El Mar Menor no es solo un mar

Después de la llamada DANA, antes ‘gota fría’, se ha encontrado una feliz excusa a los males que padece el Mar Menor. Es bueno que haya un diluvio para que cargue con los efectos perversos de la incuria de decenas de años y con los resultados de la ambición desmedida.

Los peces del Mar Menor se mueren por falta de oxígeno. Posiblemente se deba a los vertidos incontrolados de aguas procedentes del riego, de escorrentías y del exceso de construcción que se ha implantado en sus orillas. Pero esas cosas no son catástrofes naturales, aunque sí pertenezcan a la naturaleza humana; a la ambición, al deseo del rápido enriquecimiento, a la indiferencia hacia los daños colaterales. Con todo eso, nos hemos cargado del todo o casi, una pieza de la Naturaleza verdaderamente singular y privilegiada que deberíamos haber cuidado y mimado, protegido y salvaguardado con dedicación extrema, para mantenerla lo más intacta posible y así conservar el medio ambiente.

Pero, el Mar Menor no es sólo una pieza singular de la Naturaleza y el paisaje. Forma parte del paisaje de nuestras vidas y almas.  Cuando nació mi hija, fui a veranear a Santiago de la Ribera. Ella nació un 16 de julio y a primeros de agosto allí nos asentamos, para pasar el mes de verano.

Así éramos los padres primerizos, que bajábamos a la Puntica a bañarnos.

Aquí estamos todos; abuelos, padrinos, primos y sobrinos, en el bautizo de la recién nacida, en la Iglesia de San pedro del Pinatar.

Los niños crecían y aumentaba la familia. Mi padre compró un chalet en Santiago de la Ribera. Era una colonia de gente que pertenecía al Ejército del Aire, habían estado destinados en San Javier y sentían añoranza de la zona. Por eso construyeron allí la colonia, detrás de la Ciudad del Aire y a nosotros, que entonces trabajábamos en la escuela de Idiomas de las Fuerzas Armadas nos ofrecieron participar.  Todos los veranos había algún cumpleaños de los niños de la vecindad y se aprovechaba para disfrazarse. Mis hijos son a la derecha de la foto, una dorada princesa y un poco más centrado un pequeño vaquero de bigotes de carboncillo.

En aquel agradable lugar, desayunábamos en el porche, comíamos allí y hasta cenábamos a pesar de la afluencia de los mosquitos. Todos los días íbamos a bañarnos a la Puntica.

Allí aprendieron sin miedo a nadar los niños, allí montaban en bicicleta, sin miedo a los coches, allí paseábamos o íbamos al circo y a la Feria.

Allí mi hija hacía sus numeritos de baile. y mi hijo, más pequeño, hacía sus propias gracias.

Aunque la foto es muy mala. Han pasado muchos años, pero por la ropa veréis que cualquier vacación era buena para ir a Santiago de la Ribera y pasearnos a la orilla del mar Menor y, entonces, vivíamos en Madrid. Ahí estamos mi hija, mi cuñada embarazada de su primera hija y mi hijo y ahijado de mi cuñada.

Los años pasaron. Mi padre sufrió un accidente y se ahogó en el mar Menor, allí mismo en la Puntica, donde tantas veces nos habíamos bañado todos y habíamos reído y jugado con los niños.

Durante casi tres años, no pude volver por allí. Vendí el chalet y quise olvidar el Mar Menor. Pero ahora, pasados casi veinticinco años de aquello, de vez en cuando vuelvo al Mar Menor, me paseo frente a la playa de Villananitos, doy una vuelta por la feria, mirando los puestos o me voy a cenar con mis hijos frente a la urbanización Los Pinos en el renovado paseo de La Puntica. Allí veo los fuegos artificiales de las fiestas de San Pedro o del Carmen.

Cada verano, el 15 de julio, mi marido y yo nos vamos al restaurante Venezuela, en Lo Pagán,  a rememorar que allí celebramos los bautizos de nuestros hijos, y a celebrar nuestro aniversario de boda; y ya vamos por el cuadragésimo cuarto (44). Lo pongo así porque suena todo lo solemne que debe sonar una cifra como esa.

De manera que el Mar Menor no es solo un espacio natural. Es el espacio de la memoria, de las alegrías y las penas, de los hallazgos y las pérdidas. No son sólo pobres peces muertos, sino la muerte de nuestras vidas. Supongo que como yo habrá mucha gente que, además de vivir de ese mar, tendrá recuerdos como los míos, vivencias únicas, cuyo marco es y ha sido el Mar Menor.

Por eso, no se puede dejar morir ese mar, porque sería como matar la memoria de nuestras vidas.

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