Realidad o ficción

El día 15 de febrero se presentó en Caravaca de la Cruz la última novela publicada de Luis Leante en la Casa de la Cultura que lleva el título de Annobon.

Era la primera presentación de la obra y, por tanto, nadie o muy pocos de los asistentes la habíamos leído. Así que el autor  decidió contar el proceso que había seguido la composición de su obra. Un largo periodo de siete años que pasó, como es natural, por momentos de parón y casi renuncia a seguir en la tarea.

Annobon, el título, se refiere a la pequeña isla de Guinea Ecuatorial de ese nombre. La acción se sitúa en la época colonial española de la zona y parte de un suceso real; el asesinato del gobernador a manos de otra autoridad, un guardia civil. El autor consiguió una copia del proceso judicial y a partir de ahí construye su ficción convirtiendo la narración en una especie de documental con entrevistas a los descendientes de los protagonistas.

Llegado a este punto de la descripción de su obra, Luis Leante se empeñó en demostrar a los asistentes que él es un contador de mentiras. Según sus propias palabras:  un embustero compulsivo. Tanto insistió en este asunto y tanto intentó distanciarse de los hechos históricos que la cosa me sorprendió grandemente.

Yo creía que todo el mundo entendía que una novela, por muy ‘histórica’ que se considere o se adjetive es siempre una ficción. Dicho de otro modo, toda narración literaria (y yo casi diría que incluso la poesía) es una ficción que pretende ser suficientemente verosímil para que parezca verdad. A eso no se le puede llamar mentira, sino lo que es: ficción. Finge verdad, finge realidad.

Pero la cuestión es ¿por qué Luis Leante se empeñaba en hacer una y otra vez la afirmación de la ficción? Pues resulta que, por lo visto, hay lectores que creen que todo lo que aparece en un libro, sobre todo si lleva el calificativo de histórico o parte de un hecho real, es ‘verdad’ es ‘Historia’.

Claro, de ahí mi perplejidad. Siempre he tenido muy claro como lectora que un libro de narración (sea cuento o novela) parte posiblemente de una experiencia personal o ajena  conocida y real, pero que se reconstruye con el fin de transmitirla de manera artística. Es decir, se la manipula para que resulte coherente, creíble, razonable y verosímil. El autor inventa personajes allí donde quedan vacíos, inventa los pensamientos de los personajes para justificar o al menos explicar sus acciones, se coloca como testigo de los hechos, aunque no estuviera presente, dice tener a algún testigo que le ha informado, etc. etc. Si todo eso lo hace bien, da como resultado una obra que parece efectivamente una crónica de un suceso.

Cómo es posible, pues, que lectores habituados a manejarse entre libros, no distingan la realidad de la ficción. Es posible que nuestro mundo se haya vuelto tan absurdo que ya no separemos lo cierto de lo que no lo es. Es posible que nuestra sociedad esté tan plagada de mentirosos, encubridores y tergiversadores que ya no sepamos quién dice la verdad o no. Necesitamos que existan las certezas y pensamos que quién va a mentir en un libro. Quién se va a molestar en escribir doscientas páginas o más, montando una gran mentira. Luego, lo que aparece en los libros, al menos eso, ha de ser cierto, porque de lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos oyen no nos podemos fiar.

Algunas personas cercanas saben que no hace mucho he concluido una narración que tiene un fondo autobiográfico. Yo he sido la primera sorprendida al darme cuenta de que, aún escribiendo acerca de hechos familiares y conocidos, la necesidad de inventar, de establecer corredores lógicos entre informaciones dispersas, de sustituir a las conciencias de los personajes  y de tirar de sus pensamientos y motivaciones, me llevó sin remedio a inventar el noventa por ciento de lo que estaba narrando. De manera que aunque estuviera hablando de mi familia, la familia que allí aparece es otra muy distinta de aquella de la que formo parte.

Al escribir ese texto me di cuenta, como cualquiera que escriba, que la composición lleva indefectiblemente a mentir; es decir, a ficcionar, porque la verdad ‘verdadera’ esa no la conoce nadie, ni siquiera los protagonistas reales de un acontecimiento. Porque pueden saber lo que ellos piensan o desean, pero no llegan a saber con certeza lo que las circunstancias les deparan o les van a deparar o lo que sienten y piensan los demás, aunque digan y se manifiesten en una dirección concreta. Incluso la realidad miente, porque la percibimos con nuestros engañosos y traicionables sentidos.

Además quien escribe quiere manipular el mundo. En realidad se trata de narcisistas frustrados a quienes su conciencia no les permite manipular a los seres reales, de manera que se conforman manipulando a los de ficción.

En fin. Lo que ya llevo diciendo desde hace algún tiempo: Un autor o un creador debe dar cuenta de su obra y no cabe duda de que Leante lo hizo y por ello mismo nos hizo pensar. Así mismo, el autor debe ser alguien comprometido con su tiempo y Leante está empeñado en deslindar, en una sociedad que lo confunde, lo real de lo ficticio.

Un rato delicioso y una lectura que me espera.

 

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