Un libro importante

No voy a hacer una reseña al uso porque no se trata de un acto académico. Pero merece la pena dedicar un tiempo a un libro importante y que es posible que pase inadvertido entre la maraña ingente de cosas que se publican.

Me refiero a La señal perdida de Jesús Galiana. No se le puede llamar novela, tampoco es fácilmente clasificable sólo como relato autobiográfico, ni es un thriller, no pertenece al género del ensayo ni pretende ser un libro poético, pero tiene un poco de todo ello.

El autor, un hombre joven, en plenitud, cuenta su enfrentamiento con la enfermedad de Parkinson y cómo esa realidad le lleva a hacer una experiencia que tiene que ver con el control de su vida y, consecuentemente, con la aceptación de la realidad, lo que en ningún caso significa resignación (en su acepción negativa) ni pérdida de la esperanza.

Galiana escudriña en su interior, en su memoria, arrancando desde la infancia. Detecta como motor de muchas de sus posiciones en la vida el miedo y se enfrenta a sus propios fantasmas. Su lucha pasa por experimentos que podríamos llamar suicidas, pero que se hacen desde la necesidad de hallar explicaciones a una neurosis que distorsiona el tiempo, anclándolo en el pasado o bien proyectándolo hacia el futuro e ignorando u obviando el tiempo real; el presente.

Nunca había leído yo una definición de lo neurótico más acertada que la que se encuentra en las páginas 170-171, pero no tanto como la descripción de un proceso patológico, sino como un modo singular de percibirse y percibir la realidad del que emana un gran sufrimiento.

En este libro, Galiana se reconoce a sí mismo y reconoce su existencia espiritual; el alma, por llamarlo de un modo convencional y comprensible, así como reconoce la existencia de Dios, también en modo de aproximación a una experiencia fundante y teofánica que, para entendernos, podemos llamar así.

Educado en la tradición católica, siente la necesidad de decir que no es que se haya vuelto religioso en el sentido de pertenencia a una iglesia. Pero yo le diría que se ha vuelto religioso en el verdadero sentido del término y que no tiene que ver con la pertenencia a una determinada confesión, sino con algo más profundo como es precisamente sentir la presencia de lo divino en nuestra vida. Los dogmas sólo sirven para explicar de un modo esa misma experiencia. Son una convención del lenguaje. Le recomendaría que repasara el Credo cristiano y que me dijera qué entiende de él como para dar una explicación lógica. Más bien si se mira con detenimiento, lo que uno se encuentra es poniéndole nombre a lo inefable, lo que no deja de ser una contradicción.

Pero aún hay más. Galiana es pintor. Un pintor que durante mucho tiempo se negó a sí mismo. Ya se sabe que la profesión de artista es a veces ruinosa y la sociedad nos exige que ganemos dinero y, por otra parte, no cabe duda de que lo necesitamos para vivir. Pero en este proceso iniciático propiciado por la enfermedad, Galiana se hace consciente de su vocación de pintor y descubre nuevos modos de expresión pictórica que tienden hacia la abstracción. Cómo explica la vocación y su rechazo, recuerda, casi paso por paso, lo que la fenomenología describe acerca del acto profético. La inspiración, el rechazo de esta, la mudez que acompaña a ese rechazo y, finalmente, la aceptación de la llamada y su puesta en práctica.

Es un libro importante no cabe duda, porque hay un desnudarse sincero, profundo y meditado. Hay un renacer en plenitud envidiable y deseable para todos, en un mundo cada vez más superficial y frívolo. Hay en él un deseo de compartir una experiencia fundante y redentora que supone una conciencia de la responsabilidad hacia los demás. Hay una reconciliación en medio de un dolor profundo y una esperanza sin límites, como es la verdadera esperanza. Hay amor a la pareja y a los hijos, a los hermanos y los parientes y amigos que rezuma  ternura, agradecimiento y admiración. En fin, es un libro que revela todo un infierno del que sale un cielo. No es un cielo sin nubes, pero es un cielo adulto, sereno, consciente y rico.

Gracias, Jesús Galiana por este hermoso libro con el que en muchos momento me he sentido identificada, que me ha hecho llorar y sonreír, que me ha emocionado en todo momento.

Para los empedernidos analistas de la forma, se trata de un libro muy bien escrito, con gran fluidez y riqueza de vocabulario en el que brillan con luz propia las comparaciones.

 

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