Pentecostes

Con frecuencia los no creyentes, al menos aquellos que dicen no creer en el seno de una confesión organizada, acusan a los creyentes de aceptar mitos y planteamientos absurdos, que no resisten el mínimo análisis crítico. También suelen acusar a los creyentes de no ser espíritus libres y estar sometidos al poder, haciéndole el juego a los hombres de religión que se han erigido, apoyados en un pensamiento mágico, en la conciencia de todos.

Si se profundiza en ese tipo de acusaciones aparece, con cierta frecuencia, una cierta incapacidad para asumir las propias limitaciones con alegría o para entender el lenguaje simbólico. También rezuma, por debajo del discurso racionalista, un cierto olorcillo a anticlericalismo muy semejante al que ya se daba en el siglo XIX.

Dicho en lenguaje familiar: acusan a los creyentes de creer en patrañas o en los curas. Como si la actitud del creyente fuera ciega o poco ilustrada. Como si el creyente no fuera capaz de distinguir lo que es mágico de lo que es empírico, como si aún permaneciera en la edad infantil y tuviera su conciencia delegada en otros.

Los hay que, con un lenguaje sumamente ingenioso, reducen al absurdo dogmas y creencias, proponiendo lecturas que o bien encierran una gran violencia o son puro sofisma. No hace mucho alguien decía, con respecto a  esto de las primeras comuniones, que a los niños se les enseñaba a ‘comer carne humana y a beber sangre’.

No me considero una persona lerda, ni poco formada, ni violenta, ni fanática. Pero me considero una persona creyente y, sin duda, me molesta que con toda alegría se me tache de todo eso, de manera explícita o velada, y se me invite a entrar en polémica apelando a mi primaria reacción violenta.

Por eso, aquí y aprovechando la venida del Espíritu Santo, en este domingo de Pentecostés, voy a decir algo. Una de las consecuencias de la venida del Espíritu, tal como se narra en los textos revelados (esos mitos y patrañas), es que cada uno de los que recibieron el Espíritu hablaba lenguas y todos los que los escuchaban, los que venían de Siria, los árabes, los de Panfilia o de Capadocia y muchos otros lugares, los entendían sin esfuerzo. La pregunta no es ¿qué hablaban; esperanto? No. Hablaban el lenguaje común de los seres humanos. De repente se habían dado cuenta, por la fuerza del Espíritu, de que las diferencias las habían creado los hombres, pero que no existen tales diferencias entre los seres humanos. Todos somos personas y entendemos perfectamente el gesto de una mano tendida, de una sonrisa, de una actitud de acogida.

Además, si eso es así y somos capaces de entender este otro tipo de lenguaje, es porque Dios, que nos ha creado, nos ve a todos como iguales. Cualquiera, se diga religioso o no, se diga creyente o no, que lea esto de otro modo, simplemente está atendiendo a sus intereses terrenos y no a la construcción del Reino de Dios, que es otro ejemplo de lenguaje simbólico para decir que el mundo es de todos y nadie tiene derecho a convertirlo en su coto privado.

En virtud de estos razonamientos, ruego a los que consideran que me hallo en la edad infantil por mi fe que, por favor, se abstengan de negarme la capacidad de raciocinio que yo no les niego a ellos.

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