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El administrador infiel

Ha tomado posesión de su cargo de Presidente de EEUU el señor Joe Biden. ¡Dios mío qué descanso! Por unos angustiosos instantes, tras el asalto al Capitolio de una masa enardecida por el presidente saliente, nos temimos todos lo peor.

Debo reconocer que no me hago grandes ilusiones; el imperio es el imperio. Sus motivos e intereses no pasan por los nuestros o, más bien, pasan por encima de los nuestros y, con nuestros, me refiero a los del resto del mundo.

De los vándalos asaltantes ya hablaré otro día. De lo que nos vaya deparando el futuro, ese futuro dirá si merece la pena dedicarle atención o me pillará tan cansada que no podré ni articular una frase. Pero hoy, unas horas después de que el señor Trump se fuera a Florida, haciendo el último feo a su sucesor y a la democracia, aún tengo que hablar de él, a pesar de que ha suavizado el color naranja de su pelo y tez.

Resulta que, en las últimas horas de su mandato, se ha dedicado a indultar a una pandilla de felones que habían hecho varias maldades de distinto tipo. Es posible que muchos no estéis familiarizados con el Evangelio de Lucas, pero en su capitulo 16, versos del 1 al 8, encontraréis una historia que encaja como anillo al dedo con esta realidad de Trump, amnistiando a personajes indeseables.

Dice así el texto:

Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo. Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente; porque los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz.

No creo que necesite de exégesis, ni para su interpretación ni para la comparación. No creo que don Donald esté para picar con la azada ni para pedir por las calles; así que tiene que labrarse amigos con los que seguir haciendo negocios, si consigue salir medio bien parado de los juicios que le esperan.

Siempre dije que era un agente de las sombras. Esto demuestra mi teoría. Deberíais leer el Evangelio, permite entender el mundo.

 

Insurrectos

No es una cuestión excesivamente novedosa, pues siempre, a lo largo de la historia, ha habido y habrá grupos o individuos que aprovechan cualquier manifestación de descontento para llevar a cabo actos vandálicos. Pero nunca, me parece, ha habido tantas expresiones de rebeldía sin una razón o un motivo claro que las sustentara. Incluso, yo me atrevería a decir, que nunca había habido tanta contestación apoyada en opiniones peregrinas o en francas mentiras.

Desde hace algunos años, quizá más de veinte, he venido encontrando gente, aparentemente concienciada en el plano social o político, que prefería un rumor o un bulo, cuanto más obscenamente ilógico mejor, para dar sentido a sus sospechas o reivindicaciones. Gente que, por otra parte, no se informaba en fuentes fiables, sino que prefería a esos voceros de los malos augurios o las profecías siniestras o a los inconscientes capaces de divulgar cualquier cosa porque les parecía sorprendente o contracorriente.

Entre estos aficionados a los malos presagios y los absurdos, también los había que, como se decía clásicamente ‘comulgaban con ruedas de molino’, sólo porque lo había dicho el secretario general de su partido. Muchos habían sustituido a Dios y sus profetas por el jefe de las filas en las que militaban. Otros, peor aún, consideraban que Dios mismo era quien inspiraba a su jefe de partido.

En los últimos tiempos de esta dichosa pandemia, nos encontramos con ciudadanos que niegan la existencia del virus. Para ellos los muertos en un número doloroso no parecen significar nada y sienten que se trata de una conspiración para no dejarlos salir de casa. Echan de menos su vida anterior. Cuando sus abrazos eran más bien muestras de hipocresía o simple costumbre social carente de sentido afectivo o, incluso, algo que rechazaban como la obligación de ir a comer a casa de la suegra o cenar con un cuñado, detestando a ambos. Cuantos no se han quejado de que la Nochebuena (ya perdido todo su sentido religioso) o el Fin de Año no eran más que fiestas en las que divertirse era una obligación y abogaban por una diversión propia y exclusiva que los diferenciara de las masas embrutecidas y alienadas por la sociedad de consumo. Esos mismos son los que más protestan ahora de que les hayan ‘robado la Navidad’. Cuando, si hubieran conservado su verdadero sentido, sabrían que es una luz que brilla en lo más profundo del corazón y que no necesita de fastos añadidos. Pero no son estos los insurrectos. Estos no son más que una muestra de esos ejemplares irreductibles que representan ‘el qué dices, que me opongo’.

