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Devoción y cosmética

Hace ya muchos años, mi padre tenía un socio que siempre le detraía un tres por ciento de la parte que le correspondía, alegando que era para sus pobres. Mi padre señalaba que estaba harto de que hiciera caridad con su dinero; ya haré yo las limosnas, si lo creo conveniente, pero que este me sise, me pone de los nervios. Por si fuera poco, el tal socio se llamaba don Pío y era de comunión diaria. Cuando mi padre le señalaba a mi madre esta circunstancia, esta le contestaba invariablemente: Si no fuera tan devoto, sería peor.

Cada mañana, me pongo una crema de contorno de ojos que tiene el delicioso nombre de drops of youth. Cada vez que la uso y, luego, me miro al espejo, pienso que no me bastan unas gotas de juventud, sino que necesitaría un buen chaparrón. Pero, inmediatamente pienso: Si ni fuera por estas gotitas, sería peor.

Efectivamente, en la ética y en la estética, hay unos mínimos que si no se dieran, sería mucho peor

Las palabras tienen historia

Las palabras tienen historia y no me refiero a su etimología, a si son préstamos, calcos o adaptaciones de otras lenguas. Me refiero a que forman parte de nuestra historia; las aprendimos y recordamos el momento en que lo hicimos; las usaba nuestra madre o nuestro padre; se empleaban en un momento de nuestra historia y luego fueron sustituidas por otras. Podríamos decir que las palabras tienen nuestra propia historia. Quizá mejor; nosotros tenemos una historia que está vinculada a determinadas palabras.

Tengo un amigo, buen  lector, puntilloso con el lenguaje y respetuoso con las directrices de la Academia que, no hace mucho, me reprochaba el uso de la expresión ‘la médico’.  Incluso, puesto que me considera feminista, le parecía extraño que contraviniera no solo la norma, sino también el espíritu que inspira el uso de ‘la médica’.

Sin embargo, ya le expliqué -quizá con un punto de soberbia- que los hablantes y sobre todo los escritores (contándome entre ellos) somos los que hacemos el lenguaje y no los académicos/as; (aunque tras la barra, haya muchas menos).

Pero, pensando en por qué me había ‘enervado’ su advertencia y en un íntimo psicoanálisis me di cuenta de que mi rechazo a la feminización de médico, así como a la de militar no tiene nada que ver con la Academia, pero sí con la defensa de género.

Cuando yo era jovencita, médica, con el artículo definido delante, al igual que militara, eran términos que se aplicaban generalmente a las esposas de quienes tenían la medicina o las armas como profesión. No había mujeres militares y si había alguna médico eran tan pocas que no contaban. Esto suponía, sin duda, algo más general en la apreciación de las mujeres. Ellas no contaban para nada, eran algo en función de lo que fueran sus maridos y si no tenían marido eran o viudas o solteronas, pero no se suponía que ejercieran una profesión.

De manera que aunque la Academia haya aceptado el término en su forma femenina, a mí me resuena en la memoria con un deje de desprecio a la mujer, de manera que, siendo yo mujer, no pienso emplearlos se pongan como se pongan los académicos/as. De ahí mi enfado. Saltó dentro de mí un resorte efectivamente feminista o femenino de defensa de la igualdad. Si por siglos un médico varón era un médico, ahora que las mujeres empiezan a abundar en la profesión, no me cabe duda de que han de ser ellas también ‘médicos’ y no ‘médicas’ como lo fueron sus madres o abuelas.

El imaginario está también construido con palabras y ese imaginario refleja un mundo personal tan importante como el mundo real, compartido por todos. En otro orden de cosas, más bien tocante a la estética, cuando veo a alguien, en particular a una mujer, con un tatuaje, no puedo dejar de pensar en la Legión extranjera, fundada por Millán Astray. En su día, a imitación de la existente en otros países europeos, se nutría de personas de dudosa conducta y su servicio a la patria -aunque no fuera la suya de origen- los ayudaba a redimirse de sus malas andanzas anteriores. Aquellos bravos hombres, muchos de ellos marineros contrabandistas y piratas, llevaban su historia dibujada con tinta en la piel; mostraban el vello del pecho con orgullo y presumían de bravucones, pendencieros, bebedores y mujeriegos y de un arrojo a prueba. Eran, pues, el símbolo del varón y macho dominante. Algo muy lejos de lo que significan hoy en día algunas mujeres, bien conocidas de todos, que son modelos de feminidad, inteligencia, valía y atractivo, pero que llevan su cuerpo tatuado de arriba a abajo. No puedo dejar de mirarlas y pensar en la Legión.

Podría decir que no me gusta, que no me parece femenino, que no le veo la gracia, pero en realidad lo que siento es un rechazo profundo a usar una estética confusa y que si a algo apunta es a violencia y bravuconería. Ahora que, no en todos, pero en bastantes hombres empezamos y ellos mismos empiezan a valorar su lado femenino, ganando en sensibilidad, ternura y delicadeza, no veo que nosotras tengamos que imitar lo más grosero, rudo y áspero de los varones.

Las palabras, pues, forman parte de nuestra historia y nos evocan mundos que no son solo normativos o ideológicos. Son arqueológicos. Ya se sabe que el mundo material a veces contradice al mundo de las crónicas.

Aprendiendo a bordar

 

Me hacen llegar esta imagen colectiva, acompañada de algunas individuales, en donde se aprecia el detalle del bordado de cada blusita.

Las niñas han aprendido a bordar y cada una se ha hecho su propia prenda, desarrollando al tiempo su creatividad y su sentido estético. Con una capacidad innata que pertenece a la base de su cultura indígena, han sabido combinar de manera magistral colores y formas. Probablemente no sean conscientes de cuanto deben a su propia tradición, pero quien lo mira desde la distancia y la diferencia se da cuenta de que allí, detrás de sus pequeñas manos y su inspiración, hay siglos de artistas y artesanos que crearon un mundo propio, bello y cargado de símbolos.

Espero que cuando sean más mayores lleguen a darse cuenta del valor de lo que han hecho, de cómo las entronca con sus raíces y cómo se adelanta a su fututo de mujeres que han de crear todo un mundo nuevo, sin perder de vista el bagaje hermoso que les han trasmitido sus antepasados.

Me siento muy orgullosa de ellas y admiro a sus maestras que han sabido y saben estimular en ellas el sentido de lo bello. Por este tipo de cosas merece la pena gastar tiempo y esfuerzo.