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COSAS DE LA NOSTALGIA

Ha aparecido un grupo en Facebook de gente nacida en mi ciudad. La mayoría son más o menos de mi quinta y no viven desde hace años en ella, mientras que otros, pocos, son naturales de la ciudad y del país al que pertenece y, en consecuencia, siguen viviendo allí.

Unos y otros suben fotografías de lugares que les resultan emblemáticos; la calle donde nacieron o vivieron, los cines a los que iban, la playa, el paseo habitual, dónde estaba su escuela e incluso la consulta del médico a la que solían acudir.

Como es natural, la ciudad de la que yo me marché hace ya sesenta años, ha crecido y se ha transformado. Sin embargo, al ser una ciudad colonial conserva dos partes muy diferenciadas y, además, dos momentos de expansión muy concretos.

La primera parte y originaria de la ciudad se halla en el interior de un recinto amurallado en el que se pueden contar al menos siete puertas de acceso. A partir de una de ellas se llevó a cabo la primera expansión que data de comienzos del siglo XX. Es esta una ciudad bien trazada, con un eje central que une dos plazas. De la segunda plaza, la más lejana a las murallas, salen de manera radial múltiples calles que a su vez se cruzan y derivan en otras que, finalmente, saltando un gran desnivel, descienden hacia el cauce del río. Además, en paralelo al eje central, se desarrolla una gran cuadrícula de manzanas y calles que descienden escalonadamente hacia el mismo cauce o ribera del río. En mi infancia, no obstante, el río quedaba muy lejos de las últimas construcciones, de manera que casi no teníamos conciencia de su existencia, salvo que fuéramos de excursión al campo.

Cuando había yo cumplido los diez años, aproximadamente, hubo una cierta expansión en unos terrenos llanos que quedaban en la misma cota que el río, pero que, dejando a este a un lado, se dirigían más hacia el suroeste.

La segunda gran expansión que, supongo, se ha ido produciendo en tiempos más recientes; tal vez, los últimos veinte años, pues la ciudad sufrió un período largo de abandono y desamparo, se ha dirigido a completar la urbanización hasta el mismo cauce del río e incluso, mediante la construcción de modernos puentes ha saltado a la orilla más oriental de este. En estas avenidas nuevas, interrumpidas por las consabidas rotondas con fuentes o alguna escultura, se han construido edificios de viviendas de diez alturas que hacen que la ciudad se haya convertido en una ciudad muy moderna pero con ello ha perdido parte de su personalidad.

Los participantes en el grupo de Facebook, como decía, cuelgan fotos de antes y de hoy; así he sabido yo de esa evolución más reciente. Y unos y otros comentan las imágenes reconociendo los lugares o preguntando qué lugares son. En todos los comentarios, se nota que, aunque los participantes se sienten pertenecientes al lugar o, dicho de manera más realista, el lugar les pertenece, el entusiasmo crece en las expresiones acerca de imágenes del pasado, algunas en blanco y negro, mientras que todos se quejan de que los lugares más recientes, no les dicen nada y recuerdan las huertas que había allí o alguna casita aislada, o un lugar a donde iban de excursión.

Lo mismo ocurre con las zapaterías, los ultramarinos, las tiendas de telas o los estancos, los bares y otros locales bien conocidos. En cambio, los modernos hoteles o los nuevos negocios establecidos en esos locales no despiertan ningún entusiasmo.

A mí también me pasa y me siento, en ello, muy identificada con mis contertulios virtuales. En realidad, y aunque no tengan una relación directa conmigo o mi familia, las imágenes que me interesan son las que tengo en la memoria. Las otras, las que no recuerdo porque jamás las vi ni las viví, no me dicen absolutamente nada. Las miro, constato los cambios, incluso algunos me parecen fantásticos, pero no me conmueven, ni me producen el menor movimiento de nostalgia, ni siquiera el deseo de ir a verlos.

Yo quiero volver a aquella realidad que solo está en mi memoria y que, como tal, solo existe en mis recuerdos, porque ni siquiera las zonas que yo conocí y paseé son ahora iguales a como lo eran entonces. Por poner un ejemplo; mi casa, donde nací, estaba pintada de un suave color crema. Se ve que una ordenanza municipal ha decidido pintar todas las casas del ensanche de blanco, con lo que la fisonomía de aquel edificio ha cambiado.

