Baladí

Los que seguís con cierta atención estas páginas os habréis dado cuenta de que, casi todo lo que he escrito bajo el epígrafe genérico de ‘asuntos baladíes’, tiene que ver con esta extraordinaria experiencia que supone el vivir una  pandemia.

En el uso de este epígrafe y lo que en él se clasifica, hay una cierta ironía. No considero que estos sean asuntos sin importancia, pues algunos de ellos no solo la tienen en gran medida, sino que eran obvios, aunque la ‘normalidad’ en la que vivíamos nos hiciera pensar que eran temas menores que no nos concernían. Por ejemplo, la incertidumbre connatural a la existencia humana; la fragilidad de los seres, especialmente en lo material; la ficción del progreso o de la economía; los graves olvidos de la educación o la salud pública.

Vamos a reflexionar por un momento acerca del término baladí. Como muchos sabréis procede del árabe. Es lo que se llama una ‘nisba’. Es decir un nombre que tiene un valor adjetivo calificativo y deriva de otro nombre. En España son frecuentes los  patronímicos derivados de nombres topográficos, por ejemplo Lorquí, Ceutí, etc. que toman la forma árabe.

En el caso que nos ocupa se trata de un adjetivo procedente del término balad que significa pueblo. Pueblo en su sentido opuesto a ciudad. Es decir, lugar donde reside gente pero cuyo número o entidad física no lo convierte en una ciudad, sino que es algo menor y sin tanta importancia como una ciudad. Además de significar eso como primera acepción, significa algo así como ‘del campo’, por una oposición tácita entre ciudad y campo. De manera que, cuando nos encontramos con el término baladí, podemos pensar que se refiere a pueblerino o a campestre (rústico), dependiendo de cuál sea la intención del hablante. De ahí a pensar en ‘cateto’ hay un paso y ese es el que da en castellano. Baladí significa cosa menor, sin importancia, carente de interés, despreciable o sin sentido y prescindible, porque se relaciona con rústico, cateto, de campo.

Sin embargo y en paralelo -la vida de las palabras es un campo inagotable y de lo más apasionante aunque a algunos no les parezca- , baladiyya que vendría a ser el femenino de baladi, desde el punto de vista morfológico aunque no semántico, se convierte por su forma femenina en un nombre abstracto, y no tanto en un adjetivo, y designa a una institución tan noble e importante como el ayuntamiento; es decir la instancia colegiada que dirige la vida pública de un pueblo o de una ciudad o de una comunidad, ahí no hay distingos de tamaño o ubicación.

De manera que algo que es baladí, por la adición de una sílaba, se convierte en algo de suma importancia para la vida común de la gente. Si en el primero de los casos, se trata de un término que señala a algo carente de interés, despreciable y prescindible, lo segundo es, por el contrario, algo imprescindible y necesario para la vida en común.

Casi nunca pongo por escrito mi pensamiento político porque en ese sentido, al contrario que mucha otra gente que no abre la boca si no es para criticar a los que no comparten su pensamiento político o para alabar e incensar a los que sí lo hacen, yo no me considero en posesión de la verdad ni creo que mi forma de entender el mundo y su gestión sean únicas, infalibles, pertinentes y excluyentes. Tampoco considero que todo el mundo ha de pensar como yo y, por tato, no me siento autorizada para freír al personal, a la menor provocación o sin ella, y bombardearlo con mis soflamas en defensa de esto o aquello. La mayor parte de las veces, cuando me toca sufrir un ataque de ese tipo, procede de aquellos con los que no comparto ni una sola idea, independientemente de mi aprecio o cariño por ellos que son cosas bien distintas y que muchos confunden.

Voy a hacer un distingo necesario para que quienes me lean y no piensen como yo, no me excluyan o se sientan excluidos por mí. Mi afecto, mi valoración de su inteligencia, de su capacidad para ser acogedores y dignos de respeto no tiene nada que ver con que pensemos de igual manera o votemos al mismo partido o no. Es más, quiero a muchas personas, y no pienso renunciar a su cariño ni a lo que siento por ellas, con las que no comparto ni una sola idea política. Sólo faltaría que tuviera que enfocar mi cariño exclusivamente hacia los que votan como yo. Menudo aburrimiento y vaya una manera tonta de excluir a gente digna de ser amada.

Pues bien, hecha la aclaración y el inciso, voy a reflexionar sobre algunos asuntos de la baladiyya, es decir de la institución política o simplemente de la política, de la gestión de lo común o de la rección de un pueblo, una ciudad o un país.

No es un asunto baladí, en absoluto. Es una de las más nobles profesiones que se pueden ejercer. ¿No es de admirar que alguien tome sobre sí la responsabilidad de pararse a pensar en la vida de los demás, en cómo se puede mejorar y gestionar, para que todos sean felices y alcancen un modo de vida digno en el que no falte lo esencial y no sea imposible acceder a algunas cosas superfluas?

Creo que sí. Porque esa dedicación implica la renuncia en muchas ocasiones a la libertad personal, a la vagancia, a las vacaciones. Significa además el estar apartado por temporadas de la propia familia, de los amigos, de los vecinos. Supone estar en la mira de quienes escudriñan con lupa las acciones, las decisiones, los modales y los modos y no siempre lo hacen con afán constructivo. Supone un control de las propias ambiciones, de los propios favoritismos, de las pulsiones, de los odios y los apegos, de los intereses. Obliga a renunciar al autoritarismo y a ejercer la autoridad. Impele a la virtud y no al vicio o la molicie. Exige ser humilde y dar a conocer hasta las últimas razones de cualquier acción. Obliga en una palabra a ser ejemplar de la mañana a la noche, sin descuidar ni un instante los modos y modales, las formas de presentarse y de actuar, las palabras que se dicen y cómo se dicen, las que se callan por prudencia y sus razones.

Exige ser leal con amigos y enemigos. Exige ser fiel a lo que se cree. Exige saber renunciar a cualquier beneficio o al mismo cargo que se ocupa si algo no se ha hecho como se debe. Exige respetar las instituciones a las que se sirve. Exige ir por delante del pensamiento y de las necesidades de los demás. Exige actuar incluso antes de que surja el problema o el conflicto.

Es decir, la baladiyya reclama casi la santidad, por no decir que la exige directamente. Por eso;

qué se puede decir de un político que insulta

qué se puede decir de un político que aparece desaseado

qué se puede decir de alguien que usa de su cargo en su beneficio

qué se puede pensar de alguien que no ofrece ni una sola reflexión, solo acusa y denigra

qué se puede decir de alguien que no presenta ni un solo pensamiento constructivo

qué se puede pensar de alguien que solo atiende a los intereses de su grupo

qué se puede decir de quien no resuelve y espera que los demás se lo den resuelto

qué se puede pensar de quien siempre acusa a los demás de lo que ocurre

Yo, personalmente, pienso que ese individuo o esos individuos no deberían dedicarse a la política, porque han confundido de base algo tan importante como la baladiyya con lo baladí. No saben lo que es adjetivo y lo que es abstracto e institucional.

Personalmente estoy muy contenta de que aún queden políticos que se ocupan del bien común, que explican hasta la saciedad lo que hacen y por qué,  tienen en cuenta a los necesitados, los niños, los dependientes, las mujeres, los de las minorías, la investigación y la enseñanza, la salud, la solidaridad y la convivencia, no entran al trapo de las tergiversaciones malintencionadas, las palabras imprudentes e impertinentes o se dedican al insulto y la descalificación. Incluso me producen ternura algunos de sus errores, porque no son arcangélicos, sino personas.

Espero que los que no piensan como yo respeten lo que pienso y, caso de que me quieran, sigan haciéndolo.

1 comentario en “Baladí

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