La identidad de las mujeres

El viernes pasado, en el diario El País aparecía un artículo de opinión firmado por Eva Borreguero, experta en asuntos políticos y profesora en la UCM. No conozco personalmente a esta investigadora y analista política y no creo que ella sepa nada de mí, aunque su artículo se titulaba Mujeres del Isis, verdades incómodas. El tema que abordaba, con acierto,  ya lo he tratado yo en muchos de mis escritos sobre la mujer y el islam. Lo he hecho desde perspectivas diversas; literatura, política, religión, historia y alguna más,  llegando a la misma conclusión de la señora Borreguero: es una cuestión de identidad el hecho de que una mujer se adhiera a algo como el Isis, y yo añadiría, es algo que tiene que ver con el empoderamiento femenino y su participación en el espacio público.

Esto, como digo, lo he dicho ya en múltiples ocasiones y por eso creo que esta Profesora no me ha leído, lo cual no es de extrañar; muchas veces el conocimiento se encierra en compartimentos estancos o padecemos el prejuicio que consiste en creer que si alguien habla desde un enfoque filológico, pongamos, sus conclusiones nada tienen que ver con la política o al contrario. De todos modos he de decir que me conforta ver que investigadores más jóvenes se esfuerzan en entender lo que parece incomprensible y llegan a conclusiones semejantes a las que yo llegué en su día. Caminamos en la buena senda, pues.

Pero lo que me mueve ahora a hablar de estos asuntos no es reivindicar mi derecho sobre un ‘análisis brillante’ de la realidad y reclamar derechos de autoría. No. Me mueve a comentar este asunto la perplejidad que me produce hallarme con mujeres españolas, inteligentes, bien formadas, de clases acomodadas que se adhieren y defienden discursos de ultraderecha que son, precisamente, aquellos que niegan el espacio a la mujer, que niegan los derechos de la mujer en asuntos bien sensibles y que no han de ser tratados a la ligera o que si la colocan en sus filas, me da la impresión de que lo hacen para mostrar que hasta las mujeres están de acuerdo con su lenguaje machista y retrógrado. Es decir, las están utilizando de manera descarada.

Pues bien, en esta campaña electoral cada día me encuentro con alguna de estas mujeres que ha tomado partido por esa posición que, claramente al menos para mí, va en contra no sólo de sus derechos sino de sus intereses más básicos.

Creo, sinceramente, que en esta sociedad en la que se diluyen los valores, en la que la conciencia personal se vuelve realmente el último o único referente de nuestros actos y pensamientos (y eso es algo muy agobiante y opresivo), hay una necesidad de tener referentes , sean los que sean, que nos doten de una identidad definida y nos coloquen en el espacio público apareciendo bien diferenciadas de la masa: No hay mejor definición que la de un burka para ocupar un lugar ‘diferente’ en medio de la masa que viste de color o a cara descubierta.

Es casi tan provocador como desnudarse en un lugar público o significativo. Las mujeres que se adhieren a movimientos de derecha radical también están haciendo la revolución feminista; desde mi punto de vista, por la vía equivocada. Pero se están dando a ver en una sociedad que, no nos engañemos, considera a las mujeres como ciudadanos de segunda clase, aunque intenta disimular que ese sea su planteamiento y donde, por desgracia, aún hay muchas mujeres que favorecen que esos clichés de la ‘tontita’, solo buena para peinarse, se perpetúen.

Esta historia me trae a la memoria un caso sobre el que aún no he reflexionado lo suficiente pero que creo que puedo ya enunciar. Resulta que en Guatemala, donde saben muchos de los que leen esto, hemos estado apoyando a una señorita que gracias a ese apoyo y tras muchos avatares ha conseguido no solo graduarse de enfermera, sino que ha logrado un puesto oficial en una institución sanitaria con una remuneración con la que sueña el 90% de la población guatemalteca (hombres y mujeres). Esta señorita quedó embarazada de un novio que tenía y que se dio a la fuga en cuanto supo de la responsabilidad que se le venía encima (cosa que allí hace un alto porcentaje de varones). En la situación privilegiada de la enfermera, con la tan ansiada independencia económica, se entiende mal que, cuando se ha consolidado su situación profesional, el padre a la fuga haya regresado y le haya pedido vivir juntos. Dicho sea de paso, él tiene un empleo muy inferior, cuando consigue trabajo que no es siempre.

Esta muchacha a la que yo aprecio, pues la conozco desde que era casi una niña, me hablaba con cierto desprecio de su pareja, como alguien que depende de ella y se sitúa en un nivel inferior. Al principio no noté la forma sarcástica y despectiva porque el acento guatemalteco enmascara mucho estos matices para mi oído acostumbrado al español de España, pero al fijarme en ello, me di cuenta incluso de que lo consideraba como a alguien provisional y, por supuesto, no tenía ningún interés en formalizar su situación con él, a pesar de la insistencia del muchacho y de su familia. Creo que voy entendiendo lo que pasa en esta pareja o, más bien, lo que ella hace: Por un lado, al tener a un hombre a su lado, que además es el padre de su hija, esta muchacha legitima su estatus en la sociedad en la que vive, pero al mismo tiempo es consciente de que él es un parásito y al hablar despectivamente de él, lo pone en el lugar que le corresponde, afirmando su propia identidad. Qué difícil es todo en las relaciones interpersonales, cuando una parte no tiene clara su identidad.

Este ejemplo me ha venido pues a la cabeza porque es bastante evidente: No tiene nada que ver una opción de vida retrógrada con la falta de formación o con pertenecer a un nivel de vida deprimido. No. Tiene que ver con una identidad mal construida y necesitada de visibilidad. Es igual que aquello de que hablen mal de mí, pero que hablen. Lo que apunta  a una autoestima deficiente, favorecida por un entorno que en cuanto puede la rebaja aún más.

Gracias a la señora Borreguero he entendido algo que yo ya sabía.

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