También he cambiado yo y por eso tolero sus cambios como tolero mi vejez. Sin embargo, soy consciente de que la imagen de mi ciudad, la que amo, es aquella que constituye parte de mi historia. Mis contertulios y yo estamos hermanados en las imágenes que llevamos en la memoria y que, simplemente, son convocadas por el estímulo de una vieja fotografía. En realidad, no estamos mirando la foto. Estamos mirando dentro de nosotros.

El Mar Menor no es solo un mar

Después de la llamada DANA, antes ‘gota fría’, se ha encontrado una feliz excusa a los males que padece el Mar Menor. Es bueno que haya un diluvio para que cargue con los efectos perversos de la incuria de decenas de años y con los resultados de la ambición desmedida.

Los peces del Mar Menor se mueren por falta de oxígeno. Posiblemente se deba a los vertidos incontrolados de aguas procedentes del riego, de escorrentías y del exceso de construcción que se ha implantado en sus orillas. Pero esas cosas no son catástrofes naturales, aunque sí pertenezcan a la naturaleza humana; a la ambición, al deseo del rápido enriquecimiento, a la indiferencia hacia los daños colaterales. Con todo eso, nos hemos cargado del todo o casi, una pieza de la Naturaleza verdaderamente singular y privilegiada que deberíamos haber cuidado y mimado, protegido y salvaguardado con dedicación extrema, para mantenerla lo más intacta posible y así conservar el medio ambiente.

Pero, el Mar Menor no es sólo una pieza singular de la Naturaleza y el paisaje. Forma parte del paisaje de nuestras vidas y almas.  Cuando nació mi hija, fui a veranear a Santiago de la Ribera. Ella nació un 16 de julio y a primeros de agosto allí nos asentamos, para pasar el mes de verano.

Así éramos los padres primerizos, que bajábamos a la Puntica a bañarnos.

Aquí estamos todos; abuelos, padrinos, primos y sobrinos, en el bautizo de la recién nacida, en la Iglesia de San pedro del Pinatar.

Los niños crecían y aumentaba la familia. Mi padre compró un chalet en Santiago de la Ribera. Era una colonia de gente que pertenecía al Ejército del Aire, habían estado destinados en San Javier y sentían añoranza de la zona. Por eso construyeron allí la colonia, detrás de la Ciudad del Aire y a nosotros, que entonces trabajábamos en la escuela de Idiomas de las Fuerzas Armadas nos ofrecieron participar.  Todos los veranos había algún cumpleaños de los niños de la vecindad y se aprovechaba para disfrazarse. Mis hijos son a la derecha de la foto, una dorada princesa y un poco más centrado un pequeño vaquero de bigotes de carboncillo.

En aquel agradable lugar, desayunábamos en el porche, comíamos allí y hasta cenábamos a pesar de la afluencia de los mosquitos. Todos los días íbamos a bañarnos a la Puntica.

Allí aprendieron sin miedo a nadar los niños, allí montaban en bicicleta, sin miedo a los coches, allí paseábamos o íbamos al circo y a la Feria.

Allí mi hija hacía sus numeritos de baile. y mi hijo, más pequeño, hacía sus propias gracias.

Aunque la foto es muy mala. Han pasado muchos años, pero por la ropa veréis que cualquier vacación era buena para ir a Santiago de la Ribera y pasearnos a la orilla del mar Menor y, entonces, vivíamos en Madrid. Ahí estamos mi hija, mi cuñada embarazada de su primera hija y mi hijo y ahijado de mi cuñada.

Los años pasaron. Mi padre sufrió un accidente y se ahogó en el mar Menor, allí mismo en la Puntica, donde tantas veces nos habíamos bañado todos y habíamos reído y jugado con los niños.

Durante casi tres años, no pude volver por allí. Vendí el chalet y quise olvidar el Mar Menor. Pero ahora, pasados casi veinticinco años de aquello, de vez en cuando vuelvo al Mar Menor, me paseo frente a la playa de Villananitos, doy una vuelta por la feria, mirando los puestos o me voy a cenar con mis hijos frente a la urbanización Los Pinos en el renovado paseo de La Puntica. Allí veo los fuegos artificiales de las fiestas de San Pedro o del Carmen.

Cada verano, el 15 de julio, mi marido y yo nos vamos al restaurante Venezuela, en Lo Pagán,  a rememorar que allí celebramos los bautizos de nuestros hijos, y a celebrar nuestro aniversario de boda; y ya vamos por el cuadragésimo cuarto (44). Lo pongo así porque suena todo lo solemne que debe sonar una cifra como esa.

De manera que el Mar Menor no es solo un espacio natural. Es el espacio de la memoria, de las alegrías y las penas, de los hallazgos y las pérdidas. No son sólo pobres peces muertos, sino la muerte de nuestras vidas. Supongo que como yo habrá mucha gente que, además de vivir de ese mar, tendrá recuerdos como los míos, vivencias únicas, cuyo marco es y ha sido el Mar Menor.

Por eso, no se puede dejar morir ese mar, porque sería como matar la memoria de nuestras vidas.

Despedida del verano

Como otros veranos, hemos celebrado el fin de año a mediados de septiembre. No es que adelantemos el calendario, sino que nos despedimos así de las vacaciones de verano que son tan agradables.

Como siempre nos hemos despedido con una comida y muchas risas y en el marco de la celebración de los Majos del Miño. Este año, por unanimidad, hemos quedado designados Majos a perpetuidad nosotros. Realmente se había agotado un ciclo y era volver a repetir y empezar por el principio. De todos modos, nos sentimos muy halagados porque, siendo los últimos llegados a esta comunidad de vecinos y amigos, hemos sido muy bien acogidos y nos sentimos muy orgullosos de haber sido los últimos Majos y quedar un poco como Majos eméritos, para los restos.

La tarea de los Majos consiste fundamentalmente en propiciar encuentros durante el otoño, el invierno y la primavera con el fin de mantener vivo el espíritu que nos alienta en el verano. Así que nos comprometemos solemnemente a que esta buena costumbre se convierta en tradición y se mantenga a través de los años. Tal como acordamos en el mes de noviembre y en fecha por acordar esperamos poder juntarnos en Orihuela, en honor de la primera pareja de Majos; Isabel y Manolo.

Aqui va el testimonio gráfico del encuentro de cierre del verano de 2018.

Las chicas haciendo el tonto

Todos en la escalera, para que los bajitos parezcan altos

El equipo

 

Del verano de 2018

Casi todos los veranos se producen encuentros familiares, se disfruta de la playa y el campo. Se repiten gestos, comidas, charlas y recuerdos. Sin embargo no todos los veranos hay un niño que pasa por su primer cumpleaños. Es una fiesta en la que los mayores suelen disfrutar. Comen hasta hartarse, charlan y se ríen y cantan como si fueran niños ellos también el ‘cumpleaños feliz’ con voces más o menos desafinadas. Lo más normal es que quien cumple años, aún no esté en condiciones de soplar con efectividad para apagar su velita, cumpliendo con el rito. Sin embargo, siempre hay alguno más mayor, hermano o primo, que está dispuesto a hacer ese servicio, mientras el cumpleañero mira con cara de sorpresa semejante ritual.

Los primeros baños en la playa o en la piscina. Los saltos y cabriolas, las heroicidades, saltar las olas y aprender a bucear, son acontecimientos notables. Los niños conocen a sus primos a los que no suelen ver durante todo el año y se producen encuentros y desencuentros, ratos de amigable juego y otros de disputas por las cosas más nimias, que suelen terminar en lágrimas y madres o padres tratando de conformar y distraer a los contendientes.

Los abuelos, para ganarse a sus nietos, hacen también sus propias tonterías, como poner caras y hacer visajes, dar saltos indebidos o cargar en brazos con los niños, con graves consecuencias para sus lumbares. Se estrujan las meninges recordando juegos y cuentos y haciendo el ridículo porque no conocen a los protagonistas de los últimos dibujos animados. Aunque saben canciones que los niños jamás han oído, o conocen los nombres de los árboles o saben que dentro de una piña están los piñones. Les señalan a las estrellas más relumbrantes y les dicen los nombres. Incluso se tiran a nadar desde el trampolín, haciendo la bomba, y con eso dejan a sus nietos con los ojos redondos como platos.

Los abuelos suelen cantar cosas que no son finas y educadas, como lo de ‘tengo un moco…’ o dicen todo seguido ‘cacaculopedopis’, como si fuera una fórmula mágica. Saben múltiples canciones en varias lenguas que sirven para hacer cosquillas. En fin. Cada uno cumple con su papel y con frecuencia se empeñan en comerse a besos a los nietos que rehuyen la agresión, pero que en el fondo saben que ese es el tributo que han de pagar para que el abuelo y sobre todo la abuela les cuente un cuento.

Entre estas cosas se pasa el verano. Ese tiempo mágico del calor y las moscas, de subirse a los cacharritos de la feria, de comerse un helado a lametones y quedarse con bigotes de chocolate. También es el tiempo que ellos recordarán cuando sean mayores y los abuelos ya no anden por este mundo. Los abuelos, por su parte, si no pierden la memoria por la edad, todavía llegarán a contarles cuando sean un poco más grandes, tú y yo hacíamos esto y lo otro cuando tú eras pequeño. Ellos dirán y qué más hacíamos abuela y sera el momento de magnificar aquellos pequeños juegos y de decirles que eran unos niños estupendos, pero que ahora nos encanta que sean tan mayores.

La vida es eso. Ir creando poco a poco nuestros pequeños hilos de leyenda. Nuestras pequeñas historias, tan semejantes a las de todos, pero a la vez propias y distintas. Retazos de una tela para el tejido que nos sostiene mientras estamos metidos de lleno en el tiempo. También es la materia que caldea las ausencias del invierno y mantiene el cariño encendido a pesar del frío.

De todo ello hay documentos gráficos, porque ¿qué sería de nosotros sin imágenes que refrenden lo que decimos? Aunque algunas, las más importantes a lo mejor solo obran en nuestra memoria; la de mi nieto pequeño abriendo su primer regalo de cumpleaños. La de mi nieto mayor descubriendo que le acaban de regalar su primer reloj de pulsera.

 

 

 

 

 

 

 

Una buena marca

Veinte años de reloj nos separan. Para ser exactos veinte años y dos meses. Ella es la hermana mayor de mi marido. Pero no la registro aquí por su relación familiar conmigo, sino por otras muchas razones.

Maruja, como la llamamos en casa, es una mujer que ha sido durante muchos años una competente profesional de la Medicina, carrera que estudió después de haber hecho enfermería. Se dedicó a alergia infantil y, cuando se jubiló, decidió irse a vivir a la ciudad de la que toda la familia es originaria. Durante muchos años, su casa fue nuestra parada y fonda cuando visitábamos la ciudad. Aunque ella no tenía familia propia era sin duda una magnífica anfitriona y en su casa se estaba muy a gusto.

Han pasado los años y también nosotros, tras jubilarnos, hemos ido a dar en la misma ciudad. Ahora tenemos la ocasión de verla con mas frecuencia. De hecho se ha convertido en un hábito el ir a visitarla los domingos por la mañana y ponerla al tanto de nuestras novedades. Ha sido capaz de adaptarse a las dependencias propias de su mucha edad, aunque hay que decir que está como una flor. Gracias a Dios no tiene enfermedades notables, come y duerme bien y aunque le falla la memoria inmediata de vez en cuando, ya me gustaría a mí estar tan lúcida como ella.

Pero lo que me gusta más de ella es que es una mujer sabia. En todas sus elecciones a lo largo de la vida, ha acertado y eso es indicio de un recto pensar y un acorde proceder. Después de una vida muy activa y de ser una gran viajera, acepta la pereza que le da pensar ahora en largos desplazamientos o siquiera en una excursión. Muchas veces hemos hablado de los defectos de cada una y tiene perfectamente asumidos los suyos que, aunque le molestan y por más que lucha contra ellos, sabe que es batalla perdida. Su sabiduría llega a aceptar la dependencia con humor; un humor socarrón que es seña inequívoca de que es un espíritu libre y que obedece por aquello de que para qué beligerar.

En todos los terrenos tiene una profundidad de pensamiento y sentimientos que es notable. Su vida interior es rica y su fe es a prueba de bombas, sin que por ello sea una beata rezadora sin sentido o por hábito. Todos sus actos son ordenados y pensados y eso no supone en absoluto que sea una persona rígida, al contrario es tolerante y flexible y tiene las ideas muy claras. Conoce al dedillo sus principios a los que no renuncia, pero no intenta imponerlos a nadie.

En el empleo de sus bienes y haberes ha mostrado siempre una gran cordura y una sensatez digna de consideración. Siempre ha sido generosa sin alharacas y tiene un altísimo sentido de la justicia distributiva.

Es simpática, educada, divertida y elegante. En definitiva. lo dicho; una mujer sabia. Me alegra haber celebrado con ella este último cumpleaños y espero que podamos celebrar muchos más.

En recuerdo de Soledad

Esta mañana me llama mi amiga Lourdes y me dice que ha muerto Soledad. Se podría decir que lo que yo siento por Soledad y he sentido desde que la conocí es parecido a un amor al que sabes que has de renunciar desde el primer día.

Hace ya muchos años, tras padecer síntomas de todo tipo sin que los médicos dieran con una causa fisiológica, se me ocurrió pensar que tal vez mi mente me estaba jugando una mala pasada y que sería bueno consultar con un psicólogo.

Le pregunté a una amiga y esta me dirigió a otra y esta última a una tercera que resultó ser Soledad. Durante siete años, divididos en dos periodos con un descanso intermedio, estuve asistiendo a su consulta, echándome en el diván y hablando de mi infancia. La infancia de una niña solitaria que descubrió demasiado pronto la impotencia de los adultos para librarla de los dragones, porque ellos tampoco podían huir de sus propios fantasmas.

Soledad no sólo me enseñó a ponerle nombre a mis miedos, sino que me llevó de la mano para que fuera capaz de reconocer mis síntomas y controlarlos. Nadie ha hecho tanto por mí como ella. El aprecio por su valía como profesional, la cercanía de nuestros pensamientos y modos de ver las cosas, porque éramos de la misma generación, de una manera natural nos habrían llevado a una amistad fraternal. Sin embargo jamás pudimos desarrollarla, ni siquiera iniciarla, por imperativos del método. El psicoanalista no debe ser amigo del paciente.

Pero nadie, ni siquiera el señor Freud y sus seguidores, pudieron impedir que yo la apreciara y sintiera una gran admiración por ella. En una palabra, que la considerara más amiga mía que a algunas de las personas que considero mis amigas. Es decir, siempre, desde el día en que descubrí que detrás del técnico había una persona cálida, humana, llena de humor y verdaderamente preocupada por sus pacientes, la quise y aún la quiero y nunca me olvidaré de ella.

Lo que más me duele no es haber tenido este amor frustrado, sino que eso me ha impedido mantener un contacto con ella fuera de la consulta. Así, no he sabido de su enfermedad, de su soledad (como una marca que ya estaba en su nombre), de sus padecimientos y de su muerte prematura. No he podido hacerle llegar en la distancia mi afecto, mi respeto, mi admiración y mi agradecimiento por el trabajo que hizo conmigo ni la alegría por haber conocido a alguien tan estupendo como ella. A veces las reglas están para romperse. Pero en esta ocasión no fui capaz de saltármelas, por respeto a ella y por egoísmo. Ese egoísmo que me decía no debes romper con la norma por si vuelves a necesitar de ella.

Gracias a Dios y a ella nunca más he necesitado volver al psicólogo que, aunque algunos snobs piensen que es una especie de moda, es un trabajo duro que obliga a remover precisamente aquello que no queremos tocar y que se esconde en el fondo de la última entretela. Podría haber intentado saltarme la norma y decirle a Soledad cuánto respeto y cariño sentía por ella. Me consuelo pensando en que creo que ella lo sabía y sabía de mi gratitud. Vayan estas letras en expiación de mi egoísmo.

Descansa en paz, preciosa.

Majos del Miño en acción

Domingo día 19 de noviembre de 2017. Quedamos con nuestros buenos amigos de La  Torre, en el ejercicio de nuestra autoridad como Majos del Miño 2017-2018. Como es natural se trata de quedar a comer – que otra cosa si no se puede hacer-, pero para que no resulte tan descarado se organizó en el marco de una visita cultural a Cartagena.

No contábamos nosotros en nuestra inocencia con que desde el Pilar de la Horadada a Cartagena se perdieran por el camino ¡Señor, qué cruz! Pero así fue, de modo que la excusa cultural se quedó en una escueta visita al Augusteum, sito en la actual calle caballero. La verdad es que es una excavación bien hecha, bien musealizada y aprovechando el espacio para otros usos acordes con el mundo actual. Nos hicieron precio de grupo y estuvo muy bien. El video explicativo es bastante ilustrativo y con una pequeña explicación que me inventé, pero que resultó convincente, la visita fue todo un éxito.

Eso sí, a la hora de comer, nadie se perdió y todos aparecieron como un solo hombre en la Posada Jamaica. Un negocio familiar de tradición que ha sabido adaptarse a los tiempos actuales, pero que siempre ha ofrecido una muy buena cocina, variada y bien confeccionada. Se había acordado un menú de tapas y raciones para compartir que resultó delicioso. Siguiendo el modo antiguo, chicas por un lado, chicos por otro, ocupamos nuestros lugares en la mesa y nos lanzamos con alegría hacia los diversos platos, sin por eso dejar de hablar y reírnos.

Después de comer, aparecieron Joaquín y su mujer y nos hicieron una visita guiada hasta el cerro de El Molinete, desde el que se divisa casi toda la ciudad, el puerto y las fantásticas ruinas del decumano de la ciudad romana. Allí queda mucha tarea que hacer de poner en valor todo ese patrimonio, pero hay que decir que está muy bien lo hecho hasta ahora. Cartagena se está convirtiendo en una verdadera joya con todo lo que contiene y se puede visitar.

Todo el mundo lo pasó bien y según caía el sol, cada cual regresó a su casa, esta vez sin perderse.

En el año de Gracia de 2017 (Parte II)

Celebrada la cena tal como se refirió en la Parte I, los asistentes se lanzaron a danzar una melodía que, por gentileza de J.R. representaba muy bien al colectivo ‘Gallinero playuqui’ con que se conoce a este vecindario mundialmente.

En las imágenes se puede observar como un catedrático emérito de Lengua y literatura hebreas de la UCM se desmelena y presenta una actitud poco conveniente a tan conspicuo docente. Pero, estas son cosas que ocurren en verano, con la caló. Normalmente se trata de un señor muy serio para sus cosas y de ello no se debe inferir iguales actitudes en miembros del colectivo de catedráticos de Universidad.

 A la voz de. ¡Cari, vamos a deliberar! Los majos salientes, en actitud un tanto desenfadada y poco conveniente ante las miradas de los asistentes, quienes no dejaron de lanzar sus interjecciones y vítores, se reunieron muchísimo a deliberar y a traición le colocaron la banda a los nuevos majos que instantes antes estaban así de contentos y despistados.

Tras la investidura, se procedió como no podría ser de otro modo (frase que dicen últimamente mucho los políticos, aunque, por otra parte, cualquier cosa puede hacerse de muchos modos diversos, pero esta es una discusión para otro lugar…) a los discursos de ambos nuevos majos. De sus palabras y expresiones se deduce claramente, como no puede ser de otro modo (insisto) la emoción que los embargaba y que además se contagió a los asistentes, que corearon frases, lanzaron vítores y aplaudieron a rabiar, mostrando en cualquier caso un gran interés por las palabras de los oradores, casi mayor que el que les prestaban sus alumnos, cuando aún ejercían la docencia.

Este ambiente, en el que los sentimientos estaban a flor de piel, provocó en algunos de los asistentes actitudes de gran fraternidad, aunque juraban que sólo habían bebido cerveza 0/0.

A continuación se procedió a la toma de algunas imágenes muy originales en las que posaron los miembros del ‘Gallinero’ con los Majos recién nombrados. (No se puede hablar de elección, porque no fue precisamente eso, sino una designación a dedo. Aquí no nos andamos con tonterías de hacer que pase por democrático lo que es meramente impositivo. A ver si empezamos a llamar a las cosas por su nombre) (Perdón, que me he ido por otro lado… es que llevamos una racha…)

Para finalizar se llevó a cabo la tradicional fotografía de familia. Por una caída involuntaria, se produjo un escorzo violento, digno del mejor Barroco, que le dio a la imagen una cierta originalidad como se puede apreciar.

Una vez concluidos los actos protocolarios, dos manos inocentes convocaron a la lluvia y se armó… Aunque siempre hay quien tiene a mano un paraguas. Por otra parte el que alguien aparezca en un balcón, acodado en la barandilla con aire inocente no debe llamar a engaño al buen observador que verá a los pies un precioso barreño azul celeste.

