La compensación

Como sabéis de mi afición a la literatura victoriana, os diré que estoy leyendo últimamente El molino del Floss de George Eliot. Entre las muchas cosas que en esa novela se narran, sobre las que se reflexiona y a las que se hace referencia como signos de la sociedad de su tiempo (1860 es la fecha de la publicación primera) hay una que me ha llamado especialmente la atención, porque es absolutamente aplicable a nuestro tiempo y porque, además, parece que es algo que hemos descubierto nosotros -al menos algunos- a la luz tenebrosa de esta pandemia. El texto al que me refiero dice así: «Y el presente era como una llanura donde los hombres hubieran dejado de creer en la existencia de volcanes y terremotos, convencidos de que el mañana sería idéntico al ayer y que dormían para siempre las fuerzas gigantescas que antes agitaban la tierra».

Esta idea que subyacía a nuestra propia experiencia nos ha permitido constatar, mediante la irrupción de este virus, que somos frágiles y contingentes, que la muerte, la violencia de la Naturaleza, los desastres o cualquier otro accidente en nuestro devenir cotidiano nos pueden cambiar la vida y llevarnos a la desaparición propia, a la de los seres que amamos o a la de nuestros modos de vida.

Hay otra idea muy extendida en este mundo nuestro que es la de que, cuando nos ocurren desgracias, contratiempos o hechos que tuercen nuestros planes, proyectos o deseos, la vida está obligada a compensarnos por ello.

Es cierto, y yo soy la primera que lo creo y procuro vivir con ese horizonte, que estamos en el mundo para ser felices. Nada de pensar que este es un valle de lágrimas y aspirar a la muerte como la solución definitiva a nuestros males. No. Eso no es así. Estamos aquí para hacer de la Tierra que habitamos un nuevo paraíso en el que todos vivamos con dignidad y alegría, con esperanza y con un camino expedito hacia nuestros más caros deseos.

Sin embargo, todos sabemos, igualmente, que la vida no es sencilla. Que hay muchos que no comparten este ideario que en breve acabo de exponer, sino que más bien se empeñan en explotar a los demás, en obtener su beneficio y contento machacando a otros. Es cierto también que con frecuencia ganan la partida y los efectos de sus acciones nos afectan a todos en mayor o menor medida y, a muchos desfavorecidos, en un modo definitivo. Es decir la vida sea por acción de la Naturaleza, sea por la maldad y el egoísmo de otros es un camino de espinas y no de rosas.

Esto que es así, a veces nos impele a pensar que alguien nos ha arrebatado lo que era nuestro derecho, cosa que es cierta en alguna medida, pero eso no significa que la Naturaleza o alguien , un hada madrina, esté obligado a transformar nuestros harapos en un maravilloso vestido de baile, cuajado de estrellas rutilantes. Nadie nos debe nada, nadie tiene por qué compensar nuestras pérdidas.

Durante la pandemia y el confinamiento hemos perdido nuestra libertad y la compañía de muchos a los que queremos. Se nos ha muerto gente a la que estimábamos y otra ha enfermado de gravedad cosa que nos hace contener el aliento y estar muy preocupados. Tememos contagiarnos y no somos capaces de andar por el mundo como hacíamos antes, con cierta despreocupación. Es cierto que algunos lo hacen, porque creen que se merecen esa compensación. Pero, al igual que sobre la tierra que habitamos pueden estallar volcanes y desatarse terremotos, que el hoy no es igual al ayer ni al mañana, tampoco nadie nos debe nada. Somos nosotros los que debemos a los demás el respeto a sus vidas, el cuidado por su integridad, la atención a sus riesgos y a su salud.

No esperemos ninguna compensación. No existen. Si alguien recuerda el añadido epílogo al libro de Job,  sabrá que, aunque allí parezca haber esa compensación por todo su sufrimiento y aunque el protagonista recuperara familia y hacienda, no serían jamás la  familia y la hacienda originarias. Lo perdido, perdido estaba.

No podemos buscar la felicidad a costa de cualquier cosa. Pero empeñémonos en ser felices.

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