Extrañeza

Hace unas semanas, cuando empezamos con este enclaustramiento forzoso, muchos amigos, por todos los medios, me dijeron: Ahora vas a escribir dos novelas por lo menos.

Ayer, leyendo en  el periódico, un artículo de Elvira Lindo, ella desgranaba como en un rosario interminable nombres de autores de todos los tiempos y géneros que no eran comprensibles encerrados en sus casas.

Varios conocidos míos, artistas plásticos, están aprovechando para crear en este encierro forzoso y dicen que eso les da estabilidad. Hay quien lo hace incluso de forma seriada y, al concluir esta etapa y pasar a la llamada fase 1 de la ‘desescalada’, confirma que ha terminado y que ya va a seguir otros derroteros.

Sin embargo, observo con extrañeza cómo yo no he sido capaz de escribir ni una letra nueva, a parte de estos comentarios breves y esporádicos. Todo lo más he vuelto sobre la última novela que he escrito, que terminé antes de que se declarara la pandemia, y solo he sido capaz de pulir y pulir el lenguaje, cosa que siempre es posible e interminable.

Así mismo me he dado cuenta de que, aunque me compré un par de libros, con el sano propósito de leerlos aprovechando el parón de actividad exterior, no he sido capaz de abrirlos y los miro como si fueran una tarea pendiente que me acosa, pero que no soy capaz de acometer.

Esta reacción ágrafa y no lectora me produce una gran extrañeza y llevo un par de días dándole vueltas para intentar desentrañar cuáles sean las razones de ese alejamiento de las letras producidas y recibidas.

Creo que voy encontrando poco a poco una explicación. No escribo porque no vivo. Es decir. No es que me haya muerto ni que sienta el encierro como una ausencia de vida. Me levanto por las mañanas, hago gimnasia, compro lo que necesito para comer, hago la comida y empleo el tiempo en diversas acciones como limpiar armarios y cajones, poner orden o lavar ropa y ordenarla. Pero no hablo más allá de los mensajes de teléfono y alguna conversación con amigos o con mis hijos, aunque no estamos hablando todo el rato. También hablo con mi marido, por supuesto.

Sin embargo, no pescas conversaciones ajenas al vuelo, según te cruzas con alguien o no compartes espacio ni en la carnicería, ni en la peluquería, ni en un bar o en un transporte público. Esos chispazos de conversaciones y vidas ajenas cuya realidad desconoces y, por tanto, te ves impulsada a recrear, a suponer, a componer para que resulten coherentes. En una media frase, debes suponer unos antecedentes, unos consecuentes, unas razones y unos resultados. Todo ocurre por algo y ese algo que desconoces es lo que da origen a una novela. Además, los acontecimientos por nimios que sean deben corresponder a un espacio o un lugar. Debes recrear la habitación, la casa, la ciudad, el país. No queda más remedio que inventar un paisaje y un clima que sean acordes, o discordantes, con la escena que se está produciendo y que da lugar a esa media frase que acabas de reconstruir.

Por otra parte, el ejercicio de escribir sobre tus pensamientos y sentimientos no deja de ser un cierto onanismo intelectual que es absolutamente estéril. El pie que te dan las medias frases es el de desdoblarte en otros seres, tratar de pensar como ellos, de imaginar sus entornos, sus experiencias, en definitiva salir de ti mismo y adentrarte en otros mundos hasta conseguir descifrarlos y en ese descubrimiento descubrirte tú mismo.

Se podría decir que quien escribe es, fundamentalmente, un voyeur aficionado, a quien lo que le excita no es tanto mirar, como que el espectáculo le dé pie para inventar. Por eso mismo, quizá tampoco es capaz de leer quien no puede ir a fisgar en las vidas ajenas y a construirlas según su gusto o ingenio.

Para qué iba yo a leer un libro que no puedo comparar con lo que yo misma he podido inventar. Quien carece de total imaginación o capacidad para escribir sus propias historias posiblemente necesita leer las de otros para contemplar el resultado de lo que otro le invita a ver y que no es capaz de imaginar por sí mismo.

En el fondo, si se lee,  se trata siempre de saber si lo que uno escribe tiene verdadero interés. Si uno encuentra una gran novela, de manera automática piensa: con estos materiales ¿habría yo escrito algo mejor o peor? Con la conciencia clara de que aquel/la escritor/a ha estado observando medias vidas y frases y las ha recompuesto según su interés.

Antes del confinamiento, estaba yo leyendo, y terminé, una novela de un autor famoso que gira en torno a acontecimientos históricos ocurridos en un país que yo conozco bien y que además me interesa mucho. Terminé la lectura por puro sentido del deber, porque la novela es mala con ganas. Pero ahora me doy cuenta de que me lo pareció porque con ese material yo habría escrito una cosa mucho mejor y mas incardinada en la identidad del lugar. Incluso diría que el famoso autor se equivocó al escoger como personaje central a un personaje que queda desdibujado e insulso, mientras que despreció a otro elemento importante en la historia que, sin duda, poseía una mayor carga trágica e intelectual. Incluso podría haber inventado un duelo entre dos personajes totalmente antagónicos que hubiera dado mucho juego.

Así que esta extrañeza tiene una explicación. Es como si yo misma me hubiera dicho media frase y ahora estuviera creando un clima alrededor de ella. Tengo ganas de que cambie el clima y poder volver a contar historias que no tengan nada que ver con vivir a medias.

No cabe duda de que para todo se necesita de los demás. La vida no es vida en total aislamiento. Eso sí que produce extrañeza. La extrañeza de no hallarme a mí misma y no tener ganas de contar nada ni de que me cuenten nada. Esta no soy yo. Si alguien no me espejea, no existo. Eso es estar muerto.

 

 

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