Cosas que uno cree

Siempre me he tenido por una persona organizada y previsora, lo que no excluye que, en determinadas ocasiones, fuera capaz de improvisar y de alterar los planes previstos sin gran sufrimiento y cierto éxito en la consecución del nuevo fin que se presentaba.

Esta cuestión que nos está atacando mundialmente, el puñetero coronavirus, sin embargo está poniendo en cuestión todo aquello que yo creía de mí misma. Esto es, por tanto, una prueba grande.

No reniego, nunca lo he hecho de estar en casa. Al contrario, me encanta estar en casa y, aunque me gusta salir, acudir a eventos, a espectáculos, a pasear, a charlar con amigos, etc. etc., una de las cosas que más me gusta es estar encerrada en mi rinconcito, haciendo las cosas que me gustan y, si es posible en soledad, más aún. Me encanta cocinar, me gusta escribir, me encanta dibujar y pintar y desde luego me gusta mucho hablar sola, cosa que en compañía resulta complicada, porque te preguntan eso de: ¿qué dices? y te ves obligado a confesar que ‘cosas mías’ o ‘estaba hablando sola’.

Es cierto que en estos momentos no tengo la suerte de estar confinada en mi casa y eso empeora la situación, aunque sea muy consciente que, para estar a miles de kilómetros de mi rinconcito, no es una mala situación, sino buena, amable, cómoda y económica, todo hay que decirlo.

Sin embargo, la bondad de la situación, el gusto que me produce estar aislada, etc., no son cuestiones que yo hubiera planificado, sino que, junto con el puñetero bicho, me han sobrevenido y que no puedo, además, solventar. No hay nada que planificar, no hay nada que improvisar, no hay nada que se pueda hacer.

Tenía previsto regresar a casa en unos días. Poco a poco los acontecimientos se dispararon y me adelantaron el viaje, pero no lo suficiente como para que no nos pillara el cierre de fronteras que nadie avisó que ocurriría. Así que nos hemos visto forzados a quedarnos aquí.

Me doy cuenta de que mi capacidad de adaptación al medio es un poco deficiente. Percibo en el fondo de mi ánimo una especie de laxitud que no es calma, y que tampoco es resignación o conformidad. Es una especie de incapacidad para asumir que no puedo decidir nada y eso me afloja los brazos y me los deja caídos y lacios a lo largo del cuerpo.

De tal manera que no me revelo contra mi suerte. Muchos me dicen que mejor estoy aquí que no en casa, donde las cosas se están disparando y ya tenemos decenas de miles de contagios, miles de muertos y el punto cercano del colapso de la sanidad nacional, tan maltrecha en los últimos tiempos con los afanes privatizadores. Aqui las cosas no son mejores, sino en la apariencia y en la circunstancia muy especial de estar en un lugar privilegiado en cuanto a la seguridad, la compañía y la resolución de los pequeños problemas cotidianos como la higiene, la cama o la comida. A pesar de todo, este es un país en vías de desarrollo. Su sanidad es deficiente en muchos aspectos. No quiero ni pensar que se llegue a una situación como la de España. Es un país con mucho empleo informal (eufemismo manifiesto) y por tanto con poco amparo para los menos favorecidos. Nada que ver, por mala que sea, con la situación de España.

Pero lo que me preocupa no es la posibilidad de un contagio, la precariedad de las soluciones; si me he de morir, pues ya se sabe que eso es lo que nos va a tocar tarde o temprano, forma parte de lo esperable y normal. Lo que realmente me abruma es no poder organizar nada, no poder prever nada, no saber qué puedo o no puedo hacer. Sí, mas bien, sé lo que puedo hacer; esperar sin hacer nada. Y ese no hacer nada es lo que de verdad me abruma.

Hago cosas, mientras estoy aquí. Hoy he hecho una sopa de pescado para todos, para la cena. He cosido una funda de almohada que se había roto, estoy dando (con todo el atrevimiento del mundo) un taller de Cristología. me ducho por las mañanas, me visto, me paseo por el jardín, rezo con las hermanas, escucho misa y leo una novela que me traje. Escribo en el Facebook, en el telefono, miro cosas por internet o escribo estas líneas. Hago cosas. Pero no puedo planear nada. Esta es mi piedra de toque. Esto que yo creía conocer de mí; soy una persona organizada y resolutiva se ha venido abajo. Ahora me pongo frente al espejo y no puedo decidir nada ni resolver nada.

Es en ese momento cuando me ataca la laxitud y me siento como sin identidad. El coronavirus me está impidiendo ser yo, tan simple y terrible como eso. Probablemente, si esto pasa y no se me lleva por delante, tendré que hacer el esfuerzo de asumir que se puede vivir sin planificar, que se puede vivir sin siquiera improvisar -que no deja de ser un modo de organizar de manera diferente. No podré vivir en la convicción anterior.

Si en algún momento pienso un poco más allá, seguramente iré descubriendo que más cosas de mí están demostrándose solo relativamente ciertas. De aquí saldrá otra Montse a la que no sé si seré capaz de habituarme. La sabiduría sobre mí que creía haber alcanzado y que me proporcionaba serenidad, me temo que se ha deshecho.

Seguiremos pensando pues quizá es lo único que puedo planificar; hacerme preguntas y tratar de responderlas

2 comentarios en “Cosas que uno cree

  1. Mucho ánimo Montse .Q paz me da leerte.Aunque con estos acontecimientos salga otra Montse será tan magnífica y buena persona como la primera.Un beso grande y cuéntanos por faecbook.

  2. Ánimo Montse, no decaigas, dicen que de todo se aprende, y tú saldrás de esta situación más fortalecida que nunca, déjate cuidar por Luis, que seguro te está mimando, y por las personas con las que convives.
    Un beso para los dos y mucha fuerza

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