Mi barrio

Ocupa el espacio de una cuadrícula constituida por algo más de una docena de calles, estrechas y sombreadas, lo que resulta muy conveniente en este clima. Los edificios no tienen más de cuatro alturas. Son casas modestas, de fachadas discretas de ladrillo rojo o enlucidas de ocre y con balcones de hierros sobrios y lineales, con frecuencia adornados de pequeños tiestos de flores de vivos colores o de ramas verdes, más bien carnosas, capaces de soportar el calor. Al tener poca altura, esos edificios, sin embargo, dejan pasar el sol de levante y de poniente y los aleros de las azoteas se tiñen de suaves colores dorados por la mañana y rosados por las tardes.

Los portales son igualmente discretos y sombríos y alternan con los cierres metálicos de las cocheras, algunos bastante envejecidos, cuya gastada pintura se ha desprendido de manera desigual, dándoles un aire algo desolado. Junto a ellos aparecen algunos comercios; viejas tiendas de barrio. Una mercería de amontonado escaparate, donde las cintas se mezclan con las medias, los dedales, los baberos y las cajas de costura forradas de cretona; una pescadería con su cortina de tiras de plástico sobadas, pero que encierra pescado plateado y recién traído de la orilla del mar; una carnicería más moderna, saturada de anuncios de las distintas partes de los animales que vende y sus precios respectivos, pero pulcra y a cuyo frente se hallan dos hermanos que saben del negocio y de cortar bien la carne. Más allá hay una iglesia, camuflada en una de sus fachadas como si fuera una simple vivienda, aunque por la fachada contraria y que da a una plaza, tiene hasta su campanario que aún avisa a misa y suena a las horas del angelus. Muchas peluquerías, salones de belleza y bares de todo tipo, además de farmacias, ópticas, una zapatería, un zapatero remendón, una relojería, una joyería más bien pretenciosa y un modesto tapicero. Hay también un herbolario tirando a esotérico y un restaurante turco que hace unas baklavas bastante dignas. Se hallan también en los bajos de los edificios muchas fruterías, alguna charcutería, una pastelería que hace dulces contundentes y un chino. También hay una ferretería con nombre de mujer y un par de papelerías bastante bien surtidas.

Locales de ventas de pisos, imprentas, encuadernaciones sólo se reconocen por sus letreros, hace años echaron el cierre y nadie ha sido capaz de hacerse con esos espacios para emprender otro negocio o el mismo. Así, se ven sus cristaleras polvorientas, algunas quebradas por la pedrada de algún gamberro y los suelos de sus accesos saturados de correspondencia echada por debajo del cierre y que ya nadie leerá jamás. Estos lugares sin vida, que se acumulan arbitrariamente a lo largo de alguna de las calles, ofrecen un aire de desolación y son la huella muda de los tiempos de crisis económica que padecemos.

No es un barrio muy bullicioso. En él viven personas mayores y muchos estudiantes que los fines de semana regresan a sus pueblos, probablemente a que sus madres les laven la ropa, pues los domingos por la tarde se los ve regresar, tirando de sus maletas cargadas y deformadas. Es posible que contengan no sólo la ropa limpia, sino algún cacharro con el guiso de la madre o de la abuela, las morcillas o los morcones para que ‘los chiquillos’ coman algo de sustancia durante la semana.

Por las mañanas, suele verse a las amas de casa, cargadas con sus bolsas de la compra y pegando la hebra con las vecinas. Abuelas llevando a los nietos a la escuela o estudiantes apresurados que se dirigen a su Facultad o a su escuela. También aparecen cuadrillas de operarios con sus monos o los que descargan los camiones de reparto de la fruta, el pescado o la carne; los de los suministros a los bares y las enfermeras de un hospital cercano que, junto a los médicos, se salen a la acera a fumarse un pitillo, para luego regresar a sus consultas y a la atención de esos pacientes que les han tocado en el cupo y a los que han prohibido severamente fumar.

Hay un cierto tráfico de coches e incluso, por una de las calles que bordea el barrio y es algo más ancha, pasa un autobús. Curiosamente y eso me llama poderosamente la atención, a pesar de la cercanía del hospital, jamás se oyen las sirenas de las ambulancias. En cambio, a primeras horas de la noche se oye con nitidez el estruendo del camión que vacía los contenedores de basura.

