El compromiso en el arte (continuación)

Mi amiga Carmen ha entrado al debate acerca de la influencia del arte en la sociedad y me contestaba lo que sigue en otro de estos medios digitales:

Queridos amigos, ya me siento con ánimos y ganas de estar en la palestra y como mantengo un diálogo, a mi juicio interesante – por la inteligencia de la receptora- con mi amiga Montse o Nuria Cóndor en esas latitudes, deseo continuar con la conversación a la que me gustaría que se unieran otros amigos de fb más cualificados que yo.
Ella lanzaba la pregunta de si el artista puede y debe influir en la sociedad y la historia. Yo, por mi parte, considero que el artista siempre influye en la sociedad y la historia “malgré lui” y le lanzaba como reto la obra de Manzoni de los famosos botecitos de “mierda del artista” y le preguntaba si eso era arte.
Si alguien está interesado en su respuesta de forma más concreta puede ver su página web. Coincido con ella en que además de la idea de Manzoni de que todo lo que sale del artista es arte, hay una denuncia irónica en su obra. Efectivamente, yo creo que hay una crítica a la sociedad burguesa y el mercadeo del arte.
Todo lo que el artista hace con voluntad de crear arte es , a mi juicio, arte. Otra cosa es su calidad estética y este sería otro tema de comentario. Pero como obra de arte influirá siempre en la sociedad; el arte es un sistema comunicativo racional y transracional y en consecuencia siempre dice algo.
Otra cuestión es si el artista está obligado a transmitir de forma consciente un mensaje ideológico en su obra. A esta cuestión yo respondería que no. De hecho, coincido con Adorno en la separación entre realidad y arte, no hay contigüidad inmediata ni contacto directo con la realidad ya que se puede influir en la realidad de forma indirecta, tal es el caso de la revolución atonal de Schoenberg como expuso Adorno y que justifica la existencia del arte moderno entendido como arte de denuncia quiéralo o no el artista.
En mi opinión, querida Montse, la cuestión no es solo si el artista tiene responsabilidad en la producción como guía de una sociedad, pues el meollo está en que los poderes de cualquier sociedad manipulan y acallan los mensajes que no le interesan: Los botes de Manzoni han sido usados por los mercachifles del arte, vendiéndolos a 124.000 euritos. El arte puede mandar al infierno todas las ideas injustas, pero da la sensación de que estas son incombustibles.

A su respuesta, acertadísima y que comparto en muy buena medida,  quisiera darle una vueltecilla más y comenzar a hablar del compromiso en el arte, entendiendo este no sólo como las artes plásticas, sino como cualquier ejercicio de creación. Antes de defender cualquier tesis en este sentido, voy a proponer la lectura de un texto de Andrea Camilleri, el célebre creador del no menos célebre comisario Montalbano. El texto pertenece a su novela La luna de papel, publicada en 2005 por primera vez. En la página 203 de la edición española que manejo se lee:

Para distraerse, evocó una consideración. ¿Filosófica? Puede que sí, pero perteneciente a la parte del pensamiento débil, es más, del pensamiento extenuado. Y a esa consideración le dio incluso un título: “La civilización de hoy en día es la ceremonia del acceso”. ¿Qué quería decir? Quería decir que hoy en día, para entrar en el lugar que fuera, un aeropuerto, un banco, una joyería, una relojería, uno tiene que someterse a una determinada ceremonia de control. ¿Por qué ceremonia? Porque no sirve para nada en concreto; un ladrón, un secuestrador, un terrorista, si tiene intención de entrar, entra de todos modos. La ceremonia no sirve ni siquiera para proteger a quienes se encuentran al otro lado del acceso. Pues entonces, ¿para qué sirve? Sirve precisamente para el que está entrando, para hacerle creer que, una vez dentro, ya puede sentirse a salvo.

Por si alguien no conoce a Camilleri y a su Salvo Montalbano diré que constituye una larga serie de novelas policíacas, no en vano el protagonista es un comisario siciliano, que persigue el crimen y además se halla en medio de un territorio donde la mafia actúa. Pero las novelas de Camilleri son eso, novelas de crímenes y criminales, cargadas de humor, de observación y conocimiento del entorno, de sonrisas  e incluso de carcajadas. El comisario, un hombre decente, intuitivo, con buen paladar, amante del mar y de los largos paseos para ayudar a las digestiones o para rumiar su desconcierto, es un ser de carne y hueso que se obsesiona con esas cosas con que nos obsesionamos todos; el paso del tiempo, la enfermedad, la vejez, la familia, los padres, los novios y las novias, etc. etc. En fin, se podría decir, sin faltar en absoluto a la verdad y al respeto que el autor merece, que estas son novelas de entretenimiento en las que brilla el oficio de escritor. Son pequeñas piezas de arte, sin embargo, porque son originales, ágiles, retratan una realidad que, aunque ficcional, es tan real como la vida misma y señala a los vicios y corrupciones de los individuos y de los grupos, presentando un panorama en el que uno puede reconocer y reconocerse, como ocurre con las obras de los grandes; Shakespeare o Cervantes, sus personajes son universales y eternos. Por si eso no fuera bastante para hablar de ‘compromiso’ con la sociedad, de pronto, en cada rincón de cada una de sus novelas, aparecen párrafos como el que he recogido o situaciones que marcan una posición ética frente a la realidad, al tiempo que señalan, en un guiño, a esas tipologías que se ponen de moda como el ‘pensamiento débil’ que ya señalara Gianni Vattimo y que, apesar del abuso que se ha hecho de ellas, no dejan de definir a una época, pero llamándolo ‘extenuado’, porque efectivamente ya estamos un paso más allá del pensamiento débil. Esto lo escribe Camilleri en 2005 con una visión profética.

Los profetas, como bien saben los entendidos, no son aquellos que predicen el futuro, sino los que hacen lecturas correctas del presente que resultan válidas para un largo periodo de tiempo o para siempre. Y esto es lo que yo pretendía plantear, quizá de modo algo más oscuro, cuando puse en circulación esta reflexión acerca de la influencia del arte en la sociedad. A eso me refería; a que el ‘poeta’ ha de ser ‘profeta’, independientemente del material que use, sea plástico o sea la escritura; se trate de un sesudo análisis de la realidad, de una canción o una sonata,  o de una ‘filosofía’ de andar por casa, echada como al azar en medio de una  modesta novela de detectives.

Si no, ¿qué significa ese párrafo once años después de escrito, en un mundo cargado de fronteras que se cierran y con los ‘malos’ que se cuelan por todas partes, es una simple digresión o más bien la expresión del compromiso (de estar comprometido, de sentirse responsable ante) con la realidad social?

Gracias, Carmen, por seguirme la cuerda y por tus aportaciones. Un abrazo grande.

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