Fin de temporada

Cuando se acaba el verano y quizá por una acumulación de sol en la cabeza, se producen visiones y reacciones curiosas ante hechos cotidianos que tienen lugar al borde del mar. Aquí van algunas de esas situaciones:

I.- Estoy sentada en mi silla, leyendo un libro. Muy cerca, en la orilla del mar, una joven madre excava un hoyo y construye a su alrededor un pequeño muro, que compacta cuidadosamente con manos expertas una y otra vez. La obra avanza lentamente. La niña, para la que sin duda todo aquello está destinado, revolotea alrededor y de vez en cuando se agacha a compactar la arena del muro con movimientos idénticos a los de su madre. Un tiempo después, ambas gritan alborozadas. Han echado varios cubos de agua dentro del hoyo. la niña hace que sus pies chapoteen en aquel pequeño charco, defendido por el murete. Yo siento un impulso irresistible de pisotear el murete y destrozar la obra. Avergonzada por este pensamiento destructor, me levanto y me tiro de cabeza al agua.

II.- Poco a poco empieza a soplar un viento recio del sur. Llevamos ya mucho rato en la playa y decidimos que el viento se está volviendo molesto y que es mejor marcharse. Comienzo a recoger mis cosas; la esterilla, la toalla, mi vestido, el libro que leo y voy colocando cada cosa en su lugar. Mientras, mi marido desmonta la sombrilla. Es de un color amarillo chillón. Mientras hace los gestos habituales, yo le veo elevarse al cielo, llevado por el arrastre de la sombrilla. Parpadeo en el mismo momento en que empezaría a gritar. Mi marido sigue con los pies en tierra, doblando los pliegues de la sombrilla para que entre en su funda.

III.-Estoy en la orilla dejando que las leves olas me acaricien los pies. El agua está fresca, transparente e invita al baño. Una voz conocida perteneciente a una señora que es habitual en esta playa me llega de repente: En septiembre siempre está el agua fría. Hoy está helada. Sin embargo, ella permanece dentro del agua sin apenas moverse por un tiempo no menor a media hora. Yo me voy a dar un paseo al otro extremo de la playa para no estrangularla una vez más.

IV.- Una mamá llega acompañada de un enjambre de chiquillos. Cuento hasta cuatro; tres niños y una niña. Los pequeños , según  sus edades, cogen sus cacharros de playa; cubitos, palas y rastrillos, y se dedican a sus obras de ingeniería. Alguno, un poco más mayor, se pone donde rompen las diminutas olas a saltarlas con gran decisión. Entre tanto, la mamá coloca varias sillas y bolsas, extiende toallas, planta la sombrilla y finalmente se sienta. Saca el teléfono móvil y se enzarza en una conversación tras otra y en contestar mensajes. Con un cierto ritmo levanta la vista del aparato y grita: No os vayáis tan lejos.  Eso es todo.

V.- Un caballero y su pareja que hablan una lengua para mí incomprensible ocupan un lugar cercano sobre la arena. Ponen sus sillitas-tumbona y se dejan caer a tomar el sol. De vez en cuando, como hacemos casi todos, se levantan, se pasean o se bañan. Ella es joven y esbelta. El tiene buena planta y es algo mayor. En una de las ocasiones en que alzo la vista de mi libro, veo como él se levanta, echa una rodilla a tierra, se gira parsimonioso y apoyándose con ambas manos en el reposa brazos de la silla de su mujer se levanta con gran esfuerzo. Luego da un par de pasos titubeantes y rígidos hacia el mar. En ese momento, se da cuenta de que le miro y se detiene. Poco después prosigue su marcha y consigue llegar al agua. Lamento no saber qué lengua habla y no conocerla. Le podría decir: No se preocupe, a mí me pasa lo mismo todas las mañanas en cuanto me levanto de la cama. Los idiomas son muy importantes. Siento que se alza un muro de incomprensión entre nosotros, cuando en el fondo yo me siento totalmente solidaria con su artrosis. Es frustrante.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *