Cómo reluce el oro

Todos señalan al señor Trump como alguien que vive en una casa forrada de dorados. Alguien que ya nació rico y que se ha enriquecido aún más.

Qué despistados andan algunos. Sobre todo esos de las zonas deprimidas que lo han votado. ¿Desde cuándo un rico, rodeado de dorados, se ha preocupado realmente de los pobres?

Pero el oro ciega. Es muy posible que vean en él lo que querrían ser. Sin embargo, estoy segura de que no dejaría su oro por nada del mundo. Todo lo más, en un arrebato sentimental, es posible que le dé algo a un pobre, pero de ahí a arreglarle la vida…

Esto me recuerda una cosa que decía mi profesor de griego (q.g.h.): Es muy posible que alguien malo malísimo alguna vez le dé un caramelo a un niño.

Si aquí nos quejamos de que esos pardillos (salvo honrosas excepciones), que han llegado al Congreso de los Diputados, vivan de espaldas a lo que la gente corriente necesita, no puedo imaginar a donde mira de verdad el señor Trump. Posiblemente el brillo de su oro también a él le nuble la vista.

Esta historia me recuerda una frase que atribuyen a María Antonieta. Habiendo un motín popular en Paris por la subida del precio de la harina, alguien la informó de que no podían comer pan y ella respondió: Que coman bizcocho.

Así estamos.

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