis recuerdos. Como siempre ocurre unas eran más cercanas que otras. Estoy hablando de Feli, de Claudio y de Pilar. La primera era la mujer de una persona con la que trabajé en cuestiones solidarias; ambos me dieron ejemplo de alegría de vivir, de solidaridad y de cercanía. A ella se la ha llevado una enfermedad que parece ser el azote de nuestro tiempo. La nueva peste. Claudio fue compañero de estudios allá en los tiempos de Maricastaña, es decir, en Preuniversitario. Luego, a pesar de vivir muy cerca no nos encontramos más que dos o tres veces. Sin embargo, he trabajado, en circunstancias muy diferentes, con primos suyos, y su familia, su padre y una tía suya, eran amigos de mi madre y se conocían de antiguo. Amigos comunes, con los que he recobrado la relación después de muchos años, me han tenido al día de sus circunstancias, de tal manera que cualquiera de los recuerdos que examino, desde el pasado hasta el presente, me lo traen a la memoria. A él se lo ha llevado prematuramente también una rara enfermedad. Por último la dulce Pilar. Compañera de tantos años de luchas universitarias, cómplice en veranos con nuestros respectivos hijos y amiga cariñosa. Una mujer de una inteligencia superior, de una finura exquisita, de un saber estar y una elegancia siempre envidiables. Su muerte, debida a otra variante de esa peste común, me ha pillado totalmente desprevenida. Nada sabía de la enfermedad y por eso no sospechaba que pudiera tener un desarrollo tan rápido y fulminante. Me ha entristecido muchísimo. De todos modos, de ellos guardo en mi corazón su recuerdo y las muchas cosas agradables que vivimos juntos.

Todas estas desapariciones me dejan un poso amargo y por ello me refiero a la mala racha. En pocas semanas se han ido personas que forman parte de mi historia personal cada una en su diverso grado e intensidad y es, sin duda, como si el mundo se me volviera ajeno y desconocido. Siento que cada día mi mundo empieza a ser del pasado.

Sin embargo, la muerte de Rita Barberá por poco eclipsa -es un decir- todas estas muertes mucho más significativas para mí. Su muerte me ha traído a la memoria una pequeña historia que os voy a contar y, enredada en esa historia, por poco consigo acallar mis pérdidas y mis tristezas.

La historia es la siguiente. Un piadoso rabino tenía dos hijos. El mayor era jugador, mujeriego y pendenciero. Despreciaba la religión y se saltaba todos los preceptos. Su padre temía que iría a parar al infierno si en alguna de las muchas peleas en las que se metía, alguien le daba una cuchillada, y vivía en vilo por él. Su hijo menor, en cambio, era un hombre devoto, estudiaba con ahínco la Torah, cumplía todos los preceptos escrupulosamente, oraba y ayunaba. Mientras el mayor estaba en perpetua juerga y eso no parecía afectar a su salud, el menor pilló un resfriado, una tarde de viento, y murió de una mala fiebre. El padre quedó desolado. No podía entender la voluntad divina. ¿Cómo el Señor permitía que aquel disoluto siguiera viviendo a pesar de poner en riesgo su vida a cada rato, mientras que el pequeño, hombre de bien, había muerto en plena juventud por un simple resfriado? Abrumado por estos pensamientos el buen rabino fiel estaba a punto de perder la confianza en su Señor. Pero, hete aquí, que una noche, se le apareció en sueños un ángel que le dijo: Rabí, tu Señor me manda decirte que si se ha llevado la vida de tu hijo menor ha sido para impedir que cayera en una tentación que lo hubiera llevado derecho al infierno. Mientras que si preserva la vida del indecente de tu hijo mayor es para darle tiempo de que se arrepienta.

El rabí, como yo, tenemos que admitir que la voluntad de Dios es incomprensible. Él tiene razones que no se nos alcanzan. Cada cual que aplique esta historia como mejor le parezca.

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