Lo políticamente correcto

Hay, en un lugar prominente del Planeta, una familia poderosa, o mejor, una familia poseedora de mucho dinero que considera que ha llegado el final de los tiempos para ‘lo políticamente correcto’.

Es cierto que desde hace años vivimos en un mundo poblado de eufemismos que han modificado el lenguaje común, llevándolo a veces al extremo de lo absurdo.

Para evitar la discriminación racial, ya no decimos racial, sino étnico y tampoco hablamos de ‘negros’, sino de ‘gente de color’. Con ello discriminamos de otro modo, pues parecería que los que no entran en esa categoría carecen de color y eso es simplemente una tontería. Emplear el término negritud, a parte de ser una palabra preciosa y expresiva y abarcadora, no significa en absoluto desprecio o intento de marginación.

Para no discriminar por el sexo, empleamos el género gramatical diferenciador, cuando en español al menos el plural masculino no discrimina a no ser en la intención de quien habla. Así; hermanos y hermanas, amigos y amigas, compañeros y compañeras, etc. etc. vuelve el discurso pesado, redundante y, finalmente, ridículo, marcando, contra su pretensión, las diferencias innecesariamente.

Mientras esto ocurre, las mujeres siguen cobrando menos salarios por igual trabajo que los hombres. Sigue habiendo machismo y homofobia. Se celebra el Orgullo Gay porque se ha convertido en un inmenso negocio, pero en lo que se refiere a igualdad de derechos, respeto y dignidad todavía queda mucho que andar.

No obstante, esa familia riquísima no ha llegado a entender que detrás del lenguaje de ‘lo políticamente correcto’ y a pesar de sus lagunas y fallos, hay unos límites éticos y estéticos que no se deben traspasar porque generan injusticia.

Esa familia adinerada no entiende esta cuestión porque vive en el territorio del ‘todo vale’, si el negocio me sale a cuenta.

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