La libertad pervertida

En estos momentos recuerdo con cariño al que fuera mi profesor de Filosofía en el bachillerato, don Antonio Aróstegui. Era un seguidor heterodoxo de Maritain, pero consiguió, a aquella edad de los catorce y quince años, que muchos de nosotros nos interesáramos por la Filosofía. Sus clases eran en realidad de debate y nos obligaba a preguntarnos los temas unos a otros, lo que estimulaba nuestra comprensión de los mismos y la ‘mala idea’ para pillar en falso a nuestros compañeros. Se calificaban tanto los aciertos como los fallos en que se lograba hacer caer al contrario. Recuerdo con satisfacción -esas pequeñas satisfacciones de la maldad adolescente- que me encantaba enfrentarme a un compañero autosuficiente y empollón y hacerle morder el polvo. Cierto que no siempre lo conseguía, pero su cara de rabia era un premio mejor que mi nota. No sé si aquel muchacho lo recuerda, pero yo sí y aún me regodeo de pensarlo.

Sin embargo, hablar de don Antonio no viene a cuenta de mis maldades de marisabidilla. Viene porque don Antonio nos hablaba de la libertad como el supremo don concedido al hombre. Ni siquiera Dios podía torcer nuestra libertad o condicionarla o privarnos de ella. Muchas veces, después, lo he pensado cuando por razones profesionales me he encontrado la palabra Islam traducida como ‘sumisión’. Muchos argumentan que el planteamiento del Islam, esa sumisión, es en donde radica la capacidad para el fanatismo de algunos musulmanes, que ha tenido sus brotes recurrentes a lo largo de la Historia. En el fondo, se trata de una mala interpretación no solo del término sino de lo que se espera del creyente, que no es otra cosa que lo que se espera de cualquier creyente monoteísta. Concebido el Dios Único como sumamente sabio, omnisciente, providente, justo y misericordiosos en grado sumo, al hombre creyente no le queda otra que admitir que es así y dejar de lado su conveniencia, sus deseos o sus apetitos y ‘entregarse’ a El, con la garantía de que lo va a llevar por el ‘camino recto’ hacia la salvación y la gloria eternas. Así que esa ‘sumisión’ no es sino una ‘entrega’ voluntaria del hombre a Dios, al quedar fascinado por todo lo que ese Dios puede y de hecho le ofrece. De modo que es un acto de amor totalmente libre por parte del hombre que no puede ser forzado ni siquiera por el propio Dios. El amor nunca puede ser forzoso y depende de la atracción del Otro.

Pues bien, don Antonio nos explicaba de modo muy claro que ni siquiera bajo tortura el hombre podía dejar de ser fiel a sus convicciones, a su razón. Una conciencia bien formada e informada, un razonamiento claro, desprendido, leal, sincero y verdadero no podía nunca ser manipulado. Ponía ejemplos sólidos de actitudes de personajes históricos fieles a su libertad, regalo de los dioses, que habían entregado su vida precisamente por no apartarse de ella o no echarla a perder, haciendo menosprecio de ella.

Otra de las cosas que aprendimos, en casa y no tanto en la escuela, es que nuestra libertad tiene un límite; aquel trazo invisible en donde hace frontera con la libertad del otro. Entre el amor incondicional a nuestra libertad y el respeto a la libertad de los demás o la defensa de la propia, crecimos y nos situamos frente a la realidad.

Pero hoy se ha pervertido la libertad o la hemos pervertido. Ha sido ese miasma miserablemente pequeño y dañino el que nos la ha puesto a prueba y hemos sucumbido. Ahí están los que se revisten de banderas que deberían ser de todos o de ninguno y se las apropian, montando charangas callejeras, con un desprecio infinito por la libertad de los demás y por la legitimidad de sus elecciones. Pareciera que este gobierno, que muchos han votado en el ejercicio de su libertad, fuera ilegítimo, tan solo porque esos que se dan al ruido y el patrioterismo no lo han votado. Dónde se han formado esas personas. Nunca nadie les habló de la libertad como lo hizo don Antonio o como lo hicieron mis padres. Son ellos más fuertes que Dios que no se atreve a contradecirse de habernos creado libres.

Son libres esos que salen a las calles a deshora, se acercan a los demás más de lo permitido, no portan mascarillas y se pasan las recomendaciones por el forro. Son libres para desconocer que su libertad termina en la fina raya en donde empieza la libertad del otro y su derecho a estar sano. O son simplemente seres egoístas, caprichosos e infantiles que cochecito que ven se lo quieren quedar.

Otra de las cosas que aprendimos, en aquellos lejanos tiempos, es que las normas son las que regulan la libertad. Nosotros, los seres humanos, somos más proclives a dejarnos llevar del deseo y el capricho, a considerar que lo que nosotros creemos, sin dedicarle mucho rato a la reflexión, es una Verdad universal y mayúscula que podemos imponer a quien se nos venga en gana, antes que caer en una duda razonable y en examinar que lo que nos molesta puede molestar a otros y al contrario.

Por otra parte, engolfados en nuestro deseo y pasión creemos tener la respuesta a todo tipo de retos y somos bastante alérgicos a la obediencia, al respeto y a aceptar que hay gente que sabe más que nosotros. El mejor formado de nosotros ya no puede ser un hombre del renacimiento que podía reunir en sí mismo todo el saber. Nosotros tenemos saberes más diversos, avanzados, complejos y fragmentados que exigen un trabajo en equipo, pero hay quien cree aún ser un humanista del cinquecento, sin darse cuenta de que es un ignorante y un antisocial del siglo XXI.

La obediencia a las normas en este caso presente no es solo un capricho o un ejercicio de poder, sino una forma de respetar la vida propia y la de los demás y, con ella, la libertad intrínseca del ser humano. Quienes pervierten la libertad, llenándose la boca de la palabra y dejándola vacía de su verdadero sentido, son sin duda criminales y suicidas al mismo tiempo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *