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UN CUENTO

Pongamos que os cuento un cuento. Suponed que somos los padres de un par de adolescentes que han entrado en esa edad en la que los chicos se creen con derecho a todo, pero en la que no tienen intención de hacerse cargo de ninguna responsabilidad. Por supuesto, ellos no lo saben, pero están respondiendo a un patrón compuesto de hormonas, incertidumbre, miedo y ansias de ser diferentes, al tiempo que se comportan como los cientos de millones de adolescentes que hay y ha habido en el mundo. Por ello, discrepan de sus padres, es decir de nosotros, y, sin embargo, son absolutamente gregarios en la manada que forman con sus iguales. Todo ello les hace sentirse distintos y originales.

Para manifestar de manera radical su diferencia, simplemente, se oponen a acatar cualquier norma, orden o sugerencia. No importa que haya sido dictada con severidad o en plan conciliador y, cuando se les pregunta si van a seguir comportándose así eternamente (ellos no saben que eso se les va a acabar con el simple paso del tiempo) se reafirman y juran que siempre van a ser así; pues de lo que se trata es de ser libres. Pueden tener, no obstante, otra reacción que consiste en poner una mirada nebulosa, como congelada, que no se fija en ningún punto, siempre que sus padres, es decir nosotros, nos acercamos a reconvenirlos o a hacerlos entrar en razón.

Como todo el mundo sabe los hijos no son propiedad de los padres, aunque haya quien lo crea y se empecine en dictar severas normas que se han de cumplir de todas todas. Lo que los hijos son es una responsabilidad de los padres que no se acaba con la edad adulta de estos, pero que se manifiesta de forma evidente, cuando son adolescentes. Claro que uno los puede echar de casa, los puede mandar a un internado; los puede castigar a no ver la tele, a no jugar con las maquinitas u obligarlos a que terminen el bachillerato. Pero, eso no arregla nada. Ellos tienen que pasar la fiebre y cuanto más cerriles seamos, más cerriles se volverán. Al final del enfrentamiento, lo que se descubre, es que sin duda esos adolescentes son de nuestra sangre, se parecen a nosotros muchísimo y no podemos renegar de ellos, sin estar renegando de una parte de nosotros mismos. En cuanto ellos maduren, si sabemos darles una salida temporal que les haga pasar con dignidad esta etapa difícil de sus vidas, agradecerán todo lo que hicimos al no dejarlos solos y abandonados; al no permitir que se fueran por ahí, sin saber a dónde acudir. Comprenderán que con quien están mejor es con nosotros y hasta agradecerán parecerse a nosotros. Entonces es cuando sabrán poner en valor la diferencia que los hace únicos e individuos originales.

Eso pasa con el nacionalismo. Es una fiebre por la que pasan los pueblos por razones hormonales y por la inseguridad en que se sienten: No nos valoran lo suficiente. Nos miran con ojos vidriosos, no hacen caso y no razonan. Bien, el paralelismo es claro. Ellos no saben leer los signos de los tiempos. No quieren darse cuenta de que las fronteras se diluyen, de que las identidades son cambiantes, de que ocupados en sus ensoñaciones de libertad están descuidando la realidad en la que viven. Se creen en posesión de la verdad sin matices y si no alcanzan sus deseos, entonces es culpa de los demás que los maltratan, los ningunean, no les atienden como es debido.

Cuántos años lleva Cataluña sin ser gobernada, sin que se dedique tiempo a las necesidades de la ciudadanía, sin que se recuperen las industrias y empresas que huyeron de una gestión caótica y cerril. No puedo dejar de verlos como adolescentes inmaduros que esperan que con su supuesta rebeldía se les abran los cielos, los mares y la tierra.

Por supuesto que han contravenido las normas y de manera grave, es cierto que a algunos se les ha juzgado y se les ha sometido a penas de prisión, es cierto que sería una especie de burla el perdón, la amnistía o el indulto. Se dice que no se arrepienten, que no muestran propósito de la enmienda. Pues claro. Ningún inmaduro afirma de buen grado ‘no lo haré más’.

Los que creen en la Patria, en un territorio nacional, en una ciudadanía con una identidad definida y única, no se dan cuenta de la contradicción que supone pensar que esos no pertenecen a su patria y a su identidad. Da igual que ellos digan que son diferentes. Son de aquí, son de la familia, como los adolescentes, y más cuando muchos llevan nombres que indican claramente su origen. Siendo generosos e indulgentes no garantizamos que vayan a reflexionar, que se vayan a dar cuenta de que los aceptamos, que los queremos, que nos importan, pero si la alternativa es someterlos a más violencia, mandar al ejército, encerrarlos de por vida, entonces el mensaje será claro: No me quieren, ya lo decía yo y, en ese caso, mi única posible defensa es seguir siendo un adolescente.

