Cristianos, sustantivo

No hace mucho, Juan José Tamayo publicaba un artículo en El País acerca de los dirigentes políticos que se proclaman cristianos y que militan en formaciones de extrema derecha y los calificaba de ‘cristianofascistas’. Sin discrepar con Tamayo, por otra parte buen amigo y hombre fiel a sus ideas, que en buena medida comparto, quisiera hacer unas puntualizaciones, pues no es el caso del todo ajustado ni privativo de la derecha.

Bolsonaro y Ortega, sin duda y en la apariencia, no militan en el mismo bando, ni siquiera en la misma zona. Se supone que el primero es de derechas y el segundo de izquierdas. Sin embargo, se puede decir que forman en las filas de quienes se agarran al poder y hacen todo aquello que sirva para mantenerlos ahí. Por tanto, no es fácil calificarlos de fascistas o cristiano fascistas, cuando ellos mismos se proclaman cristianos.

El problema, en el fondo es una cuestión gramatical que, como todas las cuestiones gramaticales -aunque muchos digan que no sirven para nada- son esenciales y en este caso, más.

Cristiano no es un calificativo. No es un adjetivo. Es un sustantivo. Es algo que se es o no se es. Para serlo, además de pertenecer mediante el bautismo o una adscripción expresa a alguna de las iglesias que siguen a Cristo, hay que vivir de una determinada manera; como Cristo lo hizo y, consecuentemente, llegar incluso a dar la vida por los amigos.

En el Evangelio, que es, en sus distintas versiones (Lc, Mr. Mt y Jn) en donde se encuentra el legado y las indicaciones de Cristo, se habla de un modelo de persona que no quiere ser el primero, sino en el servicio (lavatorio de pies); dispuesto a acoger a aquellos que la sociedad rechaza (leprosos, publicanos, extranjeros, samaritanos, prostitutas); que no enjuicia a nadie (que tire la primera piedra…); que señala las corruptelas (mercaderes en el templo, fariseos); que quiere que los seres humanos estén vivos y con el entendimiento presto (los sordos oyen, los cojos andan, que los muertos entierren a sus muertos); que prefiere a los inocentes (solo si sois como niños); que promete incluso el Paraíso por un simple acto de amor y comprensión (el buen ladrón).

Este modelo esbozado de manera muy esquemática no se compadece con las actitudes de quienes cierran el paso a los que sufren y huyen de su tierra por causa de la violencia. No se corresponde con los que queman la Amazonía para enriquecerse, destrozando el Planeta en que todos tenemos derecho a vivir. No tiene par con la actitud de los que siembran la discordia, y aún más, organizan guerras, asesinatos o trafican con personas y drogas que matan. No tiene nada que ver con los indiferentes ante el sufrimiento y la pobreza. No es sin duda el modelo de quienes dividen y siembran rencillas, creando a cambio modelos de odio y rechazo.

Quien se comporta según el Evangelio no es calificado de cristiano; es esencialmente cristiano y ya no puede ser otra cosa. Esa es su esencia, su entidad. No tiene calificativo posible. No es ‘buen cristiano’ o ‘mal cristiano’ y, por eso, no puede ser cristiano fascista o cristiano liberal o lo que sea. Solo cristiano.

Cristiano es un término sustantivo que se refiere a la esencia del ser de una persona que sigue a Cristo. Esos señores y muchos otros que dicen defender las tradiciones, el orden, las buenas costumbres y que jamás sentarían a su mesa a un pobre, a una prostituta o a un publicano, esos, no son cristianos. Serán cualquier otra cosa y en ellos, cristiano no puede ser ni siquiera adjetivo, porque no son ni eventualmente seguidores de Cristo.

En cualquier caso, quede claro que no quiero, como persona que intenta seguir a Cristo, que me metan en ese saco. Mi esencia es otra. Imperfecta, pero otra.

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