Del fútbol y otras desvergüenzas

Mi hermana tiene un nieto que juega en los infantiles de un gran equipo nacional. El fútbol es la ilusión de su vida. El chiquillo que no sólo es buen estudiante, sino buena gente, además juega muy bien al fútbol y lo vive con ilusión y pasión.

Cómo estará viviendo ese muchachito la actual situación. Con un ex-presidente de la Federación encausado junto con otros de sus colaboradores y familiares. Con un fulano, que por supuesto juega muy bien al fútbol, pero que vale doscientos veintidos millones de euros (los tres patitos que diría el otro) que se dicen como el que no dice nada, objeto durante más de quince días de la atención mediática como si fuera el centro del universo. Con la de jugadores de segunda y de tercera que no cobran sus nóminas y que se dejan la piel en cada partido. Con la de cosas que parecen esconder todos estos detalles.

Porque no sabemos nada de cómo se llega a estar en precario en un club de segunda o de regional. Porque no sabemos cómo un señor se mantiene en el cargo durante más de veinte años. Porque no sabemos qué pasó con los bailes de millones de la primera contratación de este jugador tan traído y llevado por los medios.

Pero, bueno, dirán algunos, es que el fútbol ya no es un deporte, es un negocio. Probablemente un negocio excesivamente redondo para unos pocos y ruinoso para los más. Para la ilusión de muchos niños como el nieto de mi hermana, sin embargo, es un deporte de verdad, en el que lo importante es que el ‘mister’ te ponga a jugar porque has entrenado bien y que le des una paliza al contrario, sin concesiones; tres cero es lo suyo.

Si lo miramos en una perspectiva más amplia, además de observar las desvergüenzas que supone, genera un agravio comparativo mayúsculo. Un ‘pelao’ que le da al balón resulta que cobra cifras astronómicas y se permite el lujo de decir que, si está en la mira de la Hacienda pública, es porque es quien es. El otro ‘payo’ inculpado, dice que no se han respetado con él los derechos humanos y así todos ofendidos y agraviados, cuando el agravio lo producen ellos frente a muchos que no llegan a fin de mes con mayor cualificación, experiencia y dedicación. No digamos si estos que lampan con contratos precarios, con ser autónomos, con medias jornadas o dándose con un canto en los dientes si trabajan tres meses al año, pertenecen al mundo de la producción cultural o de la gestión idem.

Sirve de algo decir estas cosas o siquiera pensarlas? No lo sé. Posiblemente son las rarezas de un mundo cada vez más injusto, incomprensible y deleznable.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *