En recuerdo de Soledad

Esta mañana me llama mi amiga Lourdes y me dice que ha muerto Soledad. Se podría decir que lo que yo siento por Soledad y he sentido desde que la conocí es parecido a un amor al que sabes que has de renunciar desde el primer día.

Hace ya muchos años, tras padecer síntomas de todo tipo sin que los médicos dieran con una causa fisiológica, se me ocurrió pensar que tal vez mi mente me estaba jugando una mala pasada y que sería bueno consultar con un psicólogo.

Le pregunté a una amiga y esta me dirigió a otra y esta última a una tercera que resultó ser Soledad. Durante siete años, divididos en dos periodos con un descanso intermedio, estuve asistiendo a su consulta, echándome en el diván y hablando de mi infancia. La infancia de una niña solitaria que descubrió demasiado pronto la impotencia de los adultos para librarla de los dragones, porque ellos tampoco podían huir de sus propios fantasmas.

Soledad no sólo me enseñó a ponerle nombre a mis miedos, sino que me llevó de la mano para que fuera capaz de reconocer mis síntomas y controlarlos. Nadie ha hecho tanto por mí como ella. El aprecio por su valía como profesional, la cercanía de nuestros pensamientos y modos de ver las cosas, porque éramos de la misma generación, de una manera natural nos habrían llevado a una amistad fraternal. Sin embargo jamás pudimos desarrollarla, ni siquiera iniciarla, por imperativos del método. El psicoanalista no debe ser amigo del paciente.

Pero nadie, ni siquiera el señor Freud y sus seguidores, pudieron impedir que yo la apreciara y sintiera una gran admiración por ella. En una palabra, que la considerara más amiga mía que a algunas de las personas que considero mis amigas. Es decir, siempre, desde el día en que descubrí que detrás del técnico había una persona cálida, humana, llena de humor y verdaderamente preocupada por sus pacientes, la quise y aún la quiero y nunca me olvidaré de ella.

Lo que más me duele no es haber tenido este amor frustrado, sino que eso me ha impedido mantener un contacto con ella fuera de la consulta. Así, no he sabido de su enfermedad, de su soledad (como una marca que ya estaba en su nombre), de sus padecimientos y de su muerte prematura. No he podido hacerle llegar en la distancia mi afecto, mi respeto, mi admiración y mi agradecimiento por el trabajo que hizo conmigo ni la alegría por haber conocido a alguien tan estupendo como ella. A veces las reglas están para romperse. Pero en esta ocasión no fui capaz de saltármelas, por respeto a ella y por egoísmo. Ese egoísmo que me decía no debes romper con la norma por si vuelves a necesitar de ella.

Gracias a Dios y a ella nunca más he necesitado volver al psicólogo que, aunque algunos snobs piensen que es una especie de moda, es un trabajo duro que obliga a remover precisamente aquello que no queremos tocar y que se esconde en el fondo de la última entretela. Podría haber intentado saltarme la norma y decirle a Soledad cuánto respeto y cariño sentía por ella. Me consuelo pensando en que creo que ella lo sabía y sabía de mi gratitud. Vayan estas letras en expiación de mi egoísmo.

Descansa en paz, preciosa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *