Reflexiones de Halloween

Venía yo, en la tarde de Halloween, de hacer unas fotocopias y me crucé con una familia; papá, mamá, y dos niños, uno de ellos en silleta. No pude dejar de mirar a los mayores. El papá iba de conde Drácula. Era un hombre alto y esbelto y su traje de aristócrata y la flotante capa, con el cuello levantado, le daban una presencia imponente. No daba miedo, sino  que daba gusto verlo. La mamá, una joven mujer, con un cuerpo estupendo y una cara muy linda se había disfrazado de algo que no fui capaz de reconocer, pero llevaba un trajecito corto y ajustado lleno de brillos que mostraba unas piernas estupendas, realzadas por unas botas puntiagudas y de media caña. En el pelo, rizado y semi-corto, le flotaban una especia de ramas de coral negras también brillantes. Estaba guapísima. Tan guapos eran la pareja que no me acuerdo del aspecto de los niños, pues, tanto el de la silleta como el que andaba, me pasaron desapercibidos. No podría decir de qué iban disfrazados. Pero, al igual que sus papás, no daban nada de miedo, eso seguro.

Aquella pareja, sin duda, se había trabajado seriamente el evento y la participación en una reunión de disfraces, que se celebraba en un jardín cercano de mi barrio; punto de encuentro en casi todos los festejos de la zona. Habían buscado y hallado disfraces que los favorecían o, al menos, que no los afeaban demasiado ya que todos eran hermosos y lucidos de aspecto y resultaban muy bien aunque se les identificara con un vampiro y una bruja (?).

Pero ya sabemos que en esta fiesta se trata de dar miedo y por eso triunfan los zombies, los ensangrentados, los que llevan la cabeza bajo el brazo, los fantasmas con cadenas, los esqueletos y todo aquello que pueda producir terror, cuanto más nauseabundo, mejor.

Esta fiesta, totalmente ajena a nuestras tradiciones, está tomando un auge para mí inexplicable, pero cierto. Algunos que, como yo, la rechazan, pretenden contrarrestar su éxito disfrazando, especialmente a los niños, de santitos y santitas. No sé si es peor el remedio que la enfermedad, pero me temo que sí. Porque los disfraces de santitas y santitos, con sus aureolas místicas sujetas por un alambre, resultan no solo cursis, sino risibles y bajan a los santos de sus peanas, dejándolos a ras de suelo y desposeídos de toda su solemnidad.

Pero lo que más me sorprende de la adopción de esta fiesta, que fomenta lo desagradable y pretende asustar; eso sí, negociando la cantidad de susto, mediante el pago de un aguinaldo dulce (truco o trato; qué no sé muy bien qué significa en español), es que se produzca en una sociedad que trata de alejar la muerte por todos los medios a su alcance.

No sólo no se hacen velatorios en las casas, sino que a los niños se les oculta la muerte de abuelos y parientes de edad, cuando alguien fallece por causa de una enfermedad que lo había llevado al hospital, es raro que los parientes no se planteen si deberían reclamar por mala praxis médica, sin admitir que la muerte está ahí y que la medicina ni es infalible ni lo puede solucionar todo. En los libros infantiles, la muerte ha desparecido sin dejar rastro. Si tenéis oportunidad de ojear un evangelio adaptado a niños o una vida de Jesús, veréis que el Calvario ha desaparecido y se pasa del juicio de Pilatos (eso con suerte, porque ahí está el Ecce Homo) a la resurrección. Normalmente se va de la entrada en Jerusalem a la piedra del sepulcro removida. Cuando sin muerte no hay posibilidad alguna de resurrección. Así que a los niños se les enseña una ficción teológica, absurda por demás. Hay padres que protestan de que en las aulas haya un crucifijo, porque la visión de un hombre ensangrentado puede traumar a sus niños, pero desde la guardería los disfrazan de zombies, con los sesos derramándose sobre el cuello de la camisa…

Lo más importante de todo esto no es la cuestión estética, sino el fondo del asunto. Resulta que procedemos de una tradición religiosa -seamos creyentes o no- en la que un hombre, que resulta un dios encarnado (idea que resuelve todas nuestras dudas sobre la dignidad del ser humano) muere para que los demás superemos la muerte y resucita para mostrarnos que hay no solo vida, sino gloria, al otro lado. Demuestra pues que la vida es eterna, que la muerte es un tránsito; más doloroso para los que se quedan que para los que se van, porque solo cambian de dimensión y salen del tiempo. De forma que la muerte es el paso a una situación luminosa y que llena todas las aspiraciones del ser humano. ¿Quién no quiere para sí una situación semejante y para siempre?

Claro que podemos pensar que es un mito de consolación, pero, ¿no es mejor eso que creer que seremos ‘muertos vivientes’, amargados en nuestra situación y deseando comernos los cerebros de los vivos para seguir en esa condición miserable? No es más hermoso decir: el abuelito o la abuelita se han ido al cielo y están allá sentados en una nube, balanceando las piernas como cuando eran niños, felices para siempre, cuidando de que no nos pase nada malo, mientras seguimos aquí, y esperándonos alegres a que volvamos a vernos.

Me alegro de haberme cruzado con aquella hermosa familia que no daba ningún miedo. Ellos quizá hayan comprendido que la otra vida es el lugar perfecto para ser más hermosos que nunca y no para el terror.

La fiesta de Halloween es para gente que solo saber ver un futuro de miseria, de horror, de desgracia y no para gente con esperanza, sueños, alegría de vivir y de morir, sabiendo que se ha vivido en plenitud. Esto último es lo que yo quiero y no festejar la desesperación.

 

 

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