La labor de un gobernante es estar por encima de ese sarampión adolescente y buscar la concordia, la integración. Quien piensa que es solo una estrategia para aferrarse al poder es que ve la política de ese modo y no piensa ni por asomo en el bienestar de los que padecen.

¿Qué padre niega el sufrimiento de sus hijos adolescentes? Y esto no es política paternalista. No. No vayan por ahí que se equivocan. Es humanismo. Es reconocer en el otro lo que nosotros mismos somos. Como con los inmigrantes. Solo con la concordia podemos reclamar concordia.

LA COMPOSICIÓN

Cualquier composición es compleja, como su propio nombre indica. Porque, sin duda está formada por diversas materias, cuestiones, temas o motivos y, todo aquello que contenga dos o más elementos, ya resulta difícil de manejar. Pero, si hay una composición delicada y extremadamente dificultosa, esa es la de la página de un diario.

Todos los medios de comunicación impresos, y hasta los digitales, se ven en la necesidad de organizar su espacio entre los textos de la pura noticia nacional o internacional, y los textos de opinión, o los de economía y, no digamos, con aquellos que son mera publicidad. El cimiento sobre el que se asientan los medios.

Hay que hacer una carrera universitaria y arrimarse luego a una redacción para coger oficio suficiente y enfrentarse con soltura a la página en blanco. No es tarea simple, ya que las noticias y los comentarios, las fotografías o las viñetas de propaganda o de humor son, por su propia naturaleza cambiantes y, por mucho que se empeñe el compositor, el espacio que ocupan es distinto y tiene un valor diferente.

Por eso, en los diversos diarios de tirada nacional, incluso en los de tirada comarcal o regional, se suele establecer de antemano un reparto del espacio a fin de facilitar tan compleja tarea. Así, las noticias relevantes van en portada, como es sabido y las que son más o menos curiosidades van en la contraportada. Es decir, mientras que la portada suele ser sustancial, la contraportada suele ser accidental, por ponernos aristotélicos.

Sin embargo, hay veces en que lo trascendental aparece de verdad en esa página miscelánea de contraportada. Eso sucedió, a mi modo de ver, el 16 de abril pasado, en el diario El País. En la contraportada de ese periódico, aparece normalmente una columna de opinión de autor fijo para cada día de la semana y un artículo o información de carácter indefinido y que podríamos calificar de curiosidad, a medio camino entre lo insólito, lo novedoso, el hallazgo o el simple relleno.

Pues bien, en ese preciso día, aparecían los consabidos espacios de la noticia intrascendente y la columna de Juan José Millás, que, generalmente, no es ni simple

ni intrascendente ni de relleno. El primero de los textos, respondía al titular: Un terremoto paró el tiempo, otro lo resucitó y lo enviaba una corresponsal en China, llamada Macarena Vidal Liy. El otro, como digo de Millás, llevaba por título Sigo vivo.

Ya en el título de ambos había una cierta conexión; vida/muerte/resurrección. Ninguno de ellos asuntos baladíes. Millás comenzaba preguntándose por el sentido de la vida y se preguntaba que si pagar el IRPF, el IBI, acumular puntos en la tarjeta de la gasolinera, pedir la vez en la cola de la casquería o buscar ofertas en el supermercado, entre otras actividades comunes, constituían la esencia de la vida. El autor llegaba a sus propias conclusiones. Sin embargo, era en el otro texto donde estaba la respuesta a sus interrogantes vitales.

En ese texto se contaba cómo un monje budista japonés, cuyo monasterio había sido afectado por el terremoto y posterior tsunami de Fukushima en 2011, había rescatado de los escombros un reloj centenario que, afectado por el sismo, había dejado de funcionar.

El monje intentó sin éxito repararlo, aunque, a pesar de que no funcionaba, lo colgó de nuevo en una pared. Diez años después, otro terremoto le devolvió la vida al reloj y el monje sorprendido vio cómo seguía incansable, marcando las horas y los minutos.

A consecuencia del terremoto, el convento budista de este monje había estado a punto de cerrarse y la situación de pandemia había agravado aquella situación. Pero la puesta en marcha del reloj centenario fue interpretada por el joven monje como una señal para ponerse de nuevo en movimiento y terminar los trabajos de reconstrucción y relanzamiento de la comunidad monacal en servicio a sus conciudadanos.

Ahora que cada cual saque sus conclusiones acerca de qué es la vida.

ADN

Tengo la teoría, nunca científicamente confirmada pero sostenida por la observación de la realidad, de que cuando un individuo o un grupo humano ha estado sometido a una tensión cualquiera durante mucho tiempo, no menos de unos cuantos siglos, su reacción de temor, ira, odio o recelo se convierte en parte de su ADN y se transmite junto al resto de su genética a las generaciones siguientes.

Como digo, esta teoría no ha sido aprobada científicamente, pero tampoco negada que yo sepa.

Durante milenios los varones han salido al mundo exterior, a fuera de la cueva, me refiero, a cazar o a pelear con otros para asegurar la comida o el territorio. A esas misiones iban gritando para ahuyentar el propio terror e infundirlo en sus contrarios. Todos sabemos que cuando alguien grita, aunque no tenga razón, nos sobresalta y nos aturde.

Mientras, las mujeres, en general y durante los mismos milenios, se quedaban en la cueva protegiendo a la prole. No quiere esto decir que ellas no padecieran temor, pues las fieras podían atacar allí mismo, colándose en la cueva. A ellas, sin embargo, no les servía de nada gritar, sino que lo que hicieron fue inventar el fuego que es lo que de verdad sirve para ahuyentar a las fieras, y, dicho sea de paso, para muchas otras cosas.

De modo, que desde el inicio de los tiempos y por lapsos muy prolongados los seres humanos han sentido miedo, pero han reaccionado ruidosamente o en silencio, según su género y esto, acomodado en su ADN, lo han transmitido a sus descendientes, causando estos diversos modos de reacción que aún se pueden observar en la humanidad actual.

Es, por tanto, más frecuente encontrar a bravucones, vocingleros, estentóreos y bocazas acodados en la barra de un bar, en la barbería, en la sala de espera del dentista o en la parada del autobús. Son esos que lanzan palabras despectivas, blasfemias, insultos o amenazas en un tono de voz fuerte, sin dirigirse a nadie en particular, pero para que todos sepan a quién se enfrentarían, caso de que se provocara un altercado. Lo normal es que las personas circundantes opten por marcharse o, simplemente, guardar silencio. Últimamente, ya que la tecnología nos invade, hay muchos de esos vocingleros que usan las redes sociales. Claro que aún queda quien utiliza el viejo sistema del anónimo amenazador.

Lo chocante del momento presente es que estas cosas las haga una mujer. No me cuadra. No es lógico. Claro que hay algo claramente definido por la ciencia y es que el miedo nos vuelve irracionales y eso también se hereda en el interior de los clanes.

RECICLAJE

Como ocurre con muchos jubilados, ahora veo más televisión que cuando era joven. No es que me haya vuelto adicta a la caja tonta, es que ahora no tengo que salir corriendo a dar clase después de comer, sino que puedo practicar ese incómodo modo de hacer una siesta, con el cuello torcido en el sofá, mientras me arrulla la voz de un o una locutora.

No es la mía una actividad original, hay quien se dedica a los documentales de vida salvaje, quien a los de las grandes construcciones de la antigüedad; ya sabéis, el Mausoleo de Halicarnaso, los Jardines de Babilonia o el Faro de Alejandría; otros ven deportes o proezas bélicas. Yo, como se me ha reprochado cuando describo interiores en mis relatos, siempre he sido aficionada a la decoración y a las reformas de casa. No por el mero hecho de cambiar, sino porque las casas deben transformarse a medida que se transforman sus moradores. Bien, justificada esta afición mía que es bastante incomprendida, pasaré a lo que iba.

En lugar de esos programas que he referido, a los que se podría añadir las novelas y culebrones interminables, a mí me da por los programas de rehabilitación de viviendas (como es natural). Hay un ciento de ellos en muchas cadenas y no todo el mundo se atreve a confesar que los mira con deleite. La mayor parte de estos episodios duran una media hora o algo más y se refieren a lugares de los Estados Unidos o de Canadá. Los hay que se dedican al rescate de casas en muy mal estado, saneando de paso los barrios; los hay que reparan una casa para venderla mejor, mientras a los propietarios les buscan otra casa que resuelva sus necesidades; otros simplemente les arreglan la casa con el fin de que se queden en ella y no se muden.

