Serie Siciliana 1

Interior de San Cataldo
Interior de San Cataldo

torreMartorana webpuerto

Jorge de Antioquía a los pies de la Virgen (Martorana)
Jorge de Antioquía a los pies de la Virgen (Martorana)
Cupulillas de San Cataldo
Cupulillas de San Cataldo

teatroMassimoweb

Cúpulas de san Cataldo
Cúpulas de san Cataldo
La plaza Pretoria
La plaza Pretoria
Interior del teatro Massimo
Interior del teatro Massimo
Conjunto de San Cataldo y La Martorana
Conjunto de San Cataldo y La Martorana
Interior de La Martorana
Interior de La Martorana
La Martorana. Jorge de Antioquía a los pies de la Virgen
La Martorana. Jorge de Antioquía a los pies de la Virgen
El agobiante interior barroco de Gesú
El agobiante interior barroco de Gesú
Exterior de Gesú
Exterior de Gesú
Antepalco del teatro Massimo
Antepalco del teatro Massimo
Coro barroco de La Martorana
Coro barroco de La Martorana
Cúpula central de La Martorana
Cúpula central de La Martorana

La visita a Sicilia ha sido agotadora, no tanto por el calor y la dura vida del turista, como por la cantidad de cosas para ver. Si quiero que los que leéis estas páginas os hagáis una idea de lo que allí hay, no queda otro remedio que hacer una visita por entregas.

Como preliminares puedo decir varias cosas: En primer lugar que la naturaleza de la isla y sus mares correspondientes, todos ellos parte del Mediterráneo, pero con sus nombres propios, son hermosísimos. Hay playas y acantilados, riadas de lava que se derraman sólidas en el agua salada, bosques, llanuras, colinas y altos montes, plantaciones de olivos, de vides y almendros, villas perdidas en la espesura, ciudades en lo alto y al borde del mar y un volcán. En segundo lugar que hay vestigios de múltiples civilizaciones; griegos, fenicios, romanos, bizantinos, normandos, árabes y de todos ellos salen los sicilianos. Hay derroches de barroco y del arte árabe-normando. Villas romanas como no hay en otros lugares del gran imperio. En tercer lugar, unos vinos muy agradables, unas comidas sabrosas y bien aderezadas, unos helados superiores y un pescado muy rico.

Palermo es una ciudad, como muchas, con un gran puerto que pasa casi desapercibido. Con callejuelas pobladas de palacios ruinosos, pero que conservan en sus ajadas fachadas restos de su esplendor, con avenidas cuajadas de  tiendas de marcas, cuyos precios son un insulto al salario mínimo y la austeridad, y sus productos son idénticos a esas copias hechas en China y que se venden en los mercadillos. Tiene un par de teatros pretenciosos, varias plazas y jardines con estatuas de Verdi y Bellini, por supuesto también de Garibaldi, ya a pie, ya a caballo. Un sinnúmero de iglesias a cual más barroca, como las de los teatinos, el Gesú o maravillas como La Martorana y su adjunta la iglesia de San Cataldo. Tiene una catedral, hermosa por fuera y como despojada por dentro, pero con un precioso meridiano que marca, con un rayo de sol que a propósito se cuela por una de las cúpulas, los signos del zodíaco.

El tráfico es caótico, como en casi cualquier lugar de Italia, pero uno se acostumbra a todo. Las puestas de sol son doradas y la ciudad, pintada de ocre, rojo y construida en arenisca, se vuelve de oro al amanecer y al atardecer. Tiene una gran puerta, construida por Carlos V y una gran Capilla palatina de los reyes normandos.

Es una ciudad digna de verse, aunque a mí me haya decepcionado un poco, en parte por el comercio ostentoso y en parte por lo ajado del resto.

Seguiremos hablando de Sicilia.

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