Olvidos

Desde que ha comenzado esta terrible pandemia y nos hemos hecho conscientes de ella -no todos, pero la mayoría- nos abruman a información acerca del asunto. Lo cual dicho sea de paso está muy bien, pero esa sobre-información ha dejado de lado la mayoría de asuntos que nos venían ocupando, al menos desde los medios de comunicación, en los últimos tiempos.

Sin embargo, no voy a entretenerme en las violencias, las migraciones, los desastres, las riñas políticas que nos asaltaban a toda hora, sino que me ocuparé de dos olvidos; dos pérdidas de memoria acerca de asuntos cotidianos y cercanos que, de un modo u otro, nos han afectado y nos afectan a todos.

¿Qué pasa con el Mar Menor? ¿qué pasa con las inundaciones de Los Alcázares, San Pedro del Pinatar, Lo Pagán y otras zonas ribereñas? ¿Ya se les ha puesto solución? Si, por casualidad, en este mes de aguas mil, se vuelven a producir salidas de ramblas y aportes indebidos a la laguna salada, ¿hay alguien vigilando ese asunto? Nos hemos olvidado de él. Ya nadie habla del tema ni siquiera para que los gobernantes de la autonomía se peleen con los del gobierno central; ya han encontrado otra materia como el recuento de personas fallecidas, la ausencia de material sanitario, las protestas de operarios y empresarios o el fin de curso escolar. Así que el Mar Menor, cuyo saneamiento me temo que no está en marcha en absoluto, ha pasado a la más negra de las desmemorias. Ahora lo que preocupa es, por el contrario, las mamparas de plexiglas que se pondrán en las playas para garantizar la distancia entre asoleados y bañistas.

Aquí haré un inciso de conveniencia (la mía). La distancia social me parece maravillosa, sobre todo en las playas, donde, de manera universal, el bañista que llega más tarde suele clavar  el pincho de la sombrilla entre los dedos de los pies al bañista madrugador, cosa que ya he reseñado en estas páginas.

Bien, como decía, qué ha sido del mar Menor y de las desgracias repetidas de los habitantes de la zona que aún no se han recuperado de la última Dana (antes gota fría) cuando les ha atacado de forma alevosa el covid-19 y se ha llevado de los medios y de la consideración de la ciudadanía su terrible realidad. De los políticos que han hallado otra carnaza, de esos se ha borrado como por ensalmo.

Todas las tardes, a golpe de reloj y de ‘Resistiré’ salimos a los balcones, en todos los pueblos y ciudades, y con más o menos entusiasmo aplaudimos a esos héroes recién descubiertos: Los sanitarios.

Y aquí llega el siguiente olvido. Quién de nosotros no ha tenido alguna molestia, enfermedad o trastorno que lo ha llevado a un médico que no aparta la vista de sus papeles o de la pantalla del ordenador, que no usa el fonendo para nada y sólo se fija, sin palpar al paciente, de lo que, en el mejor de los casos, dicen los análisis o el informe de un especialista quien, por su parte, vuelve por afirmativa, la frase interrogativa que le ha dirigido el médico de cabecera. Por ejemplo; ¿es compatible el cuadro que presenta el paciente con una —itis/esis? A lo que responde el analista, radiólogo etc,: Es compatible con una —itis/esis. Y eso es todo: Tome esto o aquello, en dosis de tal cual, sin atender si el paciente tiene alguna incompatibilidad con el medicamento prescrito. Cuando no se zanja el asunto con: Un deterioro leve por la edad. ¿No hemos salido muchos de nosotros ligeramente enfurecidos de esa consulta? La mayoría de nosotros se lo hemos contado a un amigo, a la vecina o al tendero para desahogarnos y lo único que hemos hecho, siempre que el sistema lo permita, es cambiar de médico de cabecera y, si no lo permite, no volver al médico y aguantarnos con la manta eléctrica, el bicarbonato de toda la vida o las tisanas que, si no curan, tampoco hacen daño.

No es,  o era (quizá mejor), infrecuente que apareciera en la prensa el caso de un paciente menos pacífico que le había dado de tortas al facultativo correspondiente o le había pinchado las ruedas de su coche en el aparcamiento del hospital. Eso nos parecía muy mal a la mayoría, como es natural, pero nos hemos pasado al lado contrario. Ahora son héroes; personas vocacionales y sacrificadas, que se arriesgan por salvar vidas. Bueno es esto. Para los pacientes cerriles es una buena muestra de que los sanitarios hacen todo lo que pueden y así, si tienen una ocasión en el futuro, posiblemente se tentarán la ropa antes de darle un par de tortas al sanitario.

Pero, como todos vamos a sacar consecuencias positivas de esta gran prueba, es de desear que los facultativos, de ahora en adelante, traten a sus pacientes como a personas, que les miren a la cara, que les escuchen sus penas y dolencias, que los toquen, aunque luego se desinfecten con toda clase de productos, y que piensen que bastante tienen aquellas personas dolientes con lo que arrastran, sean los achaques de la edad o simplemente una enfermedad que los ha atacado.

Debo decir en honor a la verdad que tengo y he tenido la suerte de ser tratada por médicos de cabecera que eran y son unas personas encantadoras, atentas, buenos profesionales y que, incluso uno de ellos me llegó a decir: si necesita hablar con alguien, venga aquí que yo la escucho. La suerte infinita es que estos raros ejemplares son aquellos a los que tengo que acudir con más frecuencia, pero que también me he encontrado de los otros, en un número bastante alto. Es a estos a los que les deseo que la experiencia de la pandemia les haga reaccionar y darse cuenta de la fragilidad anímica de los enfermos y de la suya propia y que aprendan a tratar a los demás como les gusta que los traten a ellos.

Al enfermo del Mar Menor le deseo que alguien se ocupe de su salud.

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