Siempre ha habido gente que iba contracorriente porque consideraba que la vida debía ser de otro modo; más justa, más igualitaria, más humana, más entrañable, más respetuosa con todos los seres vivos y con el entorno.  Sin embargo, un nuevo fenómeno está apareciendo: el de aquellos que no defienden ninguna causa, ni la ecología, ni la igualdad social, ni la defensa de los débiles, los marginados o los sufrientes. Simplemente ha aparecido una categoría que sólo piensa en divertirse y entiende la diversión como entregarse a la ingesta de alcohol, estupefacientes y ruido. Así se ha convertido en una masa nómada que recorre las carreteras al toque de una convocatoria en redes sociales para hacer precisamente eso: juntarse a beber y demás. Esto parece llenar sus vidas y lo hacen justamente porque está recomendado que no se haga. Son capaces de enfrentarse a multas y sanciones, a desafiar a los cuerpos de seguridad, como los nuevos mártires de la ‘sincausa’.

Son los nuevos insurrectos que niegan la realidad y se apartan de ella como de la peste. Si siempre le había sido difícil al ser humano distinguir lo real de lo ficticio o del engaño de los sentidos, ahora resulta que estos individuos se sumergen en la confusión, aceptándola como una realidad absoluta y total. Es posible que yo ya sea muy mayor para comprender qué sentido tiene un sinsentido.

 

 

Devoción y cosmética

Hace ya muchos años, mi padre tenía un socio que siempre le detraía un tres por ciento de la parte que le correspondía, alegando que era para sus pobres. Mi padre señalaba que estaba harto de que hiciera caridad con su dinero; ya haré yo las limosnas, si lo creo conveniente, pero que este me sise, me pone de los nervios. Por si fuera poco, el tal socio se llamaba don Pío y era de comunión diaria. Cuando mi padre le señalaba a mi madre esta circunstancia, esta le contestaba invariablemente: Si no fuera tan devoto, sería peor.

Cada mañana, me pongo una crema de contorno de ojos que tiene el delicioso nombre de drops of youth. Cada vez que la uso y, luego, me miro al espejo, pienso que no me bastan unas gotas de juventud, sino que necesitaría un buen chaparrón. Pero, inmediatamente pienso: Si ni fuera por estas gotitas, sería peor.

Efectivamente, en la ética y en la estética, hay unos mínimos que si no se dieran, sería mucho peor

Las palabras tienen historia

Las palabras tienen historia y no me refiero a su etimología, a si son préstamos, calcos o adaptaciones de otras lenguas. Me refiero a que forman parte de nuestra historia; las aprendimos y recordamos el momento en que lo hicimos; las usaba nuestra madre o nuestro padre; se empleaban en un momento de nuestra historia y luego fueron sustituidas por otras. Podríamos decir que las palabras tienen nuestra propia historia. Quizá mejor; nosotros tenemos una historia que está vinculada a determinadas palabras.

Tengo un amigo, buen  lector, puntilloso con el lenguaje y respetuoso con las directrices de la Academia que, no hace mucho, me reprochaba el uso de la expresión ‘la médico’.  Incluso, puesto que me considera feminista, le parecía extraño que contraviniera no solo la norma, sino también el espíritu que inspira el uso de ‘la médica’.

Sin embargo, ya le expliqué -quizá con un punto de soberbia- que los hablantes y sobre todo los escritores (contándome entre ellos) somos los que hacemos el lenguaje y no los académicos/as; (aunque tras la barra, haya muchas menos).

Pero, pensando en por qué me había ‘enervado’ su advertencia y en un íntimo psicoanálisis me di cuenta de que mi rechazo a la feminización de médico, así como a la de militar no tiene nada que ver con la Academia, pero sí con la defensa de género.

Cuando yo era jovencita, médica, con el artículo definido delante, al igual que militara, eran términos que se aplicaban generalmente a las esposas de quienes tenían la medicina o las armas como profesión. No había mujeres militares y si había alguna médico eran tan pocas que no contaban. Esto suponía, sin duda, algo más general en la apreciación de las mujeres. Ellas no contaban para nada, eran algo en función de lo que fueran sus maridos y si no tenían marido eran o viudas o solteronas, pero no se suponía que ejercieran una profesión.

De manera que aunque la Academia haya aceptado el término en su forma femenina, a mí me resuena en la memoria con un deje de desprecio a la mujer, de manera que, siendo yo mujer, no pienso emplearlos se pongan como se pongan los académicos/as. De ahí mi enfado. Saltó dentro de mí un resorte efectivamente feminista o femenino de defensa de la igualdad. Si por siglos un médico varón era un médico, ahora que las mujeres empiezan a abundar en la profesión, no me cabe duda de que han de ser ellas también ‘médicos’ y no ‘médicas’ como lo fueron sus madres o abuelas.