En todos estos programas, los contratistas tienen el empeño de rescatar los elementos que señalen a la antigüedad de dicha vivienda, de manera que no son partidarios de tirarla abajo y hacer una de nueva planta en su lugar. Como las más antiguas de estas casas proceden de comienzos del siglo XX -ya sabemos que estos países son de reciente creación- pues, muchas veces, todo lo más se puede rescatar un montante de cristal emplomado, un trozo de yeso con un papel pintado encima o una ménsula que sujeta el voladizo del porche. Los responsables de la restauración, haciendo gala de mucho ingenio, transforman esos objetos en un cuadro, una mesa para el café, un adorno que llena una pared o mil y un objeto más.

Muchos de los elementos que se rescatan son antiguos sanitarios; lavabos y bañeras, sobre todo. Proceden entonces a esmaltarlos de nuevo, les acoplan una grifería que imita antiguo o incluso llevan la grifería estropeada y roñosa a niquelar de nuevo. Los viejos muebles de cocina en los que se guardaba la masa del pan, o en los que se echaba la harina para cerner y reservarla, se repintan, se les añaden algunos detalles de latón y vuelven a formar parte de una cocina de ‘open concept’, que es lo que se lleva, pero con un toque ‘vintage’, que es también la tendencia.

Los azulejos viejos, los ladrillos, que se sustituyen por planchas de cartón enyesadas, se recuperan para ponerlos en el jardín, o bien se dejan en su lugar y reciben una mano de cal o de barniz que los preserve. El lema es: Dar una nueva vida a elementos que remiten a la historia del lugar.

Resulta que, por años, nos han estado convenciendo de que era mejor la formica que el mármol y estos restauradores se inflan a poner ‘carrara’. Nos han dicho que las bañeras de patas de garra eran un horror y ahora resulta que no solo las imitan, sino que rescatan las viejas y allá que las ponen en lugar prominente, marcando estilo.

Ahora, hasta los modistos se han dado cuenta de que hay que reciclar ropa, cosa que nuestras madres hacían a la perfección. Incluso se ofrecen a arreglar las prendas que te vendieron hace tiempo y que no hace tanto te invitaban a tirar y sustituir. Se ha acabado lo de usar y desechar.

Nos tienen que reeducar, precisamente, los que nos convencieron de que lo ‘moderno’ era cambiar, derribar y sustituir; mientras que, los que carecen de poder adquisitivo se tienen que conformar con consumir ropa y enseres de usar y tirar, porque son los que no cuestan caro. En cambio, lo de reciclar, sale por un ojo de la cara, en dinero, espacio, esfuerzo y te hace depender de un artista ‘reciclador’. Hemos perdido una habilidad que tenían nuestras madres y nuestros padres, ahora tardaremos años en recuperarla, si es que lo conseguimos. Mientras, alguien se estará haciendo aún más rico.

 

LOS HÉROES

Una noticia, de esas que aparecen en las esquinas olvidadas de los periódicos, se refiere a la disputa generada por un cambio de los nombres de algunas calles. Concretamente el debate se ha fijado en los nombres de Gravina, Topete y Churruca. Estos nombres se refieren en primer lugar a almirantes de esos de los que habla Galdós en sus Episodios nacionales, que este año conmemoramos especialmente, – me refiero a los escritos de Galdós-  y que se significaron en la lucha, en época de Napoleón, contra la flota inglesa, con bastante mala fortuna, ya que murieron, al menos dos de ellos, por las heridas sufridas en batalla. El debate se produce porque en la Guerra civil se usaron navíos de guerra con esos nombres gloriosos de más de un siglo atrás, y se discute si formaron en la armada de la República o en la del golpista.

Así pues, los argumentos son que, si los nombres se refieren a los marinos, pueden pasar, pero si se refieren a los barcos eso ya no es tolerable. Este punto no es fácil de dilucidar y, por tanto, la polémica viene a ser casi irresoluble. Pero, contraviniendo lo que recomienda la sabiduría popular: “en caso de duda, abstenerse”, los munícipes han eliminado del callejero dichos nombres por más que correspondan a héroes que casi podrían equipararse a Viriato o Aníbal, pongo por caso.

La laica y democrática Francia, por su parte, en cuya historia más o menos reciente, según se mire, figura un individuo que encarna la mayor traición al espíritu de su tiempo. Un personaje advenedizo que toma el poder, somete a su patria a una terrible sangría y, finalmente, es encerrado en una isla para que purgue su deshonor.

A estas alturas creo que todo el mundo habrá adivinado que se trata del célebre Napoleón, que no solo machacó a su patria, sino que se burló de la Revolución, de las clases aristocráticas, del pueblo y de la monarquía y tuvo la desfachatez de someter a sangre y fuego a toda Europa y a la historia de su país a un Imperio de usurpación, que sólo pudo ser frenado por el frío invierno del Imperio ruso.

Esto último lo sabe también todo el mundo, no ya por los libros de historia o la novela de Tolstoi, que tiene demasiadas páginas, sino por la cinematográfica, Guerra y paz,  de la lindísima Audrey Hepburn y del Mel Ferrer de siempre, entre otros.

Pero, en la dulce Francia, a este caballero lo enterraron con honor en Los Inválidos; el Arco de la Estrella, fue dedicado a todas las batallas que provocó, las ganara o no, pues allí figuran Bailén, Zaragoza y otras que todos aprendimos en la escuela que las ganaron o las mujeres o los garrochistas andaluces.

A nadie jamás se le ha ocurrido borrar su nombre, quitar sus retratos, sus estatuas o realojar sus huesos. Fue un vándalo en cuyos ejércitos murieron miles de hombres de forma poco gloriosa, pues la mayoría perecieron de hambre y frío, dejando sus huesos en las tierras heladas del este del continente. La falta de hombres hizo que la economía francesa se recuperara muy lentamente durante años y cediera su puesto en el concierto de las naciones a Inglaterra. En fin que este señor fue un desastre. Pero nadie lo ha borrado de la lista. Fue mucho más pernicioso para su tierra y para el mundo que lo pudieran ser Churruca o Gravina e incluso algunos otros.

La memoria histórica consiste precisamente en no borrar la memoria de nadie, contar quienes fueron, qué hicieron, cómo unos u otros utilizaron su nombre, su prestigio o su poder para reivindicar su propio interés. Hacer lo contrario se llama desde antiguo damnatio memoriae, es decir, mentarles la madre, pero en latín que es más fino y raspar sus nombres de los cartuchos en las pirámides egipcias o tirar sus estatuas en las puertas de Nínive. Así que aquí aún andamos por el tercer milenio a. C.

El árbol del bien y del mal

Vivimos una época complicada. De esto no cabe duda. La terrible enfermedad que nos asola, que se lleva vidas o amarga a muchos las suyas; que deja secuelas que impiden desarrollar la actividad habitual; que obliga a los niños a ir enmascarados y a no ver a sus amigos y parientes; que impide a los amigos reunirse o a los padres encontrarse con sus hijos y nietos; que no deja que la gente se desplace a municipios cercanos o lejanos, que viaje o vaya a visitar espacios que le apetece conocer. Las secuelas de esta pandemia son por otra parte terribles porque han modificado irremediablemente los modos de vida; ya no es fácil ser un vendedor ambulante, ni un feriante, ni un restaurador. Obligan a muchos a convertir su casa en su oficina lo que sin duda comporta una terrible renuncia; la de distinguir entre un espacio público y uno privado. En fin, podríamos continuar con la ristra interminable de males que sigue a este mal. Sin embargo, la intención de estas letras es otra.

Muchos de los que estudiasteis Historia sagrada en vuestra infancia y otros por razones de creencia o simple cultura conocéis el relato del paraíso y de la expulsión del mismo de Adán y Eva por comer del ‘árbol del bien y del mal’ o el ‘árbol del conocimiento’. En ese mito del origen, parece que el Dios creador se reservó el conocimiento para sí mismo, dejando al hombre en un estado de inocencia perpetua. Es posible que el Señor pensara, en principio, que los seres humanos serían más felices si no percibían la maldad y por tanto podían desechar el temor o la culpa y, puesto que había creado a aquellas criaturas humanas con verdadero mimo y cariño, poniéndolas al frente de toda la creación para que disfrutaran de ella, estimó oportuno privarlas de ese conocimiento. El conocimiento, por otra parte, no es sino producto de la propia vida. Eso que llamamos experiencia y, consecuentemente, era de prever que caerían en el conocimiento, aunque fuera solo por desobedecer una orden.

Si echamos la vista atrás y nos remontamos a nuestra infancia posiblemente muchos de nosotros recordaremos algo que hicimos, sin querer, de modo inadecuado y nos enseñó a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Eso es lo que cuenta el mito; los seres humanos, por el simple hecho de estar vivos y de actuar, necesariamente conocemos el bien y el mal a partir de hechos nimios, ejemplificados perfectamente en el acto inocente de comerse una fruta.

Sin embargo, recientemente, se han producido algunos acontecimientos sorprendentes y los que han incurrido en ellos han mostrado un total desconocimiento de la distinción entre el bien y el mal, o bien, lo que es peor, distinguiéndolos, han reflexionado acerca de otros posibles perjuicios o beneficios y han tomado decisiones a favor del mal.

Se podrían presentar múltiples ejemplos, pero me centraré en dos nada más. El primero de los hechos es el de saltarse los protocolos establecidos y vacunarse fuera de orden. Es llamativo que casi todos han dicho no haber caído en la cuenta de que obraban mal. Esto me sorprende en adultos ilustrados. Cuando menos, debería haberles dado pudor aducir una excusa tan burda. Solo comparable a las respuestas de Adán; la mujer me engañó o, la de la mujer; la serpiente me engañó. Pero en el mito, ya que no es más que un cuentecillo, está justificada una excusa tan infantil. No hay que olvidar que estamos en los principios de los tiempos.

Estas excusas producen sonrojo, sin duda, y hablan de una mentalidad infantil que no distingue el bien del mal. Los sujetos en cuestión me conmueven en su miseria. Al menos, Adán y Eva estaban avergonzados; estas criaturas no. Simplemente no cayeron en la cuenta de que esas cosas no se hacen porque están mal. La vacunación persigue el bien común y establece el orden de los más vulnerables. Esto lo entiende cualquiera. Ya digo, estoy pasmada.

El segundo acontecimiento es el proceso de impeachment del expresidente de los EEUU. Por supuesto que es una decisión colectiva y los de su partido iban a votar en contra porque les arrastra la vergüenza de su antiguo jefe de filas. Pero qué clase de jefe de filas de un estado poderoso y que se pretende ejemplar azuza a sus seguidores a comportarse como vándalos (pobres vándalos). Qué clase de persona, si no se le marca el territorio, acabará insistiendo en ser de nuevo presidente y llevando aún más lejos la vergüenza generalizada a la que ha sometido a su país y muchos otros lugares en el mundo, sin que sus correligionarios le pongan freno. Entre el bien y el mal, esos senadores  han debido echar sus cuentas y han llegado a la conclusión de que ‘para ellos’ era mejor que no se estigmatizara a su exjefe. Estos seguro que saben distinguir entre el bien y el mal, pero tal vez piensan que del mal van a obtener alguna ventaja o evitar algún perjuicio. Su acción no es de infantilismo o ignorancia, es de interés y perversidad.

Si uno piensa un ratito, puede distinguir entre estas dos posiciones frente al dilema del bien o el mal. Claro que es posible que, a día de hoy, la manzana, el árbol y la serpiente queden muy lejos y, por otro lado, quién tiene tiempo de pararse a pensar en tonterías propias de trasnochados moralistas.

 

Presencia

Mi madre empleaba mucho la frase ‘ser el perejil de todas las salsas’, que señalaba a esas personas que quieren ser el novio en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Vamos, que quieren ser siempre el centro de atención. Esa actitud, al menos bastante frecuente, señala a alguien que o bien siente una alta autoestima o bien todo lo contrario y necesita el refrendo de los demás.

Esa necesidad de protagonismo me lleva a plantearme aquello del ser y el parecer o, si no se quiere ser tan solemne, del ser y el estar. Cuando uno enseña español a un extranjero, se da cuenta de lo difícil que es hacerle distinguir entre el verbo ser y el verbo estar, ya que en un buen número de lenguas esa realidad no existe. En árabe, por ejemplo, sólo hay un verbo para esas dos ideas, sin embargo, la lengua se las ha ingeniado para distinguir con claridad el uso; se ‘es’ siempre que lo que siga señale a una cualidad permanente y se ‘está’, cuando tras el verbo aparece un adjetivo que señala a algo transitorio o bien hay una preposición que señala a un lugar o a un objeto. Entonces el verbo se transforma no solo en un estar, sino en un haber y, finalmente, en un tener y ya se sabe que lo de tener o no tener puede ser algo azaroso; hoy eres rico y mañana no, por ejemplo.

En español, al tener dos verbos que señalan directamente a estos matices y por supuesto a los de tener o haber, a veces yo creo que no se notan las diferencias. Parece que no cabe duda y sin embargo se usan de modo inadecuado o se viven de manera inadecuada, lo que es peor. De ahí tal vez el afán de estar, en lugar de ser.

La presencia de muchos en las redes sociales no se entiende como un medio de comunicarse con otras personas a las que no ves a diario y, ahora con la pandemia, mucho más. Se entiende más bien como un escaparate en el que venderte y venderte del modo en que mejor te puedan comprar. Así vemos que muchos no emplean este medio más que para mostrar su mejor rostro, su gran sonrisa, su pose más atractiva o para señalar cosas suyas que quieren que los demás conozcan. El medio, por otra parte, parece comprender esta realidad a la perfección y, por un lado te ofrece publicidad acerca de objetos por los que en algún momento te has interesado o bien te invita a invertir unas monedas en ‘colocar tu producto’. Resulta sumamente difícil hacerle entender al medio que tú no eres un objeto en venta, ni siquiera tienes algo que vender. No quieres ser famoso, sino aprovechar este medio cómodo y directo para comunicarte con gente a la que aprecias y está lejos, o con gente a la que no ves con frecuencia y cuya vida y sentimientos te interesan o también su producción artística, que te ofrecen gratuitamente, haciéndote disfrutar de su capacidad de dar nuevas versiones de la realidad. Te gusta usar ese medio para conectar con gente que ‘es’ y te cargan todos aquellos que solo aparecen para ‘estar’.

Son presencias indeseadas y cargantes que no ofrecen nada. En muchos casos, puedes llegar a comprender que el medio les permite mostrar una imagen de sí mismos que no se corresponde con la realidad y que, al menos, les permite vivir una vida diferente de la que desgraciadamente les ha tocado. Así, alardean de sus amores, de sus ropas, de sus posturas, de sus viajes, de lo que otros les han dicho o de lo bien que les va, cuando la cosa no es tan brillante. Responden al ‘dime de qué presumes’ y eso los excusa, y te hacen sentir una cierta ternura por esa miseria que pretenden ocultar, no a tus ojos, sino a sus propios ojos.

Pero, en otros casos, son apariciones intermitentes, cuidadosamente espaciadas en el tiempo que lo que pretenden es sorprender y resultar relevantes. Se dedican a hacerse propaganda: He hecho esto o lo otro o lo de más allá y sé que no pararéis hasta encontrar esa maravilla que he hecho, porque todos sabéis que soy especial y lo que produzco es excelso. No es el artesano o el artista o el escritor que viven de su producción y por tanto usan el medio para que no decaiga la atención sobre su trabajo. Porque eso es: un trabajo. No, son aquellos que viven de otra cosa y que solo miran al mundo como a un gran zoco del que obtener beneficio. Tienen una mercancía y por allí pasan miles de potenciales clientes. Ellos son mercaderes y mercadean con lo que sea.

No son lo que se ve, están para que les vean y son solo eso: una presencia.

El administrador infiel

Ha tomado posesión de su cargo de Presidente de EEUU el señor Joe Biden. ¡Dios mío qué descanso! Por unos angustiosos instantes, tras el asalto al Capitolio de una masa enardecida por el presidente saliente, nos temimos todos lo peor.

Debo reconocer que no me hago grandes ilusiones; el imperio es el imperio. Sus motivos e intereses no pasan por los nuestros o, más bien, pasan por encima de los nuestros y, con nuestros, me refiero a los del resto del mundo.

De los vándalos asaltantes ya hablaré otro día. De lo que nos vaya deparando el futuro, ese futuro dirá si merece la pena dedicarle atención o me pillará tan cansada que no podré ni articular una frase. Pero hoy, unas horas después de que el señor Trump se fuera a Florida, haciendo el último feo a su sucesor y a la democracia, aún tengo que hablar de él, a pesar de que ha suavizado el color naranja de su pelo y tez.

Resulta que, en las últimas horas de su mandato, se ha dedicado a indultar a una pandilla de felones que habían hecho varias maldades de distinto tipo. Es posible que muchos no estéis familiarizados con el Evangelio de Lucas, pero en su capitulo 16, versos del 1 al 8, encontraréis una historia que encaja como anillo al dedo con esta realidad de Trump, amnistiando a personajes indeseables.

Dice así el texto:

Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo. Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente; porque los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz.

No creo que necesite de exégesis, ni para su interpretación ni para la comparación. No creo que don Donald esté para picar con la azada ni para pedir por las calles; así que tiene que labrarse amigos con los que seguir haciendo negocios, si consigue salir medio bien parado de los juicios que le esperan.

Siempre dije que era un agente de las sombras. Esto demuestra mi teoría. Deberíais leer el Evangelio, permite entender el mundo.

 

Insurrectos

No es una cuestión excesivamente novedosa, pues siempre, a lo largo de la historia, ha habido y habrá grupos o individuos que aprovechan cualquier manifestación de descontento para llevar a cabo actos vandálicos. Pero nunca, me parece, ha habido tantas expresiones de rebeldía sin una razón o un motivo claro que las sustentara. Incluso, yo me atrevería a decir, que nunca había habido tanta contestación apoyada en opiniones peregrinas o en francas mentiras.

Desde hace algunos años, quizá más de veinte, he venido encontrando gente, aparentemente concienciada en el plano social o político, que prefería un rumor o un bulo, cuanto más obscenamente ilógico mejor, para dar sentido a sus sospechas o reivindicaciones. Gente que, por otra parte, no se informaba en fuentes fiables, sino que prefería a esos voceros de los malos augurios o las profecías siniestras o a los inconscientes capaces de divulgar cualquier cosa porque les parecía sorprendente o contracorriente.

Entre estos aficionados a los malos presagios y los absurdos, también los había que, como se decía clásicamente ‘comulgaban con ruedas de molino’, sólo porque lo había dicho el secretario general de su partido. Muchos habían sustituido a Dios y sus profetas por el jefe de las filas en las que militaban. Otros, peor aún, consideraban que Dios mismo era quien inspiraba a su jefe de partido.

En los últimos tiempos de esta dichosa pandemia, nos encontramos con ciudadanos que niegan la existencia del virus. Para ellos los muertos en un número doloroso no parecen significar nada y sienten que se trata de una conspiración para no dejarlos salir de casa. Echan de menos su vida anterior. Cuando sus abrazos eran más bien muestras de hipocresía o simple costumbre social carente de sentido afectivo o, incluso, algo que rechazaban como la obligación de ir a comer a casa de la suegra o cenar con un cuñado, detestando a ambos. Cuantos no se han quejado de que la Nochebuena (ya perdido todo su sentido religioso) o el Fin de Año no eran más que fiestas en las que divertirse era una obligación y abogaban por una diversión propia y exclusiva que los diferenciara de las masas embrutecidas y alienadas por la sociedad de consumo. Esos mismos son los que más protestan ahora de que les hayan ‘robado la Navidad’. Cuando, si hubieran conservado su verdadero sentido, sabrían que es una luz que brilla en lo más profundo del corazón y que no necesita de fastos añadidos. Pero no son estos los insurrectos. Estos no son más que una muestra de esos ejemplares irreductibles que representan ‘el qué dices, que me opongo’.

Siempre ha habido gente que iba contracorriente porque consideraba que la vida debía ser de otro modo; más justa, más igualitaria, más humana, más entrañable, más respetuosa con todos los seres vivos y con el entorno.  Sin embargo, un nuevo fenómeno está apareciendo: el de aquellos que no defienden ninguna causa, ni la ecología, ni la igualdad social, ni la defensa de los débiles, los marginados o los sufrientes. Simplemente ha aparecido una categoría que sólo piensa en divertirse y entiende la diversión como entregarse a la ingesta de alcohol, estupefacientes y ruido. Así se ha convertido en una masa nómada que recorre las carreteras al toque de una convocatoria en redes sociales para hacer precisamente eso: juntarse a beber y demás. Esto parece llenar sus vidas y lo hacen justamente porque está recomendado que no se haga. Son capaces de enfrentarse a multas y sanciones, a desafiar a los cuerpos de seguridad, como los nuevos mártires de la ‘sincausa’.

Son los nuevos insurrectos que niegan la realidad y se apartan de ella como de la peste. Si siempre le había sido difícil al ser humano distinguir lo real de lo ficticio o del engaño de los sentidos, ahora resulta que estos individuos se sumergen en la confusión, aceptándola como una realidad absoluta y total. Es posible que yo ya sea muy mayor para comprender qué sentido tiene un sinsentido.

 

 

Devoción y cosmética

Hace ya muchos años, mi padre tenía un socio que siempre le detraía un tres por ciento de la parte que le correspondía, alegando que era para sus pobres. Mi padre señalaba que estaba harto de que hiciera caridad con su dinero; ya haré yo las limosnas, si lo creo conveniente, pero que este me sise, me pone de los nervios. Por si fuera poco, el tal socio se llamaba don Pío y era de comunión diaria. Cuando mi padre le señalaba a mi madre esta circunstancia, esta le contestaba invariablemente: Si no fuera tan devoto, sería peor.

Cada mañana, me pongo una crema de contorno de ojos que tiene el delicioso nombre de drops of youth. Cada vez que la uso y, luego, me miro al espejo, pienso que no me bastan unas gotas de juventud, sino que necesitaría un buen chaparrón. Pero, inmediatamente pienso: Si ni fuera por estas gotitas, sería peor.

Efectivamente, en la ética y en la estética, hay unos mínimos que si no se dieran, sería mucho peor