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RECICLAJE

Como ocurre con muchos jubilados, ahora veo más televisión que cuando era joven. No es que me haya vuelto adicta a la caja tonta, es que ahora no tengo que salir corriendo a dar clase después de comer, sino que puedo practicar ese incómodo modo de hacer una siesta, con el cuello torcido en el sofá, mientras me arrulla la voz de un o una locutora.

No es la mía una actividad original, hay quien se dedica a los documentales de vida salvaje, quien a los de las grandes construcciones de la antigüedad; ya sabéis, el Mausoleo de Halicarnaso, los Jardines de Babilonia o el Faro de Alejandría; otros ven deportes o proezas bélicas. Yo, como se me ha reprochado cuando describo interiores en mis relatos, siempre he sido aficionada a la decoración y a las reformas de casa. No por el mero hecho de cambiar, sino porque las casas deben transformarse a medida que se transforman sus moradores. Bien, justificada esta afición mía que es bastante incomprendida, pasaré a lo que iba.

En lugar de esos programas que he referido, a los que se podría añadir las novelas y culebrones interminables, a mí me da por los programas de rehabilitación de viviendas (como es natural). Hay un ciento de ellos en muchas cadenas y no todo el mundo se atreve a confesar que los mira con deleite. La mayor parte de estos episodios duran una media hora o algo más y se refieren a lugares de los Estados Unidos o de Canadá. Los hay que se dedican al rescate de casas en muy mal estado, saneando de paso los barrios; los hay que reparan una casa para venderla mejor, mientras a los propietarios les buscan otra casa que resuelva sus necesidades; otros simplemente les arreglan la casa con el fin de que se queden en ella y no se muden.

En todos estos programas, los contratistas tienen el empeño de rescatar los elementos que señalen a la antigüedad de dicha vivienda, de manera que no son partidarios de tirarla abajo y hacer una de nueva planta en su lugar. Como las más antiguas de estas casas proceden de comienzos del siglo XX -ya sabemos que estos países son de reciente creación- pues, muchas veces, todo lo más se puede rescatar un montante de cristal emplomado, un trozo de yeso con un papel pintado encima o una ménsula que sujeta el voladizo del porche. Los responsables de la restauración, haciendo gala de mucho ingenio, transforman esos objetos en un cuadro, una mesa para el café, un adorno que llena una pared o mil y un objeto más.

Muchos de los elementos que se rescatan son antiguos sanitarios; lavabos y bañeras, sobre todo. Proceden entonces a esmaltarlos de nuevo, les acoplan una grifería que imita antiguo o incluso llevan la grifería estropeada y roñosa a niquelar de nuevo. Los viejos muebles de cocina en los que se guardaba la masa del pan, o en los que se echaba la harina para cerner y reservarla, se repintan, se les añaden algunos detalles de latón y vuelven a formar parte de una cocina de ‘open concept’, que es lo que se lleva, pero con un toque ‘vintage’, que es también la tendencia.

Los azulejos viejos, los ladrillos, que se sustituyen por planchas de cartón enyesadas, se recuperan para ponerlos en el jardín, o bien se dejan en su lugar y reciben una mano de cal o de barniz que los preserve. El lema es: Dar una nueva vida a elementos que remiten a la historia del lugar.

Resulta que, por años, nos han estado convenciendo de que era mejor la formica que el mármol y estos restauradores se inflan a poner ‘carrara’. Nos han dicho que las bañeras de patas de garra eran un horror y ahora resulta que no solo las imitan, sino que rescatan las viejas y allá que las ponen en lugar prominente, marcando estilo.

Ahora, hasta los modistos se han dado cuenta de que hay que reciclar ropa, cosa que nuestras madres hacían a la perfección. Incluso se ofrecen a arreglar las prendas que te vendieron hace tiempo y que no hace tanto te invitaban a tirar y sustituir. Se ha acabado lo de usar y desechar.

Nos tienen que reeducar, precisamente, los que nos convencieron de que lo ‘moderno’ era cambiar, derribar y sustituir; mientras que, los que carecen de poder adquisitivo se tienen que conformar con consumir ropa y enseres de usar y tirar, porque son los que no cuestan caro. En cambio, lo de reciclar, sale por un ojo de la cara, en dinero, espacio, esfuerzo y te hace depender de un artista ‘reciclador’. Hemos perdido una habilidad que tenían nuestras madres y nuestros padres, ahora tardaremos años en recuperarla, si es que lo conseguimos. Mientras, alguien se estará haciendo aún más rico.

 

LOS HÉROES

Una noticia, de esas que aparecen en las esquinas olvidadas de los periódicos, se refiere a la disputa generada por un cambio de los nombres de algunas calles. Concretamente el debate se ha fijado en los nombres de Gravina, Topete y Churruca. Estos nombres se refieren en primer lugar a almirantes de esos de los que habla Galdós en sus Episodios nacionales, que este año conmemoramos especialmente, – me refiero a los escritos de Galdós-  y que se significaron en la lucha, en época de Napoleón, contra la flota inglesa, con bastante mala fortuna, ya que murieron, al menos dos de ellos, por las heridas sufridas en batalla. El debate se produce porque en la Guerra civil se usaron navíos de guerra con esos nombres gloriosos de más de un siglo atrás, y se discute si formaron en la armada de la República o en la del golpista.

Así pues, los argumentos son que, si los nombres se refieren a los marinos, pueden pasar, pero si se refieren a los barcos eso ya no es tolerable. Este punto no es fácil de dilucidar y, por tanto, la polémica viene a ser casi irresoluble. Pero, contraviniendo lo que recomienda la sabiduría popular: “en caso de duda, abstenerse”, los munícipes han eliminado del callejero dichos nombres por más que correspondan a héroes que casi podrían equipararse a Viriato o Aníbal, pongo por caso.

La laica y democrática Francia, por su parte, en cuya historia más o menos reciente, según se mire, figura un individuo que encarna la mayor traición al espíritu de su tiempo. Un personaje advenedizo que toma el poder, somete a su patria a una terrible sangría y, finalmente, es encerrado en una isla para que purgue su deshonor.

A estas alturas creo que todo el mundo habrá adivinado que se trata del célebre Napoleón, que no solo machacó a su patria, sino que se burló de la Revolución, de las clases aristocráticas, del pueblo y de la monarquía y tuvo la desfachatez de someter a sangre y fuego a toda Europa y a la historia de su país a un Imperio de usurpación, que sólo pudo ser frenado por el frío invierno del Imperio ruso.

Esto último lo sabe también todo el mundo, no ya por los libros de historia o la novela de Tolstoi, que tiene demasiadas páginas, sino por la cinematográfica, Guerra y paz,  de la lindísima Audrey Hepburn y del Mel Ferrer de siempre, entre otros.

Pero, en la dulce Francia, a este caballero lo enterraron con honor en Los Inválidos; el Arco de la Estrella, fue dedicado a todas las batallas que provocó, las ganara o no, pues allí figuran Bailén, Zaragoza y otras que todos aprendimos en la escuela que las ganaron o las mujeres o los garrochistas andaluces.

A nadie jamás se le ha ocurrido borrar su nombre, quitar sus retratos, sus estatuas o realojar sus huesos. Fue un vándalo en cuyos ejércitos murieron miles de hombres de forma poco gloriosa, pues la mayoría perecieron de hambre y frío, dejando sus huesos en las tierras heladas del este del continente. La falta de hombres hizo que la economía francesa se recuperara muy lentamente durante años y cediera su puesto en el concierto de las naciones a Inglaterra. En fin que este señor fue un desastre. Pero nadie lo ha borrado de la lista. Fue mucho más pernicioso para su tierra y para el mundo que lo pudieran ser Churruca o Gravina e incluso algunos otros.

La memoria histórica consiste precisamente en no borrar la memoria de nadie, contar quienes fueron, qué hicieron, cómo unos u otros utilizaron su nombre, su prestigio o su poder para reivindicar su propio interés. Hacer lo contrario se llama desde antiguo damnatio memoriae, es decir, mentarles la madre, pero en latín que es más fino y raspar sus nombres de los cartuchos en las pirámides egipcias o tirar sus estatuas en las puertas de Nínive. Así que aquí aún andamos por el tercer milenio a. C.

El árbol del bien y del mal

Vivimos una época complicada. De esto no cabe duda. La terrible enfermedad que nos asola, que se lleva vidas o amarga a muchos las suyas; que deja secuelas que impiden desarrollar la actividad habitual; que obliga a los niños a ir enmascarados y a no ver a sus amigos y parientes; que impide a los amigos reunirse o a los padres encontrarse con sus hijos y nietos; que no deja que la gente se desplace a municipios cercanos o lejanos, que viaje o vaya a visitar espacios que le apetece conocer. Las secuelas de esta pandemia son por otra parte terribles porque han modificado irremediablemente los modos de vida; ya no es fácil ser un vendedor ambulante, ni un feriante, ni un restaurador. Obligan a muchos a convertir su casa en su oficina lo que sin duda comporta una terrible renuncia; la de distinguir entre un espacio público y uno privado. En fin, podríamos continuar con la ristra interminable de males que sigue a este mal. Sin embargo, la intención de estas letras es otra.

Muchos de los que estudiasteis Historia sagrada en vuestra infancia y otros por razones de creencia o simple cultura conocéis el relato del paraíso y de la expulsión del mismo de Adán y Eva por comer del ‘árbol del bien y del mal’ o el ‘árbol del conocimiento’. En ese mito del origen, parece que el Dios creador se reservó el conocimiento para sí mismo, dejando al hombre en un estado de inocencia perpetua. Es posible que el Señor pensara, en principio, que los seres humanos serían más felices si no percibían la maldad y por tanto podían desechar el temor o la culpa y, puesto que había creado a aquellas criaturas humanas con verdadero mimo y cariño, poniéndolas al frente de toda la creación para que disfrutaran de ella, estimó oportuno privarlas de ese conocimiento. El conocimiento, por otra parte, no es sino producto de la propia vida. Eso que llamamos experiencia y, consecuentemente, era de prever que caerían en el conocimiento, aunque fuera solo por desobedecer una orden.

Si echamos la vista atrás y nos remontamos a nuestra infancia posiblemente muchos de nosotros recordaremos algo que hicimos, sin querer, de modo inadecuado y nos enseñó a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Eso es lo que cuenta el mito; los seres humanos, por el simple hecho de estar vivos y de actuar, necesariamente conocemos el bien y el mal a partir de hechos nimios, ejemplificados perfectamente en el acto inocente de comerse una fruta.

Sin embargo, recientemente, se han producido algunos acontecimientos sorprendentes y los que han incurrido en ellos han mostrado un total desconocimiento de la distinción entre el bien y el mal, o bien, lo que es peor, distinguiéndolos, han reflexionado acerca de otros posibles perjuicios o beneficios y han tomado decisiones a favor del mal.

Se podrían presentar múltiples ejemplos, pero me centraré en dos nada más. El primero de los hechos es el de saltarse los protocolos establecidos y vacunarse fuera de orden. Es llamativo que casi todos han dicho no haber caído en la cuenta de que obraban mal. Esto me sorprende en adultos ilustrados. Cuando menos, debería haberles dado pudor aducir una excusa tan burda. Solo comparable a las respuestas de Adán; la mujer me engañó o, la de la mujer; la serpiente me engañó. Pero en el mito, ya que no es más que un cuentecillo, está justificada una excusa tan infantil. No hay que olvidar que estamos en los principios de los tiempos.

Estas excusas producen sonrojo, sin duda, y hablan de una mentalidad infantil que no distingue el bien del mal. Los sujetos en cuestión me conmueven en su miseria. Al menos, Adán y Eva estaban avergonzados; estas criaturas no. Simplemente no cayeron en la cuenta de que esas cosas no se hacen porque están mal. La vacunación persigue el bien común y establece el orden de los más vulnerables. Esto lo entiende cualquiera. Ya digo, estoy pasmada.

El segundo acontecimiento es el proceso de impeachment del expresidente de los EEUU. Por supuesto que es una decisión colectiva y los de su partido iban a votar en contra porque les arrastra la vergüenza de su antiguo jefe de filas. Pero qué clase de jefe de filas de un estado poderoso y que se pretende ejemplar azuza a sus seguidores a comportarse como vándalos (pobres vándalos). Qué clase de persona, si no se le marca el territorio, acabará insistiendo en ser de nuevo presidente y llevando aún más lejos la vergüenza generalizada a la que ha sometido a su país y muchos otros lugares en el mundo, sin que sus correligionarios le pongan freno. Entre el bien y el mal, esos senadores  han debido echar sus cuentas y han llegado a la conclusión de que ‘para ellos’ era mejor que no se estigmatizara a su exjefe. Estos seguro que saben distinguir entre el bien y el mal, pero tal vez piensan que del mal van a obtener alguna ventaja o evitar algún perjuicio. Su acción no es de infantilismo o ignorancia, es de interés y perversidad.

Si uno piensa un ratito, puede distinguir entre estas dos posiciones frente al dilema del bien o el mal. Claro que es posible que, a día de hoy, la manzana, el árbol y la serpiente queden muy lejos y, por otro lado, quién tiene tiempo de pararse a pensar en tonterías propias de trasnochados moralistas.

 

Presencia

Mi madre empleaba mucho la frase ‘ser el perejil de todas las salsas’, que señalaba a esas personas que quieren ser el novio en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Vamos, que quieren ser siempre el centro de atención. Esa actitud, al menos bastante frecuente, señala a alguien que o bien siente una alta autoestima o bien todo lo contrario y necesita el refrendo de los demás.

Esa necesidad de protagonismo me lleva a plantearme aquello del ser y el parecer o, si no se quiere ser tan solemne, del ser y el estar. Cuando uno enseña español a un extranjero, se da cuenta de lo difícil que es hacerle distinguir entre el verbo ser y el verbo estar, ya que en un buen número de lenguas esa realidad no existe. En árabe, por ejemplo, sólo hay un verbo para esas dos ideas, sin embargo, la lengua se las ha ingeniado para distinguir con claridad el uso; se ‘es’ siempre que lo que siga señale a una cualidad permanente y se ‘está’, cuando tras el verbo aparece un adjetivo que señala a algo transitorio o bien hay una preposición que señala a un lugar o a un objeto. Entonces el verbo se transforma no solo en un estar, sino en un haber y, finalmente, en un tener y ya se sabe que lo de tener o no tener puede ser algo azaroso; hoy eres rico y mañana no, por ejemplo.

En español, al tener dos verbos que señalan directamente a estos matices y por supuesto a los de tener o haber, a veces yo creo que no se notan las diferencias. Parece que no cabe duda y sin embargo se usan de modo inadecuado o se viven de manera inadecuada, lo que es peor. De ahí tal vez el afán de estar, en lugar de ser.

La presencia de muchos en las redes sociales no se entiende como un medio de comunicarse con otras personas a las que no ves a diario y, ahora con la pandemia, mucho más. Se entiende más bien como un escaparate en el que venderte y venderte del modo en que mejor te puedan comprar. Así vemos que muchos no emplean este medio más que para mostrar su mejor rostro, su gran sonrisa, su pose más atractiva o para señalar cosas suyas que quieren que los demás conozcan. El medio, por otra parte, parece comprender esta realidad a la perfección y, por un lado te ofrece publicidad acerca de objetos por los que en algún momento te has interesado o bien te invita a invertir unas monedas en ‘colocar tu producto’. Resulta sumamente difícil hacerle entender al medio que tú no eres un objeto en venta, ni siquiera tienes algo que vender. No quieres ser famoso, sino aprovechar este medio cómodo y directo para comunicarte con gente a la que aprecias y está lejos, o con gente a la que no ves con frecuencia y cuya vida y sentimientos te interesan o también su producción artística, que te ofrecen gratuitamente, haciéndote disfrutar de su capacidad de dar nuevas versiones de la realidad. Te gusta usar ese medio para conectar con gente que ‘es’ y te cargan todos aquellos que solo aparecen para ‘estar’.

Son presencias indeseadas y cargantes que no ofrecen nada. En muchos casos, puedes llegar a comprender que el medio les permite mostrar una imagen de sí mismos que no se corresponde con la realidad y que, al menos, les permite vivir una vida diferente de la que desgraciadamente les ha tocado. Así, alardean de sus amores, de sus ropas, de sus posturas, de sus viajes, de lo que otros les han dicho o de lo bien que les va, cuando la cosa no es tan brillante. Responden al ‘dime de qué presumes’ y eso los excusa, y te hacen sentir una cierta ternura por esa miseria que pretenden ocultar, no a tus ojos, sino a sus propios ojos.

Pero, en otros casos, son apariciones intermitentes, cuidadosamente espaciadas en el tiempo que lo que pretenden es sorprender y resultar relevantes. Se dedican a hacerse propaganda: He hecho esto o lo otro o lo de más allá y sé que no pararéis hasta encontrar esa maravilla que he hecho, porque todos sabéis que soy especial y lo que produzco es excelso. No es el artesano o el artista o el escritor que viven de su producción y por tanto usan el medio para que no decaiga la atención sobre su trabajo. Porque eso es: un trabajo. No, son aquellos que viven de otra cosa y que solo miran al mundo como a un gran zoco del que obtener beneficio. Tienen una mercancía y por allí pasan miles de potenciales clientes. Ellos son mercaderes y mercadean con lo que sea.

No son lo que se ve, están para que les vean y son solo eso: una presencia.

El administrador infiel

Ha tomado posesión de su cargo de Presidente de EEUU el señor Joe Biden. ¡Dios mío qué descanso! Por unos angustiosos instantes, tras el asalto al Capitolio de una masa enardecida por el presidente saliente, nos temimos todos lo peor.

Debo reconocer que no me hago grandes ilusiones; el imperio es el imperio. Sus motivos e intereses no pasan por los nuestros o, más bien, pasan por encima de los nuestros y, con nuestros, me refiero a los del resto del mundo.

De los vándalos asaltantes ya hablaré otro día. De lo que nos vaya deparando el futuro, ese futuro dirá si merece la pena dedicarle atención o me pillará tan cansada que no podré ni articular una frase. Pero hoy, unas horas después de que el señor Trump se fuera a Florida, haciendo el último feo a su sucesor y a la democracia, aún tengo que hablar de él, a pesar de que ha suavizado el color naranja de su pelo y tez.

Resulta que, en las últimas horas de su mandato, se ha dedicado a indultar a una pandilla de felones que habían hecho varias maldades de distinto tipo. Es posible que muchos no estéis familiarizados con el Evangelio de Lucas, pero en su capitulo 16, versos del 1 al 8, encontraréis una historia que encaja como anillo al dedo con esta realidad de Trump, amnistiando a personajes indeseables.

Dice así el texto:

Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo. Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente; porque los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz.

No creo que necesite de exégesis, ni para su interpretación ni para la comparación. No creo que don Donald esté para picar con la azada ni para pedir por las calles; así que tiene que labrarse amigos con los que seguir haciendo negocios, si consigue salir medio bien parado de los juicios que le esperan.

Siempre dije que era un agente de las sombras. Esto demuestra mi teoría. Deberíais leer el Evangelio, permite entender el mundo.

 

Insurrectos

No es una cuestión excesivamente novedosa, pues siempre, a lo largo de la historia, ha habido y habrá grupos o individuos que aprovechan cualquier manifestación de descontento para llevar a cabo actos vandálicos. Pero nunca, me parece, ha habido tantas expresiones de rebeldía sin una razón o un motivo claro que las sustentara. Incluso, yo me atrevería a decir, que nunca había habido tanta contestación apoyada en opiniones peregrinas o en francas mentiras.

Desde hace algunos años, quizá más de veinte, he venido encontrando gente, aparentemente concienciada en el plano social o político, que prefería un rumor o un bulo, cuanto más obscenamente ilógico mejor, para dar sentido a sus sospechas o reivindicaciones. Gente que, por otra parte, no se informaba en fuentes fiables, sino que prefería a esos voceros de los malos augurios o las profecías siniestras o a los inconscientes capaces de divulgar cualquier cosa porque les parecía sorprendente o contracorriente.

Entre estos aficionados a los malos presagios y los absurdos, también los había que, como se decía clásicamente ‘comulgaban con ruedas de molino’, sólo porque lo había dicho el secretario general de su partido. Muchos habían sustituido a Dios y sus profetas por el jefe de las filas en las que militaban. Otros, peor aún, consideraban que Dios mismo era quien inspiraba a su jefe de partido.

En los últimos tiempos de esta dichosa pandemia, nos encontramos con ciudadanos que niegan la existencia del virus. Para ellos los muertos en un número doloroso no parecen significar nada y sienten que se trata de una conspiración para no dejarlos salir de casa. Echan de menos su vida anterior. Cuando sus abrazos eran más bien muestras de hipocresía o simple costumbre social carente de sentido afectivo o, incluso, algo que rechazaban como la obligación de ir a comer a casa de la suegra o cenar con un cuñado, detestando a ambos. Cuantos no se han quejado de que la Nochebuena (ya perdido todo su sentido religioso) o el Fin de Año no eran más que fiestas en las que divertirse era una obligación y abogaban por una diversión propia y exclusiva que los diferenciara de las masas embrutecidas y alienadas por la sociedad de consumo. Esos mismos son los que más protestan ahora de que les hayan ‘robado la Navidad’. Cuando, si hubieran conservado su verdadero sentido, sabrían que es una luz que brilla en lo más profundo del corazón y que no necesita de fastos añadidos. Pero no son estos los insurrectos. Estos no son más que una muestra de esos ejemplares irreductibles que representan ‘el qué dices, que me opongo’.

Siempre ha habido gente que iba contracorriente porque consideraba que la vida debía ser de otro modo; más justa, más igualitaria, más humana, más entrañable, más respetuosa con todos los seres vivos y con el entorno.  Sin embargo, un nuevo fenómeno está apareciendo: el de aquellos que no defienden ninguna causa, ni la ecología, ni la igualdad social, ni la defensa de los débiles, los marginados o los sufrientes. Simplemente ha aparecido una categoría que sólo piensa en divertirse y entiende la diversión como entregarse a la ingesta de alcohol, estupefacientes y ruido. Así se ha convertido en una masa nómada que recorre las carreteras al toque de una convocatoria en redes sociales para hacer precisamente eso: juntarse a beber y demás. Esto parece llenar sus vidas y lo hacen justamente porque está recomendado que no se haga. Son capaces de enfrentarse a multas y sanciones, a desafiar a los cuerpos de seguridad, como los nuevos mártires de la ‘sincausa’.

Son los nuevos insurrectos que niegan la realidad y se apartan de ella como de la peste. Si siempre le había sido difícil al ser humano distinguir lo real de lo ficticio o del engaño de los sentidos, ahora resulta que estos individuos se sumergen en la confusión, aceptándola como una realidad absoluta y total. Es posible que yo ya sea muy mayor para comprender qué sentido tiene un sinsentido.

 

 

Devoción y cosmética

Hace ya muchos años, mi padre tenía un socio que siempre le detraía un tres por ciento de la parte que le correspondía, alegando que era para sus pobres. Mi padre señalaba que estaba harto de que hiciera caridad con su dinero; ya haré yo las limosnas, si lo creo conveniente, pero que este me sise, me pone de los nervios. Por si fuera poco, el tal socio se llamaba don Pío y era de comunión diaria. Cuando mi padre le señalaba a mi madre esta circunstancia, esta le contestaba invariablemente: Si no fuera tan devoto, sería peor.

Cada mañana, me pongo una crema de contorno de ojos que tiene el delicioso nombre de drops of youth. Cada vez que la uso y, luego, me miro al espejo, pienso que no me bastan unas gotas de juventud, sino que necesitaría un buen chaparrón. Pero, inmediatamente pienso: Si ni fuera por estas gotitas, sería peor.

Efectivamente, en la ética y en la estética, hay unos mínimos que si no se dieran, sería mucho peor

Las palabras tienen historia

Las palabras tienen historia y no me refiero a su etimología, a si son préstamos, calcos o adaptaciones de otras lenguas. Me refiero a que forman parte de nuestra historia; las aprendimos y recordamos el momento en que lo hicimos; las usaba nuestra madre o nuestro padre; se empleaban en un momento de nuestra historia y luego fueron sustituidas por otras. Podríamos decir que las palabras tienen nuestra propia historia. Quizá mejor; nosotros tenemos una historia que está vinculada a determinadas palabras.

Tengo un amigo, buen  lector, puntilloso con el lenguaje y respetuoso con las directrices de la Academia que, no hace mucho, me reprochaba el uso de la expresión ‘la médico’.  Incluso, puesto que me considera feminista, le parecía extraño que contraviniera no solo la norma, sino también el espíritu que inspira el uso de ‘la médica’.

Sin embargo, ya le expliqué -quizá con un punto de soberbia- que los hablantes y sobre todo los escritores (contándome entre ellos) somos los que hacemos el lenguaje y no los académicos/as; (aunque tras la barra, haya muchas menos).

Pero, pensando en por qué me había ‘enervado’ su advertencia y en un íntimo psicoanálisis me di cuenta de que mi rechazo a la feminización de médico, así como a la de militar no tiene nada que ver con la Academia, pero sí con la defensa de género.

Cuando yo era jovencita, médica, con el artículo definido delante, al igual que militara, eran términos que se aplicaban generalmente a las esposas de quienes tenían la medicina o las armas como profesión. No había mujeres militares y si había alguna médico eran tan pocas que no contaban. Esto suponía, sin duda, algo más general en la apreciación de las mujeres. Ellas no contaban para nada, eran algo en función de lo que fueran sus maridos y si no tenían marido eran o viudas o solteronas, pero no se suponía que ejercieran una profesión.

De manera que aunque la Academia haya aceptado el término en su forma femenina, a mí me resuena en la memoria con un deje de desprecio a la mujer, de manera que, siendo yo mujer, no pienso emplearlos se pongan como se pongan los académicos/as. De ahí mi enfado. Saltó dentro de mí un resorte efectivamente feminista o femenino de defensa de la igualdad. Si por siglos un médico varón era un médico, ahora que las mujeres empiezan a abundar en la profesión, no me cabe duda de que han de ser ellas también ‘médicos’ y no ‘médicas’ como lo fueron sus madres o abuelas.

El imaginario está también construido con palabras y ese imaginario refleja un mundo personal tan importante como el mundo real, compartido por todos. En otro orden de cosas, más bien tocante a la estética, cuando veo a alguien, en particular a una mujer, con un tatuaje, no puedo dejar de pensar en la Legión extranjera, fundada por Millán Astray. En su día, a imitación de la existente en otros países europeos, se nutría de personas de dudosa conducta y su servicio a la patria -aunque no fuera la suya de origen- los ayudaba a redimirse de sus malas andanzas anteriores. Aquellos bravos hombres, muchos de ellos marineros contrabandistas y piratas, llevaban su historia dibujada con tinta en la piel; mostraban el vello del pecho con orgullo y presumían de bravucones, pendencieros, bebedores y mujeriegos y de un arrojo a prueba. Eran, pues, el símbolo del varón y macho dominante. Algo muy lejos de lo que significan hoy en día algunas mujeres, bien conocidas de todos, que son modelos de feminidad, inteligencia, valía y atractivo, pero que llevan su cuerpo tatuado de arriba a abajo. No puedo dejar de mirarlas y pensar en la Legión.

Podría decir que no me gusta, que no me parece femenino, que no le veo la gracia, pero en realidad lo que siento es un rechazo profundo a usar una estética confusa y que si a algo apunta es a violencia y bravuconería. Ahora que, no en todos, pero en bastantes hombres empezamos y ellos mismos empiezan a valorar su lado femenino, ganando en sensibilidad, ternura y delicadeza, no veo que nosotras tengamos que imitar lo más grosero, rudo y áspero de los varones.

Las palabras, pues, forman parte de nuestra historia y nos evocan mundos que no son solo normativos o ideológicos. Son arqueológicos. Ya se sabe que el mundo material a veces contradice al mundo de las crónicas.

America first

En alguna de estas páginas ya puse de relieve lo que han cambiado las cosas en los últimos tiempos. Antes, aquellos que detentaban el poder u ocupaban cargos de responsabilidad, los que pertenecían a la clase dominante o a la aristocracia debían dar ejemplo. Por supuesto, no soy tan ingenua como para pensar que todos y cada uno de ellos eran personas decentes a las que nada se les podía reprochar, en absoluto. Más bien eran personas que,  al menos, guardaban las apariencias. Eran conocidas sus maniobras, su doble vida, su estricto proceder en algunos aspectos y su manga ancha en otros, pero todo ello, sabido, solo se transmitía en susurros y el propio o la propia mantenían una cierta discreción. Muchos pueden pensar que ese modo de proceder es una forma evidente de hipocresía, pero ante esa ocultación de las vergüenzas, al menos se podía observar eso; una cierta vergüenza. Hay cosas de las que no se habla y, desde luego, no se alardea.

Sin embargo,  en el momento presente ocurre todo lo contrario. Cosas que ofenden a la mas gruesa de las sensibilidades se airean y se ostentan como títulos de gloria. Hay acciones estúpidas como por ejemplo la de un individuo que se dedica a tirar cosas,  como lavadoras o muebles de todo tipo, por el balcón de su casa, al tiempo que lo graba con su móvil y sube a las redes sociales con el fin de conseguir muchos ‘me gusta’ y batir una especie de record que él mismo se ha marcado. Hay otros que alardean de amores patrios y defienden la gloria de su nación, su independencia y supremacía contra viento y marea. Esto podría ser muy loable. ¿Quién no desea que su tierra brille por encima de las de los demás en sabiduría, bienestar, solvencia y felicidad? Es evidente  que muchos nos apuntaríamos a defender a nuestra tierra con ardor para lograr que mereciera ese título de la mejor tierra del mundo. Por supuesto, además, si esa tierra había sido el centro del universo en algún momento, nos gustaría que volviera a ocupar ese lugar o uno muy cercano.

Pero, hay personas que son extremosas en todo. Hay un señor que proclama, siempre que puede, que America first. Lo que como vengo diciendo le honra pues demuestra su amor a la patria. Sin embargo, al mismo tiempo, no paga sus impuestos, con lo que demuestra que ese amor a la patria roza con una barrera importante cuando se trata de aflojar el bolsillo. De manera que su America first choca violentamente con el lema ‘pagar, lo último’.

De este modo tan simple se pone en entredicho su supuesto amor a la patria y que toda su acción vaya encaminada a darle lustre y esplendor o recobrar el poder perdido. Esto les ocurre a muchos otros que andan a la greña, mientras sus conciudadanos enferman y mueren y lo hacen con la boca llena de que están cuidando del bienestar de los súbditos. A ver si hay mas de uno y de dos que andan enredados entre lo ‘primero’ y lo ‘último’.

En cualquier caso unos y otros nos han colocado en un lugar bien definido: El del bochorno. Y este está bien delimitado.

La imagen

Hasta hace aproximadamente cinco años, mi imagen no me desconcertaba. Es decir, hasta no pasar de los 66 años de edad, la imagen que veía en los espejos o que me asaltaba desde la cristalera de una puerta o un escaparate me era fácilmente reconocible como la mía. Sin embargo, en los últimos cinco años, me he dado cuenta de que cada vez que al lavarme los dientes levanto la cabeza y mi mirada se cruza con la de la imagen que me contempla desde el espejo, no siento que aquel rostro sea el mío. Pero si bien esta falta de reconocimiento propio es en alguna medida sobrecogedora, lo es más aún la imagen que vislumbro de cuerpo entero cuando me topo con un espejo o con una cristalera; ese cuerpo difícilmente lo puedo asociar al que yo creía poseer. No me reconozco en esa imagen. Debo hacer un esfuerzo para darme cuenta de que es mi reflejo. Generalmente me delata la ropa. Pienso; ese traje es mío. Ahí hay alguien que lleva un vestido que yo tengo y, entonces, me doy cuenta de que se trata de mí. Es mi imagen la que estoy viendo.

Esa espalda redondeada, de la que emerge un cuello más bien corto e inclinado hacia adelante. Ese vientre abultado que sobresale más que las redondeces del pecho. Esa anchura de caderas… Yo había sido una mujer (antes una muchacha) más bien espigada; delgada, esbelta y de movimientos rápidos, con el vientre totalmente plano y la espalda recta, con el cuello largo y la barbilla elevada, sin ser altanera. Cuando era muy jovencita, las redondeces de mi busto me abrumaban un poco y me inclinaba hacia adelante, intentando que pasara desapercibido. Pero, con el paso del tiempo, empezó a formar parte de una de mis señas de identidad; un pecho ni demasiado grueso ni escaso. Proporcionado y firme que le daba un toque de clara femineidad a toda mi figura. La cadera era ancha, pero no gruesa y las piernas delgadas pero bien torneadas, de manera que no había desproporción manifiesta. Puede decirse sin soberbia ni falsa modestia que me encontraba acorde con mi cuerpo y, desde luego, reconocía mi imagen.

No cabe duda de que desde hace algo más de diez años he empezado a ganar peso, realidad que se ha agudizado en los últimos cinco años y que no ha habido forma de frenar a pesar de que, o precisamente por ello, he cambiado de hábitos alimenticios, empleándome con rigor en una estricta dieta de la que se han suprimido las carnes rojas, las grasas animales de todo tipo, parte de los lácteos y se ha reducido drásticamente la aportación de hidratos de carbono. Por supuesto y aunque nunca fui bebedora, he prescindido casi por completo de la ingesta de alcohol y, si siempre fui poco golosa, desde hace más de cinco años, ha desaparecido toda clase de azúcares, salvo los inevitables y naturales, de mi alimentación cotidiana. Raramente tomo dulces o bollos etc. He suprimido el trigo, por lo que es fácil ver que no como pan. Es decir, la ingesta de alimentos no es la que contribuye al aumento de peso. Tampoco lo es la falta de ejercicio, porque si bien jamás he sido aficionada a la gimnasia o a ese caminar ligero sin rumbo que muchos practican, no soy una persona sedentaria que se apoltrona. Más bien soy activa y, por otra parte, mis hábitos en ese sentido no han variado. Nunca había hecho deporte en mi vida y no se puede decir que ahora no camine más que nunca, pues al cambiar mi situación profesional que me obligaba a ir en coche a todas partes, ahora, por el contrario, voy a pie a todos los lugares a donde he de ir.

De manera que este cambio físico que me ha convertido en un ser cargado de redondeces responde sola y exclusivamente al puro paso del tiempo. Esta realidad que yo creía tener prevista y de la que, por ejemplos vividos y cercanos de rechazo de la vejez, creía que me había inmunizado, resulta que me ha atrapado. Constato que no solo no me gusta lo que veo, sino que lo que más me disgusta es que no me identifico con esa imagen. Dentro de mí está la misma de siempre, esa que ha vivido 66 años de su vi

da con una imagen que, sin duda no era la misma, pero que conservaba una serie de rasgos comunes bien diferenciados y  que ahora se ocultan o se enmascaran bajo esa masa redondeada que me identifica pero con la que no me identifico. De ahí que cuando me asalta, me sorprenda.

Pensando en ello, no obstante, me doy cuenta de que esa misma experiencia la tendría, me temo, si hubiera conservado el peso que tenía hace cinco o diez años. Debe ser terrible ponerse la misma ropa de hace veinte años y creer que se está favorecido con ella, cuando el pecho se ha hundido o no está tan terso como estaba y el escote revela pliegues y arrugas y el cuello aparece descarnado y con cuerdas tirantes. Debe ser espantoso verse las carnes bamboleantes, apenas despegándose del hueso y con los músculos sin tensión. Esos pliegues de la espalda, esas mollas mínimas que son más bien trozos de piel gruesa. Las pequeñas venitas que se arraciman aquí y allá. En fin, esa miseria física que se apodera de cualquier cuerpo, pero que nos induce a engaño si por conservar la talla y el peso de los treinta años, creemos que aún conserva la tersura de entonces. En ese engaño es fácil caer. Es fácil creer que puede uno vestirse como cuando era joven, sea de manera formal o desaliñada y que todo caerá como caía entonces. Una vieja camiseta a los veinte años nos hace parecer más jóvenes aún. Una vieja camiseta a los setenta nos hace parecer más viejos y decrépitos aún.

Es bueno escribir. No solo puede uno manipular los hechos y acomodarlos a su gusto y expectativas. Lo más importante es que puede hablar consigo mismo y dejar constancia de los vericuetos de su diálogo interior. Si hubiera que sacar conclusiones de esta charla hacia adentro, sería que envejecer es bastante penoso. Lo es mucho si ese envejecimiento nos engaña y nos hace creer que seguimos siendo jóvenes. Es triste si no sabemos aceptar que hay un dentro y un fuera. Por dentro se puede ser sabio y reflexivo, por fuera una ruina o un cuerpo en forma de globos que no nos satisface, pero el consuelo interno es muy fuerte. Si esto se produce, como me pasa, ya no me plantea problemas aquello de ‘resucitar con los mismos cuerpos y almas que tuvieron’; porque es evidente que sigo siendo la misma, me devuelvan los espejos o los escaparates la imagen que me devuelvan. Por siempre jamás, seguirá siendo así.