Así, un poco pasada por agua, acabó la velada. pero todos parecían contentos y felices y no se produjeron daños mayores que camisetas empapadas.

Por fin, los agradecimientos: A los miembros del ‘Gallinero’ en su conjunto por confiarnos la honorable tarea de representarlos en toda clase de actos. Procuraremos hacerlo con dignidad. A Manolo que, mientras yo estaba distraída hablando con su señora, la Teo, nos trajo sendos montaditos con su tomate y todo. Estos son los detalles que hacen que una no pierda la fe en la Humanidad. A Isabel que hizo unas rosquillas aptas para celíacos, diabéticos, intolerantes a la lactosa y otros intolerantes, sin que por ello, milagrosamente, dejaran de saber como las de la abuela. A los autores de las imágenes, Mario y J.R. sin cuya colaboración no hubiera sido posible esta crónica o, al menos, habría quedado más deslucida.

Pedir disculpas a los posibles afectados; como Cristina y Jose que no aparecen más que de refilón. También están desparecidos Teo y Manolo y bien que lo siento, porque siempre he sido de estómago agradecido. El chino ‘malaleche’ de mi ordenador los ha suprimido, quién sabe por qué y no encuentro su foto por parte alguna.

Y esto es todo, si alguna falta hemos cometido, sabed disculparla.

Feliz fin de verano a todos y buen otoño.

En el año de Gracia de 2017 (Parte I)

Introducción:

Este artículo, dada la importancia de su contenido, merece ser dividido en dos partes, al menos, para que ninguno de los grandes acontecimientos vividos en la noche del ocho de septiembre de este año del Señor de 2017 quede sin reseñar con toda la hondura que se merece.

En este año de Gracia, por fin, hemos alcanzado el honor de ser los Majos del Miño. Ha costado lo suyo y sobre todo mucha paciencia. Los procedimientos de elección no son exactamente democráticos, sino más bien dediles y tienen en cuenta la antigüedad y el capricho de los Majos salientes. Los méritos de nada valen, aunque no deja de sorprender la capacidad de algunos para prometer cosas, antes de la elección.

Nuestra elección, por otra parte justa ya que somos los últimos llegados a la comunidad electoral, hay que decir que no ha ido precedida de sobornos y falsas promesas. Incluso ha quedado bastante claro que no pensamos hacer nada de provecho por el conjunto de los ciudadanos que integran esta comunidad. Cada cual que se apañe, como así ha venido siendo. Ante todo se han de preservar las tradiciones.

De cualquier forma, sea justo o no el procedimiento o el resultado, porque eso ya vemos que no importa a nivel general y mucho menos ha de ser relevante a nivel tan local, lo cierto es que la velada contó con una serie de procesos a cual más importante, que se cumplieron con gran dedicación y participación de todos los presentes.

Hay que señalar como interesante la circunstancia de que el resto de vecinos, incluso aquellos que vienen a pasar el fin de semana, tuvieron la delicadeza de no personarse el viernes por la noche y sólo asomaron tímidamente el sábado a mediodía, cuando ya no quedaba ni rastro de los desmanes (¡uy, se me ha escapado!) de la noche anterior. He querido decir restos de la convocatoria. Es posible que la ausencia de personas de orden facilitara el desarrollo de los acontecimientos tal y como a continuación se detallan e ilustran gráficamente.

Convocados pertinentemente, utilizando el medio del boca a oído y también las últimas tecnologías, y hechos los preparativos de adquisición de condumio, a saber; pan, carnes diversas, tomates y bebidas, además de los sabrosos productos de Martínez (patatas, aceitunas y cascaruja) a quien Dios dé larga vida y prosperidad, los encargados de mantener el fuego vivo prepararon las planchas de hierro (elaboradas en la competente empresa de Mariano) sobre los fuegos de butano. Se hizo acopio de las bombonas convenientes, tras proteger las baldosas del patio de las salpicaduras.

Las carnes aportadas en forma de pinchos morunos, brochetas de pollo, hamburguesas, lomitos, chorizos y morcillas, amén de panceta (perdón, bacon, que es más adecuado) fueron cayendo sobre las planchas ardientes, tostándose convenientemente y derramando su estimulante olor por todos los rincones. El aspecto de todo ello quedó como sigue: Se poblaron las mesas de condumio y comensales. Manos iban y venían, llevando ya botellines, ya vasos de plástico, ya viandas a la boca de cada cual en un trajín incesante que no impedía, aunque digan lo que dicen las normas de urbanidad, que se hablara a gritos, se contaran chistes o se alabara la labor de quienes sudorosos atendían el fuego.

Para rebajar la intensidad de las grasas, también estuvo presente el humilde tomate. ¡Qué hubiera sido de la cultura mediterránea, si no se llega a descubrir América! Por eso, en este punto, estimo conveniente y agradecido lanzar tres ¡hurras! por Don Cristóbal Colón.

Entre los que manejaban el fuego es justo destacar la figura grácil de Isabel que conociendo la importancia nacional e internacional del evento debería haberse procurado un mandil más a la moda, aunque este puede que pase, por el efecto vintage. Es sin embargo de ley decir que no afeaba su natural donosura y elegancia.

Continuará…

Mes de Mayo, mes de primeras comuniones

Se cumplen sesenta años redondos de mi primera comunión. Es un día que recuerdo. No sé si como el más feliz de mi vida, entonces nos decían eso, sino como un día especial en que, con mis compañeras de colegio, participamos en una celebración de la que éramos (eso creíamos) protagonistas. Después de la ceremonia religiosa en la capilla del colegio, hubo desayuno solemne en casa. Hay que recordar que, entonces, se ayunaba antes de comulgar, al menos durante doce horas. Por eso la celebración estaba circunscrita al desayuno, porque se salía de allí con un hambre feroz.

Por otra parte, ya teníamos siete años; la edad del ‘uso de razón’. Qué maravilla. Al menos una vez en la vida alguien nos concedía el privilegio de ser seres racionales, aunque fuéramos chicas, y además nos otorgaban el protagonismo,. vestidas de pequeñas novias porque, somo es sabido, las mujeres están destinadas al matrimonio. De manera que, racionales, sí, pero sometidas al matrimonio, también. Una cosa no quita la otra y como decían los primeros feministas: ‘Es mejor que una mujer sea racional y educada, porque así criará varones capaces’. (Esto era en el siglo XIX, pero a mediados del XX la cosa seguía más o menos)

Bueno. Algunas teníamos un precioso complejo de Electra que nos dura toda la vida y lo que recordamos es ir junto a papá, vestidas de princesas o de pequeñas novias, como se quiera, y que allí había una señora, la mamá, que también iba muy elegante, pero, papá era sólo mío.

Sin embargo, no escribo estas letras para contar intimidades como estas, sino para manifestar mi sorpresa mayúscula acerca de la regresión que se ha producido.

Cuando yo tuve hijos e hijas, ni se me ocurrió vestirlos de almirante o de princesa para que hicieran la comunión. Mientras tanto, había sucedido el Vaticano II y algunas cosas más. Eran los ochenta cumplidos y casi los noventa y no había ya razón alguna para pensar que el destino de una muchacha era el matrimonio o que el destino de los muchachos era embarcarse (me refiero metafóricamente; ir a la guerra, cazar mamuts, eso)

Pero, resulta que la primera comunión se ha convertido en un acto social. Bien. Ya no es obligatorio que te vean en misa mayor que si no te la juegas. Los padres y la mayoría de los niños que hacen la comunión, junto con los propios niños, no vuelven a pisar una iglesia, a no ser que estén de visita turística en alguna parte. ¿Para qué otro acto social visten a los niños de almirante y a las niñas de Sissi Emperatriz (o de cortina veneciana)? Creo que para ningún otro acto social. ¿A qué viene entonces vestirlos/as como hace sesenta años? Desde luego, no es porque se les reconozca el ‘uso de razón’, porque ahora cumplen los dieciocho y los treinta y siguen siendo adolescentes, y el uso de razón es una cosa de la que nadie habla, ni siquiera se le reconoce a muchos adultos…

Es una moda, es un negocio, es todo junto, es incongruencia, es ganas de prolongar el carnaval. No lo sé. Alguien tiene una explicación a este comportamiento regresivo. Y si nos diera por ponernos polisón…