Los amantes de los conflictos

En un mundo como el que tenemos que, por otra parte no difiere tanto de otros momentos pasados, resulta insoportable que existan personas amantes de los conflictos. No me refiero a aquellos que ostentan graves responsabilidades de gobierno, que alguno hay que no sabe vivir si no es en guerra o en amenaza de ella. Me refiero a los de andar por casa; a la gente corriente con la que a diario compartes espacios de lo más cotidianos y poco significativos. De vez en cuando aparece alguien que es amante de los conflictos.

Este tipo de personas si no hay de qué discutir, busca un motivo y si lo hay, entonces es feliz porque la realidad parece darles la razón. Tienen o suelen tener un modelo de actuación. Primero se quejan de que los excluyen. Entonces, los bien pensantes, pro bono pacis  los incluyen. Una vez en el círculo de los que trabajan por alguna causa común, de esas -repito- cotidianas, se encrespan porque no les reconocen lo mucho que hacen, cuando, en realidad, solo se dedican a proponer imposibles o a proponerlos a destiempo. Aún así, para que no armen bulla, se les conceden algunas cosas carentes de sentido, pero como a nadie les importan demasiado, los dejan hacer. En el fondo esperando que el fracaso de sus iniciativas les haga ver la verdad. Pero no se quedan contentos. Están a la espera de la primera ocasión en la que sembrar la discordia.

Como cualquier cosa que se haga o se diga tiene la posibilidad de ser malinterpretada, inmediatamente -ellos que estaban al acecho- se encrespan y argumentan. Pero sus argumentos también siguen un patrón: Moralizan y se ponen de ejemplo; ‘Yo nunca hago esto que acabáis de hacer’ y, por eso, ‘aprovecho la ocasión para señalarlo’. ‘No se debe, pontifican, hacer eso, pues el mérito es de gente como yo, que no se señala y se pasa el día trabajando por el bien común’. Vuelvo a señalar que si algún logro se obtiene no ha sido por su esfuerzo, más bien todo lo contrario y que se sepa nada han hecho a favor de nadie.

Si nadie les planta cara, cosa que es frecuente, pues la gente no tiene interés en las discusiones interminables, siguen erre que erre hasta que alguien les sale al paso. Entonces viene la fase de repliegue; ‘no quise decir eso’, ‘me malinterpretáis’, ‘yo solo quiero lo mejor para todos’. Acto seguido, como nadie le secunda ni se hace eco en esos mea culpa mas bien desmañados, entonces pasa a la fase siguiente; la de declarar sus afectos cerrados con ‘te quieros’ a diestro y siniestro, pero sin nombrar a la persona o personas que en el fondo eran objeto de sus reproches. Como todo el mundo sabe de sus fobias, porque si no las dice cantando, las dice silbando, todo el mundo entiende que sus declaraciones de amor no son para devolver la calma e incluyentes, sino más bien excluyentes de aquellas personas a las que envidia o en cuyo lugar quisiera estar. Con sus reproches a todo lo que se hace bien, lo único que está declarando, imagino que a pesar suyo, es que quisiera ser quien ha tenido el logro o quien ha manejado la situación. En definitiva me recuerdan a aquel personajillo de cómic el visir Iznogud (no bueno) que quería ser califa en lugar del califa.

Estas criaturas amantes de los conflictos consiguen enervar a todos y si uno no se anda con cuidado termina por tener un estupendo conflicto sin ninguna necesidad.

Que el Señor los confunda.

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