El segundo mandamiento

Antes de entrar en materia, vaya mi sentimiento de solidaridad y de condolencia hacia la ciudad de Barcelona, sus visitantes y sus habitantes. No es el primero de los hechos sangrientos, ni es exclusivo, ni es el único. El mundo está cuajado de violencia y esta es una más de sus manifestaciones. Podríamos emplear horas en explicar este fenómeno, con sus múltiples variaciones, de la imposición de unos seres humanos sobre otros por el terror, pero nos llevaría mucho tiempo y este no es el propósito de estas líneas.

Hoy me quiero detener en la afirmación cada vez más frecuente, cuando se trata del llamado terrorismo islamista, de que se está actuando en nombre de Dios y que ese Dios único de las religiones monoteístas es un dios violento, justiciero y por eso sus fieles se comportan de ese modo. También se oye que cómo es posible que en este siglo, heredero de las Luces y de la racionalidad, haya aún personas que crean en mitos y patrañas defendidas por hombres de religión, que lo único que buscan es someter la conciencia de los demás. Para algunos, que pretenden ser equitativos en sus afirmaciones, las actitudes violentas se explican porque a los largo de la Historia de la Humanidad las ‘iglesias’ han cometido atrocidades en nombre de Dios, como en su día hizo la Inquisición o las múltiples guerras de religión o las conversiones forzadas. Todo eso según quienes así argumentan procede de modo directo de los textos revelados sean la Biblia, los Evangelios o el Corán, donde efectivamente se encuentran versos que hacen referencia a las actitudes guerreras del Dios Único (aunque habría que excluir al Nuevo Testamento en donde esas expresiones no aparecen).

Pero pocos se refieren a que ese Dios en el texto coránico es siempre llamado de manera insistente, al comienzo de cada capítulo, El Dios Todo Misericordia y, por tanto, parece preferir que sus fieles imiten esa virtud que lo define una y otra vez. En el cristianismo, el Hijo de Dios se deja matar como un malhechor por los poderes de la tierra, mostrando un ejemplo de servicio y entrega, de amor y de paz que mal se compadece con las actitudes que sin duda defienden y han defendido algunos sedicentes cristianos.

No imputemos pues a los textos, al espíritu de los textos y a las religiones lo que sólo está en el afán de poder que mueve a los seres humanos y los lleva, curiosamente, a su más profunda deshumanización.

Esta reflexión apenas esbozada me recuerda la tergiversación del amor que algunos hombres violentos hacen: La maté porque era mía. ¿Es eso lo que entendemos por amor o más bien lo contrario?; el afán de hacer feliz a alguien, de satisfacer y propiciar sus sueños, deseos y esperanzas; de facilitar que llegue a su plenitud allanándole el camino y animándole a ejercer su libertad.

Cuando en el Decálogo se dice: No tomarás el Nombre de Dios en vano, a esto se refiere: A no hacer un uso torticero, falsamente moralista, interesado y prepotente de la idea de Dios. Debería decir: No uses a Dios para tus propios mezquinos fines.

Las personas creyentes ven en la religión un camino para el desarrollo de su necesidad espiritual, para su compromiso con el resto de sus semejantes, para desarrollar su propia conciencia que enfrentan sólo con la voluntad de Dios, para comprender que la vida y la naturaleza les ha sido dada como un don precioso que ha de ser preservado y transmitido; en fin para hacer de este mundo un lugar mejor y más habitable en justa y desigual correspondencia con los bienes que se nos han dado.

Quienes no ven en la religión sino un instrumento de diferenciación, de ejercicio del poder, de anulación o manipulación de las conciencias y libertades, de dominio sobre los demás a los que consideran inferiores, no tienen religión, aunque digan pertenecer a alguna.

Quienes tachan de borregos o irracionales a los que creen, no han tenido una experiencia de su propia fragilidad, no respetan la vivencia íntima y profunda de sus semejantes ante la grandeza de lo mistérico, inefable e inabarcable. No han sido agraciados, quién sabe por qué, por ese sentimiento oceánico que lo abarca todo, en el que uno quisiera disolverse y así alcanzar una plenitud que ninguna otra cosa puede proporcionar, sino la conciencia de la existencia de un ser que para entendernos llamamos Dios.

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