Los felices veinte

Hoy, es frecuente recordar no solo la Guerra del 14 al 18, sino la gripe española y especular acerca de los parecidos entre aquella terrible realidad y la presente. También se lleva analizar qué pasó después, cómo se trasformó el mundo y sus hábitos y costumbres.

En una arcangélica actitud, muchos se empeñan en que la humanidad, al contrario que entonces, saldrá reforzada en valores como la solidaridad, la humanidad, la misericordia, el aprecio al otro y no sé cuántas maravillas más. Y pienso, porque no me gusta ser derrotista, que ojalá sea así; es lo que debería ser. Estamos aprendiendo de nuestra fragilidad, del abuso cometido con la naturaleza; de la ausencia de los otros; de la falta de calor humano incluso de los que nos son más cercanos (nada de besos y abrazos);  de los problemas de la gente; de la ausencia de actos culturales; de la pérdida de trabajo y salario; de la muerte -esa de la que habíamos dejado de hablar. Efectivamente, se trata de experiencias fundantes que deberían transformarnos hasta el tuétano de los huesos.

Sin embargo, las consecuencias de la Guerra del 14 al 18 y de la muerte sembrada por la epidemia de gripe fueron que efectivamente el mundo se transformó: Cayó el Imperio otomano y las potencias europeas, Reino Unido y Francia,  y un poco después, Estados Unidos, se dedicaron a masacrar al Oriente Medio y aún siguen ahí, disputando por marcar su impronta hegemónica sobre la piel de los otros. Es curioso que la tensión entre China y USA se refleje en las tensiones en Siria, en Irán, en Yemen y que la omnipresente Rusia sea otro de los actores secundarios, pero característicos, en esa parte del mundo.

Sí es cierto que las faldas cortas, los pelos cortos y el charleston salieron de aquella crisis y es posible que cambie la estética general con esta nueva crisis. Aquella revolución estética, acompañada de formas diferentes de decoración de interiores, de una pintura distorsionante como el cubismo y otras vanguardias; unas ideológicas y otras simplemente experimentales, cambió el envoltorio del mundo, logrando algunos efectos dignos de consideración en la persecución de lo bello. Sin embargo, a aquellos años, se los llamó ‘Los locos años veinte’. Porque todos esos movimientos de despegarse del pasado tenían como finalidad algo tan antiguo como el carpe diem. La vida es corta y se va en un soplo; aprovechemos el momento.

En las redes sociales corren chistes como: No va a haber cerveza para todos, cuando se acabe el confinamiento. Otros nos ponen delante de los ojos el señuelo de acumular todas las fiestas perdidas (Semana Santa, Fiestas de Pascua, de Primavera y las que sean)  en el mes de Septiembre que, visto sin más reflexión, se va a convertir en un no parar de jolgorio en jolgorio.

Sabemos que el mundo sería mejor si todos fuéramos solidarios, aunque fuera un poquito; sería estupendo que nos conociéramos y nos tratáramos con aprecio y respeto; sería magnífico si no receláramos del extraño o del diferente; sería maravilloso si no contempláramos con tanto interés nuestros miedos e incomodidades, pero… Lo más probable, me temo, es que ni siquiera de este modo cruel en el que la naturaleza nos está atacando, escarmentemos. Me recuerda la petición del rico del Evangelio que decía: Dejadme volver a la tierra a avisar a mis hermanos. Y se le replicaba: Ni aunque un muerto resucite, creerán.

Los que salgamos de esta, si es que salimos la mayoría, es muy posible que siendo nosotros mismos los resucitados, dejemos de mirar atrás, olvidemos la experiencia y nos cortemos el pelo, nos subamos las faldas y nos pongamos a bailar un nuevo charleston.

 

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