¿Reales o virtuales?

Durante casi veinte años, desde mediados de los setenta hasta comenzados los noventa del siglo pasado, se fue imponiendo la idea de que todos los jóvenes y, de paso, todas las profesiones con futuro, debían ser universitarios. De ese modo, los antiguos peritos y aparejadores se fueron convirtiendo en ingenieros técnicos, los alumnos de las Escuelas Normales, pasaron a formar parte de las Facultades de Ciencias de la Educación y, el colmo de todos los colmos, los estudiantes de las Escuelas de Bellas Artes pasaron a ser Licenciados en bellas Artes, lo que supuso que sus maestros tuvieran que hacer apresuradamente Tesis doctorales. Es sabido que todos los profesores universitarios, otro error, debían alcanzar el grado de Doctor, antes de hacer nada de provecho en el mundo de la investigación. .

Esta fiebre tercermundista conocida como ‘titulitis’ desencadenó una serie de efectos secundarios de los que quizá el más grave fuera el desprecio a los oficios y su secuela; la Formación profesional se convirtió en el camino para ‘los tontos’. Estos tontos, convertidos en mecánicos del automóvil o fontaneros, consiguieron puestos de trabajo estables y bien remunerados, a veces sus servicios se volvían prohibitivos, mientras los ingenieros técnicos se convertían en mano de obra subcontratada y explotada. Los artistas  hechos a sí mismos, por su parte, eran pocos y raros y muchos consiguieron sobrevivir cuando el arte se convirtió en inversión para adinerados ignorantes.

Desde aquel tiempo, en que yo ya tenía algo más que ‘uso de razón’  hasta hoy en que ya se me considera una anciana (persona de riesgo o de la tercera edad), he venido reclamando, sin que nadie me hiciera caso, la potenciación y puesta en valor de la formación profesional. He venido pidiendo insistentemente que se considerara la vuelta de oficios como los de ebanista, encuadernador, cantero o herrero que solo han florecido aquí y allá en función de políticas dispersas de recuperación de artes del pasado o de negocios para diletantes.

El coronavirus ha planteado una serie de cuestiones interesantes que aparecen como retos de cara al futuro. Mientras exportábamos enfermeras al Reino Unido nadie se planteaba que no tenía sentido privatizar la sanidad de forma masiva, ni dejar que las escuelas de enfermería no fueran necesariamente escuelas universitarias.

Ahora nos damos cuenta de que todo está masificado y que sería bueno diversificar la oferta de formación de manera que se rescataran viejos empleos y que estos fueran creativos, dando lugar a una industrialización, quizá no de grandes producciones, pero sí de pequeños centros creativos e innovadores. Pues el tejido industrial de nuestro país es débil, por no decir raquítico.

Estas tendencias en la educación, por otra parte, denigraban el trabajo en el campo o en la ganadería, salvándose únicamente aquellas explotaciones intensivas como invernaderos o producciones de carne masivas. No hay que olvidar que se redujo la cabaña ganadera y la producción de leche, los viñedos y se pretendía que también menguaran los olivares, siguiendo directrices de la UE que veía en nuestro territorio, por su buen clima, sus monumentos, paisajes y horas de sol radiante, no tanto una fuente de energías limpias, sino un país de servicios.

Así es como habíamos llegado a tener un montón de arquitectos que lampan, un montón de licenciados dedicados a cualquier cosa y un montón de camareros, sin contar con los de la paleta que fueron masacrados por la burbuja inmobiliaria.

En un artículo reciente de El País, se abogaba, por fin, por el retorno a la Formación profesional; capacitación productiva a corto plazo que debía centrarse en las nuevas tecnologías. El artículo era bueno y sensato y hacía propuestas dignas de consideración. No obstante, leído con calma y rumiado, creo que tiene una pega importante, con la que conviene tener cuidado o, al menos, estar alerta.

El acceso a lo digital y virtual es, sin lugar a dudas, un gran logro tecnológico. Desde las grandes empresas, a los investigadores y a la gente de a pie, nos ha facilitado la vida en muchos aspectos; la inmediatez de la información y el acceso a todo tipo de bienes tanto materiales como espirituales y culturales o del conocimiento y el entretenimiento. Es un medio limpio y asequible para la mayoría de las personas en todas las partes del mundo.

No me voy a extender en el terreno de la delincuencia que ha facilitado, ni tampoco en las adicciones que crea, ni en el alienamiento de niños y jóvenes frente a una pantalla. Ya sabemos que todo aquello que existe puede ser objeto de mal uso. Sin embargo, quiero fijarme en un aspecto que de vez en cuando va dejando su rastro en las relaciones entre personas y puede tener consecuencias en lo social cuyo alcance aún no conocemos.

Hace unos años, en un terrible accidente aéreo que se produjo en Barajas se contaba, supongo que era cierto, que un niño que vivió el desastre, preguntó en pleno accidente: ¿cuándo se acaba la película, papá?

Muchos perfiles de redes sociales, sin preguntas, permiten el uso de pseudónimos. No me parece mal, yo misma lo empleo, pero no cabe duda de que esconder la propia identidad puede responder a muchas razones y algunas pueden no ser ninguna broma. Pueden esconder otras intenciones. Conozco a mucha gente, sobre todo de países deprimidos, que presentan en sus redes sociales imágenes de su realidad y vida que son una total ficción. No esconden su nombre, pero sí esconden su verdadera realidad.

Es decir, existe un riesgo evidente de falseamiento de lo real en lo virtual. Más allá aún, existe una confusión que llegue a conceder mayor verosimilitud a lo virtual frente a lo real.

Hace muchos años, una amiga nuestra, en cuyo huerto había un olivo, nos contaba que su hijo de pocos años había suspendido uno de sus primeros exámenes porque había contestado que la vid producía aceitunas. Cuando la madre le dijo, pero, cariño, si hemos estado recogiendo las aceitunas de nuestro olivo, ¿cómo has contestado eso? El muchacho con toda la sinceridad del mundo respondió: Mamá, yo creía que en la escuela se hablaba de otra cosa.

Es decir, en muchos niños lo que ocurre en la escuela es algo diferente de lo que ocurre en la vida y les resulta difícil encajar que lo que aprenden allí tenga una aplicación en la vida real, ni siquiera una conexión con ella. ¿Qué pasará si el mundo se convierte cada vez más en una realidad virtual?

Si nos decantamos por la tecnología habrá que explicar muy claramente donde está el límite y qué es lo que de verdad vivimos; ¡un holograma o algo palpable!

 

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