Incertidumbre

Lo que domina nuestro tiempo presente, es decir, hoy 20 de abril de 2020, es precisamente esto que llamamos incertidumbre.

El 10 de mayo de 2017, aniversario de mi primera comunión, por cierto, escribí en este mismo medio una a modo de reflexión que llevaba el título de ‘Vulnerables’. Entonces, en medio de esta vida tan ordenada, segura y predecible que llevábamos, reflexionaba yo, por una experiencia en Nicaragua, acerca de lo poco acostumbrados que estamos, en el lado bueno y cómodo de la vida, a los imponderables.

He aquí que casi tres años después, nos hallamos inmersos en un gran imponderable; este del coronavirus y sus nefastas consecuencias. Los responsables de la gestión de la pandemia, aquí y allá, dan palos de ciego y hacen lo que mejor les parece, después de consultarse unos a otros -ahora se puede ver con claridad la consecuencia negativa de la fragmentación del saber y la super-especialización- y  concluir que ‘es la primera vez que pasa algo así y estamos en pura experimentación’.

Sin embargo, no se trata tanto de analizar si lo están haciendo mejor o peor o si estos o aquellos habrían acertado más. A lo que muchos llegan, aunque no todos, es a concluir que nos hemos hecho conscientes de nuestra fragilidad y vulnerabilidad y de que no somos capaces de gestionar la incertidumbre.

¡Bravo! No cabe duda de que es así. Nos acabamos de caer del guindo (podría decir del caballo o que estamos en nuestro camino de Damasco, es más poético, pero no es verdad y sería largo de explicar donde reside la diferencia esencial; puede quedar para otro día). Decía nos acabamos de caer del guindo, porque nuestro super-mundo tecnológico y avanzado es tan estrecho o tan corto como nuestras narices. Nos creemos que somos el centro del Universo, que somos la avanzadilla de la Humanidad y, por eso, nos permitimos ignorar a esos otros mundos, mucho más reales, que están ahí a la vuelta de la esquina.

En ‘Vulnerables’ hablaba yo de una simple tormenta que podía acabar con un montón de gente en Nicaragua que iba, por lo menos, a pasar una noche aciaga. Pero esto que está sucediendo ahora, este 20 de abril, es mucho peor. Si aquí tenemos cientos y cientos de muertos que ya suman miles y si descubrimos de repente que no se pueden dar clases on line para suplir el cierre de las escuelas; si nos percatamos de que aún aquí hay gente que vive de la economía informal -eufemismo técnico para hablar de pobreza y vivir al día-, si por mucho que se intente salvar a los autónomos – la mayoría no cumple los requisitos, particularmente los que trabajan subcontratados para la administración o grandes empresas, pues como les pagan tarde (más de tres meses legales, que para eso firman contratos en donde dicen aceptar que no se cumpla el plazo)-  pues resulta que no están sin cobrar nada o teóricamente no han perdido el 75% de sus ingresos; nos damos cuenta de que muchos niños solo comen una vez al día, lo que le daban en el comedor de la escuela; nos damos de bruces con la realidad de ancianos relegados a residencias en donde se les presta una atención rutinaria en muchos casos y a la que los familiares solo acuden de ciento a viento; se nos abren los ojos a la realidad de que muchas madres solteras, si no salen a trabajar, no pueden mantener a sus hijos; nos percatamos de que muchas mujeres quedan encerradas con sus torturadores; comprendemos de golpe que los inmigrantes hacinados en centros de internamiento no pueden guardar la llamada distancia social; de que los presos tampoco están en condiciones de hacerlo porque viven encerrados  más de los que se preveía. Pues, si todo esto es así aquí, qué diremos que puede pasar en los barrios de hojalata de medio mundo, en los campos de refugiados o desplazados por guerras y violencia, en los lugares donde el machismo es la ley, en donde impera como medio de vida el menos de un dolar diario, donde no existe una sanidad pública, donde no hay escuelas salubres, donde ya hay hambrunas persistentes o una contaminación de las aguas que enferma solo de mirar a los riachuelos.

Qué vista tan corta. Si no hemos visto lo que pasaba al lado de nuestras casas, cómo vamos a imaginar siquiera lo que pasa a cientos o miles de kilómetros. Por eso aún nos devanamos los sesos, yo la primera, pensando en cómo se puede gestionar el caos, cómo se puede vivir en la incertidumbre, qué hacer en medio de la inseguridad.

Nos habíamos olvidado de nuestra fragilidad. De que lo que somos y tenemos nos ha sido dado, que lo mismo podíamos haber nacido en el desierto de Gobi que en Niza, que ni siquiera  nuestro esfuerzo nos hace más resistentes a los avatares, a todos nos puede caer una maceta de geranios en la cabeza en cualquier momento.

Por favor, no perdamos el tiempo en darle vueltas, yo la primera, a lo que es obvio y, mal acostumbrados como estábamos, dediquemos nuestro esfuerzo a buscar el modo de ser ingeniosos y positivos para salir de esta lo mejor parados posible.

De elecciones y votos, de nacionalismos ya hablaremos otro día, si vienen mejor dadas.

1 comentario en “Incertidumbre

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *