Ausencias

En este tiempo de epidemia, cuando vemos desaparecer a nuestro alrededor a tanta gente, aunque ninguno nos toque de cerca, resulta que nos pasamos el rato tratando de saber cómo será el futuro. Esa’normalidad diferente’, que lo más probable no será ni normal ni diferente, porque, en definitiva, lo que si cabe preguntarse es a qué llamamos normal o qué es diferente; y con más precisión, qué es el futuro, sino una incógnita.

Por otra parte, llamamos certezas a lo que conocemos y que, por razones de seguridad y salubridad, deberá cambiar. Eso permite vislumbrar un futuro que en buena medida será distinto, si tenemos que hablarnos a distancia, si no podemos tocar o dejarnos tocar, si no podemos caminar a nuestro aire, cuando y donde nos de la gana.

Pero lo más importante no es cómo será todo. Lo importante es darse cuenta de qué es lo que nos va a faltar. Ahí está de veras la diferencia. He tenido a tres personas cercanas al borde de la desaparición y todas tres se han librado. Ahí están, con más o menos padecimiento, pero vivas. En ese momento, en el que he sabido que se habían librado de la muerte, me he dado cuenta de que sin duda alguna el mundo será diferente si ellas no están.

No hay que pensar que son personas con las que tengo algún vínculo más allá del respeto, la admiración y el aprecio. A una la conozco desde hace más de cincuenta años, a otras las conozco de apenas siete. Con una tengo una relación de carácter profesional que ha derivado en amistad, con otra un afecto reverencial, con otra, simplemente un trato cómodo y cercano. Pero si ellas desaparecieran, mi propia historia cambiaría; no sé si sería mejor o peor, pero en cualquier caso diferente. No siento necesidad alguna de darles abrazos, ni de hacerles arrumacos, ni de tocarlas, pero sé que están ahí y que mi vida, en buena medida es como es, porque existen.

Esto pone de manifiesto hasta qué punto nuestra vida, nuestra pequeña vida, depende de la existencia de los demás. No digamos de padres, hijos, esposos, hermanos o parientes de un grado u otro. No. Se trata de personas que han caminado con uno por esta trocha de la existencia, cruzando sus pasos con los nuestros y en esa medida, cambiando el curso de nuestro devenir.

Claro está que hay otras personas que también se han atravesado en nuestro camino -y empleo atravesado en su estricto sentido- porque el encuentro con ellas ha sido un tropiezo, un impedimento. Esas también nos han cambiado el rumbo, en algunos casos, pero si desaparecen, aunque suene feo decirlo, no las vamos a echar de menos y nuestra vida solo cambiará en un suspiro de alivio, del que luego nos arrepentiremos, porque está feo sentirse aliviado si alguien desaparece -pero eso es culpa de los principios que aprendimos o bien porque no nos gusta tener mala opinión de nosotros mismos.

Lo cierto es que lo que más nos aleja del mundo conocido no es que cambien los modos de la economía general, que el estado sea más o menos interviniente, que las relaciones docentes no sean presenciales y las comunicaciones telemáticas; que nos saludemos a la japonesa o a la española, que nos acerquemos o que nos mantengamos a distancia, que hablemos a través de mamparas o que vayamos embozados por la vida.

Lo que verdaderamente nos cambia la vida son las ausencias; esas son las que nos dicen que nuestro mundo, el pequeño mundo que conocíamos, está alejándose de nosotros y que los que nos vamos a morir seremos nosotros. Ese es el gran cambio. Cuando comprendamos que lo que era nuestro paisaje humano habitual se está borrando y siendo sustituido por otro de rostros desconocidos, eso es morirse. Eso es ausencia.

Posiblemente, muchos que no quieren salir de casa, aunque se lo permitan, son los que se han dado cuenta de cuántas ausencias se van a encontrar en el camino de su paseo y no quieren ver rostros que no conocen, ni siquiera embozados.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *