Del verano de 2018

Casi todos los veranos se producen encuentros familiares, se disfruta de la playa y el campo. Se repiten gestos, comidas, charlas y recuerdos. Sin embargo no todos los veranos hay un niño que pasa por su primer cumpleaños. Es una fiesta en la que los mayores suelen disfrutar. Comen hasta hartarse, charlan y se ríen y cantan como si fueran niños ellos también el ‘cumpleaños feliz’ con voces más o menos desafinadas. Lo más normal es que quien cumple años, aún no esté en condiciones de soplar con efectividad para apagar su velita, cumpliendo con el rito. Sin embargo, siempre hay alguno más mayor, hermano o primo, que está dispuesto a hacer ese servicio, mientras el cumpleañero mira con cara de sorpresa semejante ritual.

Los primeros baños en la playa o en la piscina. Los saltos y cabriolas, las heroicidades, saltar las olas y aprender a bucear, son acontecimientos notables. Los niños conocen a sus primos a los que no suelen ver durante todo el año y se producen encuentros y desencuentros, ratos de amigable juego y otros de disputas por las cosas más nimias, que suelen terminar en lágrimas y madres o padres tratando de conformar y distraer a los contendientes.

Los abuelos, para ganarse a sus nietos, hacen también sus propias tonterías, como poner caras y hacer visajes, dar saltos indebidos o cargar en brazos con los niños, con graves consecuencias para sus lumbares. Se estrujan las meninges recordando juegos y cuentos y haciendo el ridículo porque no conocen a los protagonistas de los últimos dibujos animados. Aunque saben canciones que los niños jamás han oído, o conocen los nombres de los árboles o saben que dentro de una piña están los piñones. Les señalan a las estrellas más relumbrantes y les dicen los nombres. Incluso se tiran a nadar desde el trampolín, haciendo la bomba, y con eso dejan a sus nietos con los ojos redondos como platos.

Los abuelos suelen cantar cosas que no son finas y educadas, como lo de ‘tengo un moco…’ o dicen todo seguido ‘cacaculopedopis’, como si fuera una fórmula mágica. Saben múltiples canciones en varias lenguas que sirven para hacer cosquillas. En fin. Cada uno cumple con su papel y con frecuencia se empeñan en comerse a besos a los nietos que rehuyen la agresión, pero que en el fondo saben que ese es el tributo que han de pagar para que el abuelo y sobre todo la abuela les cuente un cuento.

Entre estas cosas se pasa el verano. Ese tiempo mágico del calor y las moscas, de subirse a los cacharritos de la feria, de comerse un helado a lametones y quedarse con bigotes de chocolate. También es el tiempo que ellos recordarán cuando sean mayores y los abuelos ya no anden por este mundo. Los abuelos, por su parte, si no pierden la memoria por la edad, todavía llegarán a contarles cuando sean un poco más grandes, tú y yo hacíamos esto y lo otro cuando tú eras pequeño. Ellos dirán y qué más hacíamos abuela y sera el momento de magnificar aquellos pequeños juegos y de decirles que eran unos niños estupendos, pero que ahora nos encanta que sean tan mayores.

La vida es eso. Ir creando poco a poco nuestros pequeños hilos de leyenda. Nuestras pequeñas historias, tan semejantes a las de todos, pero a la vez propias y distintas. Retazos de una tela para el tejido que nos sostiene mientras estamos metidos de lleno en el tiempo. También es la materia que caldea las ausencias del invierno y mantiene el cariño encendido a pesar del frío.

De todo ello hay documentos gráficos, porque ¿qué sería de nosotros sin imágenes que refrenden lo que decimos? Aunque algunas, las más importantes a lo mejor solo obran en nuestra memoria; la de mi nieto pequeño abriendo su primer regalo de cumpleaños. La de mi nieto mayor descubriendo que le acaban de regalar su primer reloj de pulsera.

 

 

 

 

 

 

 

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