De estética y filología

He tenido el privilegio de escuchar a uno de los pintores más reputados de Murcia: Antonio Martínez Mengual.

En el precioso ciclo Diálogos, organizado en el marco del Museo Ramón Gaya, se presentaba, en amena conversación, un cuadro de Gaya y la lectura, interpretación y creación de Martínez Mengual. Esa breve, pero intensa, excusa dio lugar a que el artista hablara, hábilmente conducido por el director del Museo, de su infancia, su experiencia como creador, de las visitas a una ciudad emblemática como Venecia, de su proceso creador, del trabajo/inspiración y de muchas cosas más.

Hace no mucho tiempo, en el marco de otro museo tuve ocasión de oír a un muy conocido especialista en estética que defendía la labor de los críticos de arte y menospreciaba a los historiadores del arte que definía como ‘filólogos’ del arte; más preocupados de la vida, historia y contexto de los artistas que de la estética. No citaré el nombre del experto, pero diré que no compartía en absoluto, y creo que de manera visceral -en el sentido de que me dieron un crujido las tripas-, la posición de aquel señor. Arrebatada por el acaloramiento que me produjo su discurso, no fui capaz de formular con claridad el punto en el que residía mi contestación a sus palabras. Las palabras de Martínez Mengual hicieron luz en mi cerebro.

De manera sencilla, familiar, directa y modesta este pintor inmenso vino a decir que la creación es vida. Lo que es lo mismo que decir que la vida, cuando pone en pie la experiencia interior, sea en una pieza musical, un cuadro, un poema, o un edificio, está contribuyendo a crear un objeto estético. Sin vida no hay obra. Aún más, sin renuncias a aspectos importantes de la vida y de su inserción en el mundo, no existiría la obra de arte.

El filólogo del arte, como el artista sensato, se ocupa del contexto, se ocupa necesariamente de escudriñar en la vida y de ocupar el tiempo -el tiempo de la vida- en navegar por los retos que le plantea. El filólogo interpreta la obra que el artista ha dejado impresa en un lienzo o en una partitura, partiendo de ese mundo exterior que explica al mundo interior: Todos somos producto de nuestra propia vida, hagamos arte o no.

La estética no es una abstracción; no es metafísica. La estética es un modo de mirarse y mirar al mundo y quien no entiende eso es capaz de decir que un crítico es un profesional de la estética, un teórico que crea un lenguaje que sólo él y sus colegas entienden.  En ese momento está asesinando a la estética. Ya hemos llegado a la superespecialización de la ciencia; la misma que hace que los lingüístas, en muchas ocasiones, no se fijen en la boca del hablante. Y esto último lo digo porque soy filóloga.

Martínez Mengual impartió en su diálogo con Fernández Delgado, con la excusa de Gaya o al revés, una lección de vida y arte; en definitiva, de estética filológica.

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