Hablando de la basura. En todo el barrio crecen contenedores ecológicos que discriminan los residuos, pero lo normal es que estén rodeados de cajas, bultos, bolsas, algún colchón o mueble desvencijado, trozos de metales que debieron pertenecer a algún artilugio cuyo uso es difícil de adivinar, tablas y otros enseres de arriesgada descripción. No obstante esto, que afea al barrio, es algo muy efímero, pues existe una cuadrilla de conductores de bicicletas, a las que han adaptado un carrito de supermercado. Estos conductores a pedales recorren incansables el barrio y se llevan incluso lo que no has tenido tiempo de ver tirado junto al contenedor. Casi todos ellos tienen la tez oscura, pero es difícil saber de dónde proceden; podrían ser eritreos, pakistaníes, indios, rumanos o de cualquier otra nacionalidad. Son, no obstante, rápidos y eficaces en su caza y captura de lo que otros consideran inservible y capaces de manejar su vehículo de frágil apariencia con gran pericia, aunque lo lleven cargado de cosas que triplican su volumen. Recuerdan a las hormigas.

Este recoleto barrio, aquí y allá se abre de repente en espacios ajardinados, con hermosos árboles, algunos de formas curiosas. En esos parquecitos, hay juegos para niños, bancos para los jóvenes desoficiados o los ancianos y sus tertulias. También hay rincones en donde un avispado dueño de bar ha colocado sus mesitas a la sombra de los árboles. En el barrio hay mucha costumbre de desayunar fuera de casa o de tomar un almuerzo de media mañana. Los clientes se toman su consumición y leen el periódico que les brinda el establecimiento. Algunos sólo leen las páginas o los diarios de deportes y aprovechan, entre sorbo y sorbo del carajillo o el simple cortado, para despotricar de entrenadores y árbitros o defender contra el mundo a los equipos de sus amores. Es muy frecuente encontrar mujeres en estos bares y terracitas callejeras, normalmente van en tríos o en parejas. Al pasar uno puede escuchar fragmentos de sus quejas de los niños, de la cuñada, de la suegra o de una madre o tía ancianas que no quieren tomarse las pastillas. Aunque pueda parecer tópico, en mi barrio la gente no habla de cosas muy intelectuales, ni siquiera de política. Los hombres hablan de cosas de hombres y las mujeres de cosas de mujeres. De ello escapan los viejos, sean de uno u otro sexo; estos hablan de sus enfermedades, de los medicamentos que toman o de lo que les ha dicho o no dicho, y ellos lo esperaban, el médico.

Mi barrio está rodeado por grandes y ruidosas avenidas, de cuyo trajín, humos, luces y ajetreo se mantiene discretamente al margen. En algunos lugares queda algún solar lleno de árboles o alguna casita de planta baja con un patio que son los testigos de un pasado de pequeño pueblo huertano al que la ciudad creciente ha rodeado, dejándolo como un vestigio del pasado y, aunque se ha modernizado en las construcciones, al menos relativamente, aún conserva su aire recoleto de aldea rodeada de huertos familiares.

He podido observar que incluso posee su propio microclima. No hay la misma temperatura en mi barrio que en las grandes avenidas, no sopla el mismo viento, ni siquiera el sol parece lucir igual. De noche prácticamente no pasan coches y se ven muy pocos peatones. Para comprobar este fenómeno no hay que esperar a la madrugada. Apenas cae la luz, el barrio se va quedando silencioso y solitario, como les ocurre a los pequeños pueblos agrícolas.

Es como vivir en un remanso anclado en el tiempo, a un paso –no más de cinco minutos en cualquier dirección- de la gran ciudad. Me encanta vivir en este barrio que además, aunque no tiene vistas sobre nada porque es absolutamente llano, se llama Vistalegre. Probablemente se llama así porque mira hacia adentro y conserva sus recuerdos del pasado. Un pasado más apacible, sereno, de ritmo pausado, donde las relaciones humanas eran más comunes, íntimas y cotidianas, con sus riesgos, pero también con la ventaja de sentirse más acompañado.

Un parque y su extraño pino
Un parque y su extraño pino
La iglesia y su escondido campanario
La iglesia y su escondido campanario
Calle con sol poniente
Calle con sol poniente
Otra calle
Otra calle

Mi cocina da aun patio de manzana. La ventana frontera pertenece a un piso al que se accede por un portal que está en la calle perpendicular a la mía. Sin embargo, cuando tiendo la ropa o busco algo en el lavadero, me encuentro a veces con una vecina que está haciendo lo mismo. Nos saludamos. Hace unos días me la encontré por la calle. No sé cómo se llama y ella tampoco sabe mi nombre, pero nos saludamos como viejas amigas, quizá alegres por vernos de cuerpo entero. Esto es lo que significa mi barrio.

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