Besos y abrazos

Hacia finales de los años sesenta, cuando el mundo de verdad empezó a cambiar muy rápido -me refiero al siglo XX-, una de las cosas que dio un giro radical fue la forma de saludarse.

Antes de aquello, se besaban los miembros de una misma familia, fueran hombres o mujeres. También se les pedía a los niños que dieran besos a amiguitos o amiguitas, pero solo si eran menores de siete años. Los varones se saludaban estrechándose la mano al tiempo que se daban palmaditas en la espalda, si es que tenían mucha confianza o se alegraban mucho de reencontrarse. Los caballeros les besaban la mano a las señoras, quienes por su parte, se daban besos al aire junto a las mejillas. Si los que se saludaban pertenecían a clases populares, lo hacían a distancia o dándose la mano. En general eran, en este último caso, más que apretones de manos, un tenderla para que te la estrecharan. Los que se daban verdaderos apretones, a veces, después de escupirse en la palma, eran los que cerraban tratos, en particular en temas de ganadería.

Si no habías sido presentado/a, no te saludabas con nadie, por mucho que supieras perfectamente quién era la tal persona. Por otra parte, si un encuentro fortuito se prolongaba, los dos conocidos se veían en la obligación de presentar y presentarse ante los que les acompañaban.

De pronto, aquello cambió de manera radical y a los desconocidos con los que coincidías en cualquier circunstancia, se les plantaban dos besos, uno en cada mejilla, al tiempo que cada cual decía su nombre que se quedaba colgado en el aire y nadie retenía por mucho rato. Si no volvías a tener relación con aquella persona, te podías pasar años encontrándola en los lugares más diversos y saludándola efusivamente, sin recordar para nada su nombre, al igual que aquel que se tiraba a tus brazos como si hubiera visto a alguien muy querido, tampoco recordaba, ni bajo tortura, cuál era el tuyo.

Estas efusiones, con personas casi o del todo desconocidas, llevaban a que, en las pausas de los semáforos, te besaras en la boca con aquel novio/a cuyo nombre posiblemente también ibas a olvidar en un poco de tiempo y que no significaría en tu vida más allá de un intercambio de microbios en el alto de una luz en rojo.

Es cierto que esta ligereza en las demostraciones de afecto -que no eran tales, en realidad- tenían un significado más profundo. En muchos de nosotros eran una forma de expresar nuestras ansias de libertad en muchos niveles; liberarse de unos modos sociales que entendíamos obsoletos y relativos a un mundo que no queríamos que fuera el nuestro; de rechazo a lo que nos habían enseñado en casa y que remitía a una época oscura que olía a dictadura fuera y dentro;  ansia por parecernos a aquellos a quienes envidiábamos y que vivían más allá de nuestras fronteras. En definitiva, era una forma de hacerle pedorretas a Franco, de llevarle la contraria a nuestros padres, demasiado sumisos al régimen, de mirar hacia Francia que nos parecía el colmo de la libertad y, por ende, de la felicidad. Nada de volver a las diez de la noche, nada de la manguita larga, ni del pelo corto en los muchachos, venga de minifalda y mucha barba.

Una noche, hace ya bastantes años, regresando a casa en el coche de un compañero a quien apreciaba y con quien tenía confianza, se produjo ese momento mágico en que las confidencias nos salen del fondo del alma y establecemos, impensadamente, un clima de mayor intimidad con alguien a quien conocemos de hace mucho, pero a quien nunca habíamos abierto nuestro corazón de una manera clara  y directa. Al despedirnos, nos dimos el par de besos consabidos. En el espacio que mediaba entre el borde de la acera y el portal de mi casa, como en un relámpago, me di cuenta de que el par de besos se había quedado corto.

Se me planteó un dilema; ¿debería haberle besado en la boca, para demostrar que habíamos avanzado un paso en nuestra mutua amistad y comprensión; o más bien deberíamos seguir relacionándonos como si fuéramos recién conocidos?

Por supuesto, nuca resolví ese dilema, pero, a partir de aquel momento, al encontrarme con alguien a quien veía por primera vez, tendía la mano a la altura de los ojos y con el brazo bien estirado para que el contrario no se lanzara a darme los dos besos de rigor. Debo reconocer que no lo conseguí siempre. Había quien te agarraba la mano tendida y tiraba con fuerza de ella hasta poner a tiro de su boca tus mejillas. Un desastre.

Con esta imposibilidad de dar besos a los amigos y conocidos a causa de la pandemia, todos hemos reconocido el valor de los besos y los abrazos, los echamos de menos y nos damos cuenta de a quién nos apetece estrujar contra el corazón. Me imagino que en el momento en que las autoridades sanitarias nos permitan la cercanía, vamos a dosificar mucho más nuestros besos y abrazos y darlos con verdadera intención, no sólo por cortesía.

Quizá en eso, al menos, el futuro, es decir ese anhelado día después, gane en sinceridad y en verdadera expresión de los afectos. Aunque solo cambie eso ya habremos dado un gran paso. De momento ya sé a quién no voy a volver a besar ni abrazar. Todo lo más le tenderé la mano. No soy tan mala como parece.

 

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