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La imagen

Hasta hace aproximadamente cinco años, mi imagen no me desconcertaba. Es decir, hasta no pasar de los 66 años de edad, la imagen que veía en los espejos o que me asaltaba desde la cristalera de una puerta o un escaparate me era fácilmente reconocible como la mía. Sin embargo, en los últimos cinco años, me he dado cuenta de que cada vez que al lavarme los dientes levanto la cabeza y mi mirada se cruza con la de la imagen que me contempla desde el espejo, no siento que aquel rostro sea el mío. Pero si bien esta falta de reconocimiento propio es en alguna medida sobrecogedora, lo es más aún la imagen que vislumbro de cuerpo entero cuando me topo con un espejo o con una cristalera; ese cuerpo difícilmente lo puedo asociar al que yo creía poseer. No me reconozco en esa imagen. Debo hacer un esfuerzo para darme cuenta de que es mi reflejo. Generalmente me delata la ropa. Pienso; ese traje es mío. Ahí hay alguien que lleva un vestido que yo tengo y, entonces, me doy cuenta de que se trata de mí. Es mi imagen la que estoy viendo.

Esa espalda redondeada, de la que emerge un cuello más bien corto e inclinado hacia adelante. Ese vientre abultado que sobresale más que las redondeces del pecho. Esa anchura de caderas… Yo había sido una mujer (antes una muchacha) más bien espigada; delgada, esbelta y de movimientos rápidos, con el vientre totalmente plano y la espalda recta, con el cuello largo y la barbilla elevada, sin ser altanera. Cuando era muy jovencita, las redondeces de mi busto me abrumaban un poco y me inclinaba hacia adelante, intentando que pasara desapercibido. Pero, con el paso del tiempo, empezó a formar parte de una de mis señas de identidad; un pecho ni demasiado grueso ni escaso. Proporcionado y firme que le daba un toque de clara femineidad a toda mi figura. La cadera era ancha, pero no gruesa y las piernas delgadas pero bien torneadas, de manera que no había desproporción manifiesta. Puede decirse sin soberbia ni falsa modestia que me encontraba acorde con mi cuerpo y, desde luego, reconocía mi imagen.

No cabe duda de que desde hace algo más de diez años he empezado a ganar peso, realidad que se ha agudizado en los últimos cinco años y que no ha habido forma de frenar a pesar de que, o precisamente por ello, he cambiado de hábitos alimenticios, empleándome con rigor en una estricta dieta de la que se han suprimido las carnes rojas, las grasas animales de todo tipo, parte de los lácteos y se ha reducido drásticamente la aportación de hidratos de carbono. Por supuesto y aunque nunca fui bebedora, he prescindido casi por completo de la ingesta de alcohol y, si siempre fui poco golosa, desde hace más de cinco años, ha desaparecido toda clase de azúcares, salvo los inevitables y naturales, de mi alimentación cotidiana. Raramente tomo dulces o bollos etc. He suprimido el trigo, por lo que es fácil ver que no como pan. Es decir, la ingesta de alimentos no es la que contribuye al aumento de peso. Tampoco lo es la falta de ejercicio, porque si bien jamás he sido aficionada a la gimnasia o a ese caminar ligero sin rumbo que muchos practican, no soy una persona sedentaria que se apoltrona. Más bien soy activa y, por otra parte, mis hábitos en ese sentido no han variado. Nunca había hecho deporte en mi vida y no se puede decir que ahora no camine más que nunca, pues al cambiar mi situación profesional que me obligaba a ir en coche a todas partes, ahora, por el contrario, voy a pie a todos los lugares a donde he de ir.

De manera que este cambio físico que me ha convertido en un ser cargado de redondeces responde sola y exclusivamente al puro paso del tiempo. Esta realidad que yo creía tener prevista y de la que, por ejemplos vividos y cercanos de rechazo de la vejez, creía que me había inmunizado, resulta que me ha atrapado. Constato que no solo no me gusta lo que veo, sino que lo que más me disgusta es que no me identifico con esa imagen. Dentro de mí está la misma de siempre, esa que ha vivido 66 años de su vi

da con una imagen que, sin duda no era la misma, pero que conservaba una serie de rasgos comunes bien diferenciados y  que ahora se ocultan o se enmascaran bajo esa masa redondeada que me identifica pero con la que no me identifico. De ahí que cuando me asalta, me sorprenda.

Pensando en ello, no obstante, me doy cuenta de que esa misma experiencia la tendría, me temo, si hubiera conservado el peso que tenía hace cinco o diez años. Debe ser terrible ponerse la misma ropa de hace veinte años y creer que se está favorecido con ella, cuando el pecho se ha hundido o no está tan terso como estaba y el escote revela pliegues y arrugas y el cuello aparece descarnado y con cuerdas tirantes. Debe ser espantoso verse las carnes bamboleantes, apenas despegándose del hueso y con los músculos sin tensión. Esos pliegues de la espalda, esas mollas mínimas que son más bien trozos de piel gruesa. Las pequeñas venitas que se arraciman aquí y allá. En fin, esa miseria física que se apodera de cualquier cuerpo, pero que nos induce a engaño si por conservar la talla y el peso de los treinta años, creemos que aún conserva la tersura de entonces. En ese engaño es fácil caer. Es fácil creer que puede uno vestirse como cuando era joven, sea de manera formal o desaliñada y que todo caerá como caía entonces. Una vieja camiseta a los veinte años nos hace parecer más jóvenes aún. Una vieja camiseta a los setenta nos hace parecer más viejos y decrépitos aún.

Es bueno escribir. No solo puede uno manipular los hechos y acomodarlos a su gusto y expectativas. Lo más importante es que puede hablar consigo mismo y dejar constancia de los vericuetos de su diálogo interior. Si hubiera que sacar conclusiones de esta charla hacia adentro, sería que envejecer es bastante penoso. Lo es mucho si ese envejecimiento nos engaña y nos hace creer que seguimos siendo jóvenes. Es triste si no sabemos aceptar que hay un dentro y un fuera. Por dentro se puede ser sabio y reflexivo, por fuera una ruina o un cuerpo en forma de globos que no nos satisface, pero el consuelo interno es muy fuerte. Si esto se produce, como me pasa, ya no me plantea problemas aquello de ‘resucitar con los mismos cuerpos y almas que tuvieron’; porque es evidente que sigo siendo la misma, me devuelvan los espejos o los escaparates la imagen que me devuelvan. Por siempre jamás, seguirá siendo así.

Las grandes urbes

Aparece un alcalde muy conspicuo en la pantalla de mi televisor. No me cabe duda de que es un hombre entregado a su tarea y que, a su modo, se preocupa del bienestar ciudadano. Para justificar una de sus acciones -ahora no recuerdo cual y si tenía mayor o menor sentido, eso da igual- , argumenta con ardor acerca de que en todo el Planeta la mayor parte de la población se concentra en las ciudades y de ahí que existan las grandes urbes. Considera  el edil principal que este fenómeno distingue a nuestro tiempo; es la primera vez en la historia en que hay más habitantes en las ciudades que en el agro.

La pantalla sigue titilando, y ahora aparece otro conspicuo prócer, que se queja de que el gobierno siempre zahiere a su comunidad a la que solo se cita para señalar el número creciente de casos de infectados por la Covid-19.

Junto con estos dos caballeros, en sucesivos destellos de pantalla, aparecen pequeños empresarios, autónomos, desempleados de corta y larga duración, médicos, bomberos, enfermeras, guardias, ciudadanos de a pie (eso se dice mucho, aunque tengan coche) y otras gentes varias que se lamentan de que el gobierno no salga en su rescate, no los subvencione de alguna manera o les pague los gastos que se generan en esta nueva situación, como si los demás no tuviéramos que comprar mascarillas, geles, o no se nos haya incrementado el uso de jabón, con el consiguiente gasto suplementario al de nuestras necesidades comunes.

En definitiva, el mundo parece dividirse en pequeños grupos de ciudadanos; unos que dan las cosas por asentadas: Eso es así (o como se dice ahora: Esto es lo que hay); otros que se han vuelto pedigüeños, como si fueran bancos que, cuando las cuentas no les cuadran, simplemente ponen la mano a ver quien les da algo y, finalmente, una mayoría silenciosa y resignada o sufriente, tal vez quejosa, como yo, que no dice gran cosa.

A ninguna de estas criaturas, en particular a aquellas que se supone que tienen responsabilidades de gestión o a las que se supone coraje emprendedor, no se les ocurre pensar que tal vez sea un error, que puede que estemos a tiempo de subsanar, el de las grandes metrópolis. No les parecería prudente diversificar sus inversiones y mudarse a zonas más pequeñas y menos pobladas en las que establecer sus industrias o negocios y atraer al público que necesita trabajo y está deseando salir de las ciudades para llevar una vida menos promiscua y más sana.

No es esta ocasión de los contagios imparables una buena oportunidad para un cambio drástico de los modos de vida.

Pues a nadie parece que se le ocurra que es una ocasión de oro.

Todo el mundo parece estar esperando un milagro para volver a lo de siempre.
Lo de siempre nos habría hecho permanecer para siempre en las cavernas.

Mientras tanto, hacinados en las urbes, nos contagiamos a la velocidad del rayo y ni siquiera la vida en riesgo nos aguza el ingenio. Humanidad en decadencia e infantilizada.