El imaginario está también construido con palabras y ese imaginario refleja un mundo personal tan importante como el mundo real, compartido por todos. En otro orden de cosas, más bien tocante a la estética, cuando veo a alguien, en particular a una mujer, con un tatuaje, no puedo dejar de pensar en la Legión extranjera, fundada por Millán Astray. En su día, a imitación de la existente en otros países europeos, se nutría de personas de dudosa conducta y su servicio a la patria -aunque no fuera la suya de origen- los ayudaba a redimirse de sus malas andanzas anteriores. Aquellos bravos hombres, muchos de ellos marineros contrabandistas y piratas, llevaban su historia dibujada con tinta en la piel; mostraban el vello del pecho con orgullo y presumían de bravucones, pendencieros, bebedores y mujeriegos y de un arrojo a prueba. Eran, pues, el símbolo del varón y macho dominante. Algo muy lejos de lo que significan hoy en día algunas mujeres, bien conocidas de todos, que son modelos de feminidad, inteligencia, valía y atractivo, pero que llevan su cuerpo tatuado de arriba a abajo. No puedo dejar de mirarlas y pensar en la Legión.

Podría decir que no me gusta, que no me parece femenino, que no le veo la gracia, pero en realidad lo que siento es un rechazo profundo a usar una estética confusa y que si a algo apunta es a violencia y bravuconería. Ahora que, no en todos, pero en bastantes hombres empezamos y ellos mismos empiezan a valorar su lado femenino, ganando en sensibilidad, ternura y delicadeza, no veo que nosotras tengamos que imitar lo más grosero, rudo y áspero de los varones.

Las palabras, pues, forman parte de nuestra historia y nos evocan mundos que no son solo normativos o ideológicos. Son arqueológicos. Ya se sabe que el mundo material a veces contradice al mundo de las crónicas.

America first

En alguna de estas páginas ya puse de relieve lo que han cambiado las cosas en los últimos tiempos. Antes, aquellos que detentaban el poder u ocupaban cargos de responsabilidad, los que pertenecían a la clase dominante o a la aristocracia debían dar ejemplo. Por supuesto, no soy tan ingenua como para pensar que todos y cada uno de ellos eran personas decentes a las que nada se les podía reprochar, en absoluto. Más bien eran personas que,  al menos, guardaban las apariencias. Eran conocidas sus maniobras, su doble vida, su estricto proceder en algunos aspectos y su manga ancha en otros, pero todo ello, sabido, solo se transmitía en susurros y el propio o la propia mantenían una cierta discreción. Muchos pueden pensar que ese modo de proceder es una forma evidente de hipocresía, pero ante esa ocultación de las vergüenzas, al menos se podía observar eso; una cierta vergüenza. Hay cosas de las que no se habla y, desde luego, no se alardea.

Sin embargo,  en el momento presente ocurre todo lo contrario. Cosas que ofenden a la mas gruesa de las sensibilidades se airean y se ostentan como títulos de gloria. Hay acciones estúpidas como por ejemplo la de un individuo que se dedica a tirar cosas,  como lavadoras o muebles de todo tipo, por el balcón de su casa, al tiempo que lo graba con su móvil y sube a las redes sociales con el fin de conseguir muchos ‘me gusta’ y batir una especie de record que él mismo se ha marcado. Hay otros que alardean de amores patrios y defienden la gloria de su nación, su independencia y supremacía contra viento y marea. Esto podría ser muy loable. ¿Quién no desea que su tierra brille por encima de las de los demás en sabiduría, bienestar, solvencia y felicidad? Es evidente  que muchos nos apuntaríamos a defender a nuestra tierra con ardor para lograr que mereciera ese título de la mejor tierra del mundo. Por supuesto, además, si esa tierra había sido el centro del universo en algún momento, nos gustaría que volviera a ocupar ese lugar o uno muy cercano.

Pero, hay personas que son extremosas en todo. Hay un señor que proclama, siempre que puede, que America first. Lo que como vengo diciendo le honra pues demuestra su amor a la patria. Sin embargo, al mismo tiempo, no paga sus impuestos, con lo que demuestra que ese amor a la patria roza con una barrera importante cuando se trata de aflojar el bolsillo. De manera que su America first choca violentamente con el lema ‘pagar, lo último’.

De este modo tan simple se pone en entredicho su supuesto amor a la patria y que toda su acción vaya encaminada a darle lustre y esplendor o recobrar el poder perdido. Esto les ocurre a muchos otros que andan a la greña, mientras sus conciudadanos enferman y mueren y lo hacen con la boca llena de que están cuidando del bienestar de los súbditos. A ver si hay mas de uno y de dos que andan enredados entre lo ‘primero’ y lo ‘último’.

En cualquier caso unos y otros nos han colocado en un lugar bien definido: El del bochorno. Y este está bien delimitado.

La imagen

Hasta hace aproximadamente cinco años, mi imagen no me desconcertaba. Es decir, hasta no pasar de los 66 años de edad, la imagen que veía en los espejos o que me asaltaba desde la cristalera de una puerta o un escaparate me era fácilmente reconocible como la mía. Sin embargo, en los últimos cinco años, me he dado cuenta de que cada vez que al lavarme los dientes levanto la cabeza y mi mirada se cruza con la de la imagen que me contempla desde el espejo, no siento que aquel rostro sea el mío. Pero si bien esta falta de reconocimiento propio es en alguna medida sobrecogedora, lo es más aún la imagen que vislumbro de cuerpo entero cuando me topo con un espejo o con una cristalera; ese cuerpo difícilmente lo puedo asociar al que yo creía poseer. No me reconozco en esa imagen. Debo hacer un esfuerzo para darme cuenta de que es mi reflejo. Generalmente me delata la ropa. Pienso; ese traje es mío. Ahí hay alguien que lleva un vestido que yo tengo y, entonces, me doy cuenta de que se trata de mí. Es mi imagen la que estoy viendo.

Esa espalda redondeada, de la que emerge un cuello más bien corto e inclinado hacia adelante. Ese vientre abultado que sobresale más que las redondeces del pecho. Esa anchura de caderas… Yo había sido una mujer (antes una muchacha) más bien espigada; delgada, esbelta y de movimientos rápidos, con el vientre totalmente plano y la espalda recta, con el cuello largo y la barbilla elevada, sin ser altanera. Cuando era muy jovencita, las redondeces de mi busto me abrumaban un poco y me inclinaba hacia adelante, intentando que pasara desapercibido. Pero, con el paso del tiempo, empezó a formar parte de una de mis señas de identidad; un pecho ni demasiado grueso ni escaso. Proporcionado y firme que le daba un toque de clara femineidad a toda mi figura. La cadera era ancha, pero no gruesa y las piernas delgadas pero bien torneadas, de manera que no había desproporción manifiesta. Puede decirse sin soberbia ni falsa modestia que me encontraba acorde con mi cuerpo y, desde luego, reconocía mi imagen.

No cabe duda de que desde hace algo más de diez años he empezado a ganar peso, realidad que se ha agudizado en los últimos cinco años y que no ha habido forma de frenar a pesar de que, o precisamente por ello, he cambiado de hábitos alimenticios, empleándome con rigor en una estricta dieta de la que se han suprimido las carnes rojas, las grasas animales de todo tipo, parte de los lácteos y se ha reducido drásticamente la aportación de hidratos de carbono. Por supuesto y aunque nunca fui bebedora, he prescindido casi por completo de la ingesta de alcohol y, si siempre fui poco golosa, desde hace más de cinco años, ha desaparecido toda clase de azúcares, salvo los inevitables y naturales, de mi alimentación cotidiana. Raramente tomo dulces o bollos etc. He suprimido el trigo, por lo que es fácil ver que no como pan. Es decir, la ingesta de alimentos no es la que contribuye al aumento de peso. Tampoco lo es la falta de ejercicio, porque si bien jamás he sido aficionada a la gimnasia o a ese caminar ligero sin rumbo que muchos practican, no soy una persona sedentaria que se apoltrona. Más bien soy activa y, por otra parte, mis hábitos en ese sentido no han variado. Nunca había hecho deporte en mi vida y no se puede decir que ahora no camine más que nunca, pues al cambiar mi situación profesional que me obligaba a ir en coche a todas partes, ahora, por el contrario, voy a pie a todos los lugares a donde he de ir.

De manera que este cambio físico que me ha convertido en un ser cargado de redondeces responde sola y exclusivamente al puro paso del tiempo. Esta realidad que yo creía tener prevista y de la que, por ejemplos vividos y cercanos de rechazo de la vejez, creía que me había inmunizado, resulta que me ha atrapado. Constato que no solo no me gusta lo que veo, sino que lo que más me disgusta es que no me identifico con esa imagen. Dentro de mí está la misma de siempre, esa que ha vivido 66 años de su vi

da con una imagen que, sin duda no era la misma, pero que conservaba una serie de rasgos comunes bien diferenciados y  que ahora se ocultan o se enmascaran bajo esa masa redondeada que me identifica pero con la que no me identifico. De ahí que cuando me asalta, me sorprenda.

Pensando en ello, no obstante, me doy cuenta de que esa misma experiencia la tendría, me temo, si hubiera conservado el peso que tenía hace cinco o diez años. Debe ser terrible ponerse la misma ropa de hace veinte años y creer que se está favorecido con ella, cuando el pecho se ha hundido o no está tan terso como estaba y el escote revela pliegues y arrugas y el cuello aparece descarnado y con cuerdas tirantes. Debe ser espantoso verse las carnes bamboleantes, apenas despegándose del hueso y con los músculos sin tensión. Esos pliegues de la espalda, esas mollas mínimas que son más bien trozos de piel gruesa. Las pequeñas venitas que se arraciman aquí y allá. En fin, esa miseria física que se apodera de cualquier cuerpo, pero que nos induce a engaño si por conservar la talla y el peso de los treinta años, creemos que aún conserva la tersura de entonces. En ese engaño es fácil caer. Es fácil creer que puede uno vestirse como cuando era joven, sea de manera formal o desaliñada y que todo caerá como caía entonces. Una vieja camiseta a los veinte años nos hace parecer más jóvenes aún. Una vieja camiseta a los setenta nos hace parecer más viejos y decrépitos aún.

Es bueno escribir. No solo puede uno manipular los hechos y acomodarlos a su gusto y expectativas. Lo más importante es que puede hablar consigo mismo y dejar constancia de los vericuetos de su diálogo interior. Si hubiera que sacar conclusiones de esta charla hacia adentro, sería que envejecer es bastante penoso. Lo es mucho si ese envejecimiento nos engaña y nos hace creer que seguimos siendo jóvenes. Es triste si no sabemos aceptar que hay un dentro y un fuera. Por dentro se puede ser sabio y reflexivo, por fuera una ruina o un cuerpo en forma de globos que no nos satisface, pero el consuelo interno es muy fuerte. Si esto se produce, como me pasa, ya no me plantea problemas aquello de ‘resucitar con los mismos cuerpos y almas que tuvieron’; porque es evidente que sigo siendo la misma, me devuelvan los espejos o los escaparates la imagen que me devuelvan. Por siempre jamás, seguirá siendo así.

Las grandes urbes

Aparece un alcalde muy conspicuo en la pantalla de mi televisor. No me cabe duda de que es un hombre entregado a su tarea y que, a su modo, se preocupa del bienestar ciudadano. Para justificar una de sus acciones -ahora no recuerdo cual y si tenía mayor o menor sentido, eso da igual- , argumenta con ardor acerca de que en todo el Planeta la mayor parte de la población se concentra en las ciudades y de ahí que existan las grandes urbes. Considera  el edil principal que este fenómeno distingue a nuestro tiempo; es la primera vez en la historia en que hay más habitantes en las ciudades que en el agro.

La pantalla sigue titilando, y ahora aparece otro conspicuo prócer, que se queja de que el gobierno siempre zahiere a su comunidad a la que solo se cita para señalar el número creciente de casos de infectados por la Covid-19.

Junto con estos dos caballeros, en sucesivos destellos de pantalla, aparecen pequeños empresarios, autónomos, desempleados de corta y larga duración, médicos, bomberos, enfermeras, guardias, ciudadanos de a pie (eso se dice mucho, aunque tengan coche) y otras gentes varias que se lamentan de que el gobierno no salga en su rescate, no los subvencione de alguna manera o les pague los gastos que se generan en esta nueva situación, como si los demás no tuviéramos que comprar mascarillas, geles, o no se nos haya incrementado el uso de jabón, con el consiguiente gasto suplementario al de nuestras necesidades comunes.

En definitiva, el mundo parece dividirse en pequeños grupos de ciudadanos; unos que dan las cosas por asentadas: Eso es así (o como se dice ahora: Esto es lo que hay); otros que se han vuelto pedigüeños, como si fueran bancos que, cuando las cuentas no les cuadran, simplemente ponen la mano a ver quien les da algo y, finalmente, una mayoría silenciosa y resignada o sufriente, tal vez quejosa, como yo, que no dice gran cosa.

A ninguna de estas criaturas, en particular a aquellas que se supone que tienen responsabilidades de gestión o a las que se supone coraje emprendedor, no se les ocurre pensar que tal vez sea un error, que puede que estemos a tiempo de subsanar, el de las grandes metrópolis. No les parecería prudente diversificar sus inversiones y mudarse a zonas más pequeñas y menos pobladas en las que establecer sus industrias o negocios y atraer al público que necesita trabajo y está deseando salir de las ciudades para llevar una vida menos promiscua y más sana.

No es esta ocasión de los contagios imparables una buena oportunidad para un cambio drástico de los modos de vida.

Pues a nadie parece que se le ocurra que es una ocasión de oro.

Todo el mundo parece estar esperando un milagro para volver a lo de siempre.
Lo de siempre nos habría hecho permanecer para siempre en las cavernas.

Mientras tanto, hacinados en las urbes, nos contagiamos a la velocidad del rayo y ni siquiera la vida en riesgo nos aguza el ingenio. Humanidad en decadencia e infantilizada.

La compensación

Como sabéis de mi afición a la literatura victoriana, os diré que estoy leyendo últimamente El molino del Floss de George Eliot. Entre las muchas cosas que en esa novela se narran, sobre las que se reflexiona y a las que se hace referencia como signos de la sociedad de su tiempo (1860 es la fecha de la publicación primera) hay una que me ha llamado especialmente la atención, porque es absolutamente aplicable a nuestro tiempo y porque, además, parece que es algo que hemos descubierto nosotros -al menos algunos- a la luz tenebrosa de esta pandemia. El texto al que me refiero dice así: «Y el presente era como una llanura donde los hombres hubieran dejado de creer en la existencia de volcanes y terremotos, convencidos de que el mañana sería idéntico al ayer y que dormían para siempre las fuerzas gigantescas que antes agitaban la tierra».

Esta idea que subyacía a nuestra propia experiencia nos ha permitido constatar, mediante la irrupción de este virus, que somos frágiles y contingentes, que la muerte, la violencia de la Naturaleza, los desastres o cualquier otro accidente en nuestro devenir cotidiano nos pueden cambiar la vida y llevarnos a la desaparición propia, a la de los seres que amamos o a la de nuestros modos de vida.

Hay otra idea muy extendida en este mundo nuestro que es la de que, cuando nos ocurren desgracias, contratiempos o hechos que tuercen nuestros planes, proyectos o deseos, la vida está obligada a compensarnos por ello.

Es cierto, y yo soy la primera que lo creo y procuro vivir con ese horizonte, que estamos en el mundo para ser felices. Nada de pensar que este es un valle de lágrimas y aspirar a la muerte como la solución definitiva a nuestros males. No. Eso no es así. Estamos aquí para hacer de la Tierra que habitamos un nuevo paraíso en el que todos vivamos con dignidad y alegría, con esperanza y con un camino expedito hacia nuestros más caros deseos.

Sin embargo, todos sabemos, igualmente, que la vida no es sencilla. Que hay muchos que no comparten este ideario que en breve acabo de exponer, sino que más bien se empeñan en explotar a los demás, en obtener su beneficio y contento machacando a otros. Es cierto también que con frecuencia ganan la partida y los efectos de sus acciones nos afectan a todos en mayor o menor medida y, a muchos desfavorecidos, en un modo definitivo. Es decir la vida sea por acción de la Naturaleza, sea por la maldad y el egoísmo de otros es un camino de espinas y no de rosas.

Esto que es así, a veces nos impele a pensar que alguien nos ha arrebatado lo que era nuestro derecho, cosa que es cierta en alguna medida, pero eso no significa que la Naturaleza o alguien , un hada madrina, esté obligado a transformar nuestros harapos en un maravilloso vestido de baile, cuajado de estrellas rutilantes. Nadie nos debe nada, nadie tiene por qué compensar nuestras pérdidas.

Durante la pandemia y el confinamiento hemos perdido nuestra libertad y la compañía de muchos a los que queremos. Se nos ha muerto gente a la que estimábamos y otra ha enfermado de gravedad cosa que nos hace contener el aliento y estar muy preocupados. Tememos contagiarnos y no somos capaces de andar por el mundo como hacíamos antes, con cierta despreocupación. Es cierto que algunos lo hacen, porque creen que se merecen esa compensación. Pero, al igual que sobre la tierra que habitamos pueden estallar volcanes y desatarse terremotos, que el hoy no es igual al ayer ni al mañana, tampoco nadie nos debe nada. Somos nosotros los que debemos a los demás el respeto a sus vidas, el cuidado por su integridad, la atención a sus riesgos y a su salud.

No esperemos ninguna compensación. No existen. Si alguien recuerda el añadido epílogo al libro de Job,  sabrá que, aunque allí parezca haber esa compensación por todo su sufrimiento y aunque el protagonista recuperara familia y hacienda, no serían jamás la  familia y la hacienda originarias. Lo perdido, perdido estaba.

No podemos buscar la felicidad a costa de cualquier cosa. Pero empeñémonos en ser felices.

Baladí

Los que seguís con cierta atención estas páginas os habréis dado cuenta de que, casi todo lo que he escrito bajo el epígrafe genérico de ‘asuntos baladíes’, tiene que ver con esta extraordinaria experiencia que supone el vivir una  pandemia.

En el uso de este epígrafe y lo que en él se clasifica, hay una cierta ironía. No considero que estos sean asuntos sin importancia, pues algunos de ellos no solo la tienen en gran medida, sino que eran obvios, aunque la ‘normalidad’ en la que vivíamos nos hiciera pensar que eran temas menores que no nos concernían. Por ejemplo, la incertidumbre connatural a la existencia humana; la fragilidad de los seres, especialmente en lo material; la ficción del progreso o de la economía; los graves olvidos de la educación o la salud pública.

Vamos a reflexionar por un momento acerca del término baladí. Como muchos sabréis procede del árabe. Es lo que se llama una ‘nisba’. Es decir un nombre que tiene un valor adjetivo calificativo y deriva de otro nombre. En España son frecuentes los  patronímicos derivados de nombres topográficos, por ejemplo Lorquí, Ceutí, etc. que toman la forma árabe.

En el caso que nos ocupa se trata de un adjetivo procedente del término balad que significa pueblo. Pueblo en su sentido opuesto a ciudad. Es decir, lugar donde reside gente pero cuyo número o entidad física no lo convierte en una ciudad, sino que es algo menor y sin tanta importancia como una ciudad. Además de significar eso como primera acepción, significa algo así como ‘del campo’, por una oposición tácita entre ciudad y campo. De manera que, cuando nos encontramos con el término baladí, podemos pensar que se refiere a pueblerino o a campestre (rústico), dependiendo de cuál sea la intención del hablante. De ahí a pensar en ‘cateto’ hay un paso y ese es el que da en castellano. Baladí significa cosa menor, sin importancia, carente de interés, despreciable o sin sentido y prescindible, porque se relaciona con rústico, cateto, de campo.

Sin embargo y en paralelo -la vida de las palabras es un campo inagotable y de lo más apasionante aunque a algunos no les parezca- , baladiyya que vendría a ser el femenino de baladi, desde el punto de vista morfológico aunque no semántico, se convierte por su forma femenina en un nombre abstracto, y no tanto en un adjetivo, y designa a una institución tan noble e importante como el ayuntamiento; es decir la instancia colegiada que dirige la vida pública de un pueblo o de una ciudad o de una comunidad, ahí no hay distingos de tamaño o ubicación.

De manera que algo que es baladí, por la adición de una sílaba, se convierte en algo de suma importancia para la vida común de la gente. Si en el primero de los casos, se trata de un término que señala a algo carente de interés, despreciable y prescindible, lo segundo es, por el contrario, algo imprescindible y necesario para la vida en común.

Casi nunca pongo por escrito mi pensamiento político porque en ese sentido, al contrario que mucha otra gente que no abre la boca si no es para criticar a los que no comparten su pensamiento político o para alabar e incensar a los que sí lo hacen, yo no me considero en posesión de la verdad ni creo que mi forma de entender el mundo y su gestión sean únicas, infalibles, pertinentes y excluyentes. Tampoco considero que todo el mundo ha de pensar como yo y, por tato, no me siento autorizada para freír al personal, a la menor provocación o sin ella, y bombardearlo con mis soflamas en defensa de esto o aquello. La mayor parte de las veces, cuando me toca sufrir un ataque de ese tipo, procede de aquellos con los que no comparto ni una sola idea, independientemente de mi aprecio o cariño por ellos que son cosas bien distintas y que muchos confunden.

Voy a hacer un distingo necesario para que quienes me lean y no piensen como yo, no me excluyan o se sientan excluidos por mí. Mi afecto, mi valoración de su inteligencia, de su capacidad para ser acogedores y dignos de respeto no tiene nada que ver con que pensemos de igual manera o votemos al mismo partido o no. Es más, quiero a muchas personas, y no pienso renunciar a su cariño ni a lo que siento por ellas, con las que no comparto ni una sola idea política. Sólo faltaría que tuviera que enfocar mi cariño exclusivamente hacia los que votan como yo. Menudo aburrimiento y vaya una manera tonta de excluir a gente digna de ser amada.

Pues bien, hecha la aclaración y el inciso, voy a reflexionar sobre algunos asuntos de la baladiyya, es decir de la institución política o simplemente de la política, de la gestión de lo común o de la rección de un pueblo, una ciudad o un país.

No es un asunto baladí, en absoluto. Es una de las más nobles profesiones que se pueden ejercer. ¿No es de admirar que alguien tome sobre sí la responsabilidad de pararse a pensar en la vida de los demás, en cómo se puede mejorar y gestionar, para que todos sean felices y alcancen un modo de vida digno en el que no falte lo esencial y no sea imposible acceder a algunas cosas superfluas?

Creo que sí. Porque esa dedicación implica la renuncia en muchas ocasiones a la libertad personal, a la vagancia, a las vacaciones. Significa además el estar apartado por temporadas de la propia familia, de los amigos, de los vecinos. Supone estar en la mira de quienes escudriñan con lupa las acciones, las decisiones, los modales y los modos y no siempre lo hacen con afán constructivo. Supone un control de las propias ambiciones, de los propios favoritismos, de las pulsiones, de los odios y los apegos, de los intereses. Obliga a renunciar al autoritarismo y a ejercer la autoridad. Impele a la virtud y no al vicio o la molicie. Exige ser humilde y dar a conocer hasta las últimas razones de cualquier acción. Obliga en una palabra a ser ejemplar de la mañana a la noche, sin descuidar ni un instante los modos y modales, las formas de presentarse y de actuar, las palabras que se dicen y cómo se dicen, las que se callan por prudencia y sus razones.

Exige ser leal con amigos y enemigos. Exige ser fiel a lo que se cree. Exige saber renunciar a cualquier beneficio o al mismo cargo que se ocupa si algo no se ha hecho como se debe. Exige respetar las instituciones a las que se sirve. Exige ir por delante del pensamiento y de las necesidades de los demás. Exige actuar incluso antes de que surja el problema o el conflicto.

Es decir, la baladiyya reclama casi la santidad, por no decir que la exige directamente. Por eso;

qué se puede decir de un político que insulta

qué se puede decir de un político que aparece desaseado

qué se puede decir de alguien que usa de su cargo en su beneficio

qué se puede pensar de alguien que no ofrece ni una sola reflexión, solo acusa y denigra

qué se puede decir de alguien que no presenta ni un solo pensamiento constructivo

qué se puede pensar de alguien que solo atiende a los intereses de su grupo

qué se puede decir de quien no resuelve y espera que los demás se lo den resuelto

qué se puede pensar de quien siempre acusa a los demás de lo que ocurre

Yo, personalmente, pienso que ese individuo o esos individuos no deberían dedicarse a la política, porque han confundido de base algo tan importante como la baladiyya con lo baladí. No saben lo que es adjetivo y lo que es abstracto e institucional.

Personalmente estoy muy contenta de que aún queden políticos que se ocupan del bien común, que explican hasta la saciedad lo que hacen y por qué,  tienen en cuenta a los necesitados, los niños, los dependientes, las mujeres, los de las minorías, la investigación y la enseñanza, la salud, la solidaridad y la convivencia, no entran al trapo de las tergiversaciones malintencionadas, las palabras imprudentes e impertinentes o se dedican al insulto y la descalificación. Incluso me producen ternura algunos de sus errores, porque no son arcangélicos, sino personas.

Espero que los que no piensan como yo respeten lo que pienso y, caso de que me quieran, sigan haciéndolo.

Generaciones

Oigo en la radio que la locutora no sabe nada del plexiglas. No lo ha conocido, según afirma, y el nombre le hace gracia porque lo ha empleado siempre para designar una cosa que no sirve para nada. Comenta, además, que unas fábricas de otros derivados del plástico lo están empleando para hacer mamparas protectoras y máscaras.

Como no solo he conocido el plexiglas, sino que sé perfectamente de qué se trata, comentaré que, en los años cincuenta del siglo pasado, este material se puso muy de moda. Con él, cuyo nombre significaba ‘vidrio plegable’, se fabricaban multitud de objetos de todo uso. Entre ellos, mi primer paraguas que era de  un precioso plexiglas azul celeste, cuajado de flores blancas y al que le he dedicado atención nostálgica en otro lugar,.

Las palabras, pues, separan a las generaciones. No hace muchos años, un día, de broma, comentábamos que debíamos montar un guateque, pero se planteaba el problema de a quién le encargábamos llevar el ‘pikú’. Una compañera que hablaba de manera muy dulce y pausada, en medio de la algarabía, preguntó: ¿De qué estáis hablando? No entiendo nada. No digo nada pues de términos como sicalíptico que empleaban con cierta frecuencia mis padres.

Cualquier lingüista sabe que las palabras pierden vida por desgaste y se juntan unas a otras para defenderse o bien caen en total desuso. Pasa con ‘pero sinembargo’, que dice ya todo el mundo o ‘a por’ que también se emplea constantemente.  O como el célebre ¿se puede compenetrar? que usaba con tanta gracia Cantinflas. Otras palabras tienen un uso efímero como ‘sicalíptico’, que no superan sino unos pocos años, y más aún otras como plexiglas que designan un elemento que decae en el uso y que, curiosamente, como en el caso que nos ocupa, se recupera porque el tal elemento se vuelve a utilizar.

Cuánto tiempo hace que no se compran sostenes, sino sujetadores, o no se compra rimel, sino máscara de pestañas, o giletes sino cuchillas. Nombres procedentes de marcas que desaparecen, al tiempo que se multiplican las compañías que las producen y, por tanto, eliminan el nombre para hacer valer el propio. El resultado es que todos estos cambios marcan el paso del tiempo y el cambio de generación.

Sin embargo, queda en el fondo de comentarios como el de la locutora de la radio un cierto poso de amargura. Ella no conoce el verdadero sentido y origen de la palabra, no conoce el material del que se habla, pero  usa el término para designar algo despreciable y de poco valor. Esto es lo que suele suceder con lo relativo a la generación anterior. Sin darnos cuenta la ridiculizamos, la eliminamos, le damos de lado porque no forma parte de nuestro mundo, de lo que conocemos y hemos experimentado; todo lo que procede de ella nos parece obsoleto, innecesario o deleznable. Qué pronto olvidamos que si no fuera por las generaciones anteriores no estaríamos donde estamos, en lo bueno y en lo malo, y que la mayoría de nuestros logros se asientan en los cimientos que ellos pusieron.