LOS ABRAZOS PERDIDOS

Se mueren. La tal pandemia nos ha atacado de firme. Las personas mayores, algunas como yo con setenta años, no digamos los de ochenta o más, son consideradas personas de riesgo. La publicidad reciente, de antes de este ataque masivo, consideraba que se trataba de gente joven aún, que podía consumir, viajar, hacer deporte y mil cosas más. Se mueren o nos morimos cabría decir para no pecar de ingenuos, de egoístas y para ponernos en la realidad.

Las familias se quejan de que no pueden despedirse de sus mayores. Las autoridades sanitarias los incineran, fuera esa la voluntad o no de los difuntos; muchos de ellos, reacios a ese sistema y que hubieran preferido que su polvo y huesos descansaran en un nicho o en una tumba junto a los de sus amados Joaquín o Enriqueta, pierden esa voluntad. Ya se sabe que las últimas voluntades deberían ser sagradas, pero las circunstancias obligan. Evitar el contagio aconseja la cremación. En la despedida, sólo se admite a dos parientes por difunto y estos han de guardar la distancia de seguridad y portar mascarillas, cuyos bordes empapan las lágrimas y evitan las gotitas de saliva en las que nada el virus.

Todo el mundo se queda con los brazos colgando o recogidos sobre el pecho, sin tenderlos hacia nadie a quien abrazar y todos regresan a casa con una congoja añadida; no solo han despedido al difunto, sino que no han podido sentir el calor de los vivos.

Es cierto. Muy cierto que de este modo el duelo es posible que se prolongue en el tiempo. Que la pérdida se agrande y haya un antes y un después en la vida de cada uno de los que sobreviva a sus seres queridos.

Nos hemos vuelto sensibles a esta realidad lastimosa y las noticias, en emisoras de radio o de televisión, hacen hincapié en los abrazos perdidos. En ese dolor añadido, en la imposibilidad de la despedida, en la realidad de que, los que mueren, lo hacen solos, sin la presencia de sus familiares. Y los deudos, solo en número de dos más un oficiante no pueden ni estrecharse las manos y mucho menos abrazarse para sollozar cuerpo contra cuerpo, sintiendo el calor del otro y su temblor espasmódico.

Esto me lleva a recordar con íntimo desasosiego cuántas veces he dado y recibido abrazos en circunstancias parecidas de pérdida de alguien cercano o cercano a alguien a quien yo amo. Pienso en la tremenda orfandad que me habría dejado una experiencia de imposibilidad de abrazar o ser abrazada.

Según me engolfo en estos tristes y devastadores pensamientos, un diablo socarrón me sopla al oído: Muchos de los difuntos estaban en residencias de ancianos. Como unos pensamientos llevan a otros, me viene a la mente la idea de que muchos de ellos ya habían abandonado este mundo mucho antes. Atacados por las demencias seniles, por el Alzheimer, por la simple falta de visión o de memoria, propias de los muchos años. También aquellos otros que estaban en una residencia porque no tenían a nadie que los cuidara. Su mucha edad los había hecho despedir a esposo o esposa e incluso a hijos. Otros nunca tuvieron pareja ni hijos que los atendieran en su mayor edad, de modo que allá estaban olvidados del mundo y de sí mismos.

Las ideas del diablo enredador me llevan a plantear cuánto tiempo llevaban sin un abrazo, sin una sonrisa, sin una compañía. Más aún, ese diablo incansable me pregunta: ¿Y los que tenían hijos y nietos, cuánto tiempo llevaban sin que nadie los visitara? ¿A los que visitaban sus familiares, cuántas veces fueron abrazados? ¿Cuántas veces en un mes, en una semana, al día?

Y los vivos, insiste el diablo pertinaz, ¿cuántas veces, incluso conviviendo y diciendo amarse, se abrazan al día, a la semana, al mes, en un año? ¿Se dan besos de buenas noches, se dan besos de buenos días?  ¿Se abrazan al salir de casa y cuando regresan?

¿Los amigos que se cruzan por la calle se abrazan y besan cuando se ven? ¿Se despiden y se reencuentran con abrazos? El diablo tiene razón. Cuántos abrazos perdidos. Cuánto duelo deberíamos estar haciendo. Cuánta palabra amable olvidada y dejada de lado. Cuánta sonrisa ahorrada. Cuánta amabilidad de los unos para con los otros racaneada.

Si desaparece este bicho quizá estas cosas serían las primeras en las que deberíamos pensar: En no dejar a nuestros abuelos olvidados; en no dejar a los que queremos sin un contacto de afecto; en no dejar a nuestros vecinos, amigos y conocidos sin una sonrisa o una palabra amable.

Más importante que recuperar la economía, que también, más importante que recuperar el trabajo, que también; más importante que recuperar el futuro y la esperanza, que también, sería recuperar todos los abrazos perdidos por simple descuido.

Deberíamos hacer una petición al gobierno para que haga una norma que nos impida olvidarnos de esto, aunque ya alguien anda diciendo que deberíamos por un tiempo prolongado saludarnos a la japonesa, sin contacto. Los abrazos perdidos pueden llegar a convertirse en clandestinos.

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