Vulnerables

Hace poco, estando en Nicaragua, una noche se desató una tormenta eléctrica considerable, seguida de un aguacero torrencial. Cuando ya los truenos lejanos anunciaban que empezaba a pasar, otros truenos que seguían inmediatamente al resplandor de los rayos señalaban que otro frente de nubes se aproximaba. Aquel sucederse en oleadas de las nubes electrizadas y cargadas de agua se repitió a lo largo de la noche, hasta casi el amanecer.

El techo de lámina parecía venirse abajo con el grosor y la fuerza de las gotas de lluvia. Cuando amainaba, aún caían con fuerza desde el árbol cercano, de modo que el ruido no cesaba, aunque escampara. Una gotera, primero tímida y luego decidida, empezó a desplomarse desde el falso techo e iba a dar sobre la cama de mi compañero. Este, al notar la humedad, buscó un cubo y un trapo, movió la cama y yo tuve que arrimar la mía a la pared. En medio del sueño, todas aquellas operaciones de salvamento y refugio me despejaron y, como suele suceder en esas ocasiones, se pone uno a pensar.

Lo primero que pensé (y me alegra que sea así) fue que, en esa parte del corredor seco de América, la tormenta era una bendición para las resecas tierras de los ranchitos de los cerros. También pensé, en segundo lugar que, si yo que vivía en la zona mejor del pueblo, había tenido que refugiarme de la gotera que entraba por los agujeros de la lámina, qué chorros de agua no se colarían sobre los pisos de barro apisonado y sobre las múltiples criaturas que suelen ocupar la única habitación de la mayoría de los ranchos.

Pensé, un poco después, que si la lluvia seguía con ese ímpetu sería un desastre más que un beneficio, porque se llevaría las tierras polvorientas y resecas, lavadas por el exceso de deforestación y los corrimientos serían el preludio de accidentes mayores.

Como de noche los ruidos crecen y se vuelven extraños, a cada instante me parecía que se oían pasos por el patio. Pasos de alguien ajeno a la casa que chapoteaba en los charcos y regueros, que se estaban formando en el agrietado e inclinado cemento. Un cierto temor se apoderó de mí y empecé a pensar que quizá todo se inundase, que quizá la vieja tapia de adobe se volviera al lecho de tierra que tenía debajo y del que probablemente había salido, que quizá un asaltante o simplemente alguien que no tenía donde guarecerse había saltado por encima de sus escombros y ahora, a tientas en la noche y chapoteando, buscaba una puerta por la que entrar a protegerse. Por primera vez, después de mucho tiempo, me sentí vulnerable.

En esos juegos en los que se entretiene el subconsciente, de repente comparé la situación con los viajes a Madrid y desde Madrid. Se sabe al minuto, yendo en tu coche un día cualquiera en que no sea salida de vacaciones, a qué hora vas a llegar a Albacete o a Ocaña y, consecuentemente a tu destino, sea cualquiera de los dos; Madrid o Murcia. Por la fuerza de la costumbre, heredada de otros viajes de hace años más azarosos, siempre calculamos el tiempo que nos va a llevar y no erramos ni en un minuto. Recuerdo que, en uno de los últimos, le comenté a mi compañero: Esto es un aburrimiento. No hay lugar para la sorpresa o la incertidumbre.

Sin embargo, esa noche, acostada en mi cama que había huido de la gotera, pensé qué difícil es vivir cuando todo son imponderables y, por eso, creo yo, me sentí vulnerable, pero muy cerca de aquellos que lo son permanentemente. Por este último pensamiento doy las gracias.

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