Balance anual

Este año, de pronto, me he dado cuenta de que no quiero hacer balance del año. Otras veces he procurado no sólo ocuparme de aquellas cosas personales que me fueron bien, sino de las pérdidas, pero sin olvidar tampoco las cosas buenas y las malas que ocurren a nuestro alrededor y de las que parece que no somos responsables. No obstante este año necesito toda mi energía para otra cuestión.

Necesito toda mi fuerza y mi dedicación a luchar contra la fragilidad, contra la falta de esperanza, contra la desidia que se apodera de mí, precisamente en el momento en que intento hacer balance de lo que ha pasado; tantos muertos, tanta violencia, tantos ahogados, tanta gente sin hogar, tanta indiferencia e insolidaridad, tanto mirar para otro lado o acusar con el dedo a esos que son los malos y no a nosotros mismos que, calentitos debajo de nuestra bata de lana del Pirineo y pegaditos al brasero, somos tan inocentes de lo que ocurre como un niño no nacido.

Es verdad que no hemos ahogado con nuestras manos a ninguna criatura, es muy posible que algunos de los que vagan merodeando junto a nuestras fronteras sean mala gente o por lo menos tan responsables como nosotros, pero da mucha pereza pensar en todo eso y cargar con una culpa tan difusa y a la que no podemos poner el remedio del arrepentimiento ni del propósito de la enmienda, porque no sabemos muy bien en qué nos hemos equivocado.

Ahora están de moda los mantras (hace unos años sólo los especialistas sabían lo que eran) y todo el mundo afirma que los repetimos tal cual como si de jaculatorias se tratase (que es lo que vienen a ser) y sobre todo como verdades inamovibles, sin darnos cuenta de lo contradictorios que pueden resultar entre sí. Me refiero a que todo el mundo envía en estas fechas postales cálidas llenas de luces de colores y una de esas frases que se repiten; Feliz Navidad, Paz y Buenos deseos. Acto seguido esas mismas personas envían manifiestos contra los que son diferentes, alegando, en otro mantra, que vienen en contra de nuestra civilización, que son un peligro y que hay que arrojarlos lo más lejos posible de nosotros. Sin duda, algunos hechos dan razón de esta última realidad; hechos sangrientos que nos ponen la carne de gallina y nos atemorizan, confirmando el riesgo que corremos. Pero no nos damos cuenta de que, desde el legítimo miedo, lo que hacemos es propagar el recelo, el odio y los deseos de venganza, al tiempo que decimos desear paz para todos y luces de colores.

O tal vez yo no lo haya entendido bien y la paz es para todos y las luces de colores, siempre y cuando se aguanten con lo que les ha tocado y nos dejen en paz. No nos pidan solidaridad, si luego van a venir a ponernos una bomba o a arrollarnos con un camión.

No sé, pensar en todo esto me cansa muchísimo y no estoy para hacer balances. Necesito toda la fuerza que me queda para soportarlo.

 

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