Pobres veraneantes

Suelo bajar a la playa a eso de las nueve de la mañana. Hacia las once empieza a llegar la masa de veraneantes. En particular aquellos que sólo pueden escaparse el fin de semana. Bajan a la playa con gran impedimenta dispuestos a aguantar al sol lo que haga falta y a poder ser hasta que oscurece. Así los niños regresan a casa agotados y no dan demasiado la lata.

La escena se repite una y otra vez, en particular los fines de semana. Llega una persona, hombre o mujer es lo mismo, suelta con gran decisión el cúmulo de bártulos que lleva en las manos. Coloca un montón de sillas, de flotadores, cestas y toallas en el suelo y se dispone a clavar la sombrilla en la arena. Calcula la distancia y la inclinación del sol y clava su sombrilla. La enrosca y finalmente la abre y hete aquí que donde da la mayor parte de la sombra es sobre mi silla y mis piernas.

Con voz suave, le hago ver que me está tapando el sol y que yo no quiero estar a la sombra. Me mira como si de repente yo hubiera surgido de la tierra (para esa persona, yo no existía hasta ese instante) y me dice una serie de cosas que en su boca suenan como argumentos irrebatibles: Hoy es viernes; esta es la línea de sombrillas; tengo que poner la piscinita del bebé aquí; vengo con niños y tengo que vigilarlos y otros igual de contundentes que no recuerdo.

A veces, la persona que llega trae tal clase de impedimenta, montada en un carrito de ruedas y sujeta con unos pulpos de goma, que no puedo por menos que mirar aquel artilugio y ver cómo de la pirámide se desprenden dos sombrillas, tres tumbonas, varios cestos de toallas y la neverita de las cervezas. Al ver que miro, probablemente con cara de asombro, la persona en cuestión, que también va a colocar una de sus sillas casi sobre mis pies y la sombrilla haciéndome sombra, me dice como único argumento de peso: Es que vengo con niños, antes de que yo pueda decir nada. Cuando ya ha desperdigado todos sus enseres por una amplia zona, cosa que me ha obligado si quiero seguir tomando el sol a desplazarme un par de metros, se marcha y aparece dos horas después rodeado de niños , mientras yo ya estoy recogiendo mis cosas para marcharme. Incluso ha llegado a suceder que yo me he subido a mi casa y allí no han aparecido ni padres, ni abuelos ni niños:Solo ha quedado sobre la playa la impedimenta desperdigada.

Es cierto que yo estoy en playa desde el mes de junio. Es cierto que en la ciudad hace un calor de mil demonios. No cabe duda de que los niños cuando no están en la escuela, se aburren en casa y los papas y mamas o trabajan o no tienen paciencia para entretenerlos. Ocurre con frecuencia que los abuelos para no aburrirse se hacen cargo de ellos. Es verdad que solo pueden venir los viernes y  quedarse hasta el domingo por la tarde, así que hay que aprovechar. No cabe duda de que estoy muy morena y se nota que llevo muchos días en la playa. Por otra parte, a quién se le ocurre venir a la playa a bañarse y nadar, tomar el sol y leer novelas tranquilamente. A la playa se viene a cotillear con las vecinas y con las otras mamás, a estar colgadas del telefono movil todo el rato y a interrumpir sus interesantes conversaciones, gritando: Fulanito no le tires arena a tu hermana, menganito, salte pafuera que te vasahogar (sic) o a meter a los bebés al agua en medio de una rabieta monumental. Por supuesto, se pueden hacer crucigramas, se puede contar que se ha hecho de comer, también se puede estar hablando a gritos acerca de las andanzas propias y ajenas.

Analizando cuidadosamente los argumentos emitidos que justifican las actitudes descritas, llego a la conclusión, después de constatar que mi silla y mi esterilla tienen una especie de imán sobre las sombrillas ajenas, que el problema es que estas personas, no importa la edad o el género, consideran que para la edad que tengo (se nota que estoy jubilada), lo morena que estoy y mi afición a la lectura, ya es hora de que me vaya a mi casa y les deje el sitio a ellos, pobres, que sólo pueden venir el fin de semana.

Miro a mi alrededor. Nadie se solidariza conmigo, por lo que deduzco que la mayoría comparte los argumentos de los recién llegados y considera que soy yo la que estorbo. Como me asiste un esforzado espíritu democrático, me pliego al sentir de la mayoría y me marcho. En mi camino de regreso, observo que la playa está vacía unos metros más allá y que las sombrillas se arremolinan en lo que no es sino un tercio de la playa. Para este fenómeno no tengo explicación ni argumentos, ni propios, ni ajenos.

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