Siempre al acecho

Debe ser muy cansado y al parecer, sin embargo, hay gente que goza con ello. Todos tenemos fobias; odiamos a este o a aquel o eso o aquello. Tal vez simplemente no sean personas o cosas de nuestro agrado por sus formas de manifestarse, por sus acciones o sus gestos. En unos casos consideramos que son improcedentes, en otros, que son impertinentes. Es decir que las acciones de unos u otros no nos parecen adecuadas a la circunstancia o el momento. Las consideramos impropias. En ocasiones creemos que su comportamiento, tal como se manifiestan ideológicamente, debería ser uno y unívoco, pero si se desvían o hacen algo que es común, entonces los tachamos de hipócritas, de mentirosos o de cosas peores.

Pero es bastante frecuente que determinadas inconveniencias o impertinencias nos pasen desapercibidas, si quienes las cometen son aquellos hacia los cuales no sentimos animadversión alguna.

Parecemos permanentemente al acecho de los errores de aquellos con los que no compartimos sentimientos o pensamientos y somos sumamente permisivos con los que piensan como nosotros o sienten de manera semejante.

Es cierto que determinadas demostraciones de la libertad de opinión son improcedentes en circunstancias particulares; es evidente que el derroche en festejos por parte de aquellos que alardean de conciencia social puede incluso ofender a los que pasan estrecheces. Sin embargo, no se opina lo mismo si quien se manifiesta de modo inconveniente es alguien de lo que llamamos ‘nuestra cuerda’ o si quien despilfarra forma parte de nuestro lado del universo.

Estar al acecho de cualquier error del contrario es, en mi opinión, una actitud mezquina y sobre todo cansadísima. Si juzgamos, deberíamos ser mucho más rigurosos con los que sentimos como propios que con los ajenos y no al contrario. Luego, cuando mantenemos estas actitudes de ojo de halcón sobre aquellos que no son de nuestro agrado, las difundimos sin pudor y de manera reiterada, abusando de lo inmediato de las redes sociales, sin pensar que entre los destinatarios de nuestras sentencias condenatorias pueda haber quienes no se identifiquen con ellas.

Creemos que si mantenemos relación con otros, estos forzosamente habrán de pensar de idéntico modo y estarán de acuerdo en estar ojo avizor sobre los errores de los demás que no comparten nuestro sector del mundo.

Los anticlericales se pasan el día criticando al Papa. Los de derechas se pasan el día criticando a los de izquierdas y viceversa. Los que no tienen religión a los religiosos. Todos ellos forzosamente cometen acciones que se contradicen con lo que debería ser o se debería esperar, según su opinión, y no descansan un segundo, siempre al acecho para poner en ellas su dedo acusador.

Insisto ¡qué cansancio! Pido por favor que se me excluya de esas comunicaciones que sólo señalan los errores de los demás. Bastante tengo con tratar de enmendar, sin éxito, mis propios